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VIÑA BARDELA, DONDE LA LUZ APRENDE A QUEDARSE

Cuando salí rumbo a Venturada, junto a algunos compañeros periodistas y escritores del vino (AEPEV),  en la falda serrana de la Sierra Norte de Madrid, lo hicimos con la sensación de que nos esperaba un encuentro especial. No todos los días se visita una pequeña bodega familiar con casi un siglo de historia, y mucho menos una que ha ayudado a poner en el mapa la cuarta subzona de la Denominación de Origen Vinos de Madrid . Aun así, nada me preparó para lo que encontré allí.

Un viaje entre colinas y viñedos

El paisaje comenzó a cambiar antes de llegar al pueblo: colinas suaves, aire limpio y viñas que parecían extenderse al ritmo del canto de los pájaros. Allí, entre 35 hectáreas de cultivo sostenible y una luz que acaricia la tierra sin prisa, se levanta Viña Bardela, una de las pocas bodegas que forman parte de la D.O. madrileña desde su nueva subzona creada en 2019.

Al pisar la finca tuve la sensación de entrar en un lugar que trabaja con la tierra, pero también con la memoria. Todas sus viñas, propias o cedidas por agricultores de la comarca, están dentro del área de influencia de la denominación. Y eso, créanme, se nota.

El Molar

Nuestro destino era Venturada, uno de los municipios que componen esta subzona serrana, reconocida oficialmente hace apenas unos años. Allí entendí por qué esta zona merecía su propia identidad. Altura que ronda los 700 y 900 metros, suelos que varían del granito a la caliza, de la pizarra al canto rodado, y una amplitud térmica que regala vinos frescos y llenos de matices.

Mientras caminaba por los senderos de la finca, recordé cómo solemos recurrir mentalmente a La Rioja, Ribera o Albariño cuando pensamos en vino. Pero Madrid, y especialmente la Sierra Norte, tiene una diversidad que se está abriendo paso con paso firme. Más de 50 bodegas y cerca de 3.000 viticultores avalan la D.O. desde su creación en 1990. Y aquí, entre las que componen este mosaico madrileño, brilla Viña Bardela.

 

La familia Cid: tres generaciones y una locura bien encaminada

Nos recibió Ramón Cid Revilla, acompañado de su hijo, José Ramón Cid García, tercera generación de una familia que empezó con la vid en 1934. Mientras caminábamos por los viñedos, Ramón recordaba cómo, en los años 80, no quedaba ni una cepa en la zona. Una enfermedad lo había arrasado todo.

“En el 83 nos llamaron locos”, me contó, “pero decidimos plantar de nuevo”. Y así, casi a pulso y con muchos fines de semana «levantando paredes, puertas y hasta los sueños», fueron dando forma a lo que hoy es Viña Bardela.

Plantaron primero viura. Luego llegaron el tempranillo, la syrah, la malvar y otras variedades que hoy forman parte del alma de la bodega. El nombre, por cierto, es un homenaje familiar: Bartolomé y Adela, los abuelos de Ramón.

 

 

Actualmente gestionan 38 hectáreas, seis propias y el resto cedidas por agricultores que confiaron en ellos, repartidas entre El Molar, Torremocha, Patones, Torrelaguna y Venturada. Todo con una diversidad geológica que llamó tanto la atención a la D.O. que fue determinante para crear la subzona.

Un trabajo artesanal que se siente en cada rincón

En Viña Bardela, todo queda en casa. Ramón se ocupa de la bodega; José Ramón, de las tierras. Solo de forma puntual recurren a ayuda externa, porque su filosofía se basa en mantener controlado cada paso. Y lo consiguen. Ellos solos manejan más de 60.000 kilos de uva al año.

José Ramón me transmitió su entusiasmo juvenil, es el único Joven Agricultor con viñedo propio en toda la Sierra Norte, y su visión sostenible. Intervenir lo mínimo, dejar hablar al suelo y recuperar cepas viejas cuando es posible. Me confesó, casi como un secreto, que todo empezó por “recordar al abuelo” y porque las viñas de Venturada merecían renacer.

Mientras caminábamos entre los depósitos de acero inoxidable de la bodega, me hablaba de su empeño en mantener vivas las variedades tradicionales, desde la malvar hasta la garnacha, pasando por tempranillo, cabernet, syrah o viura. El objetivo: vinos sinceros, fieles a su entorno, elaborados sin prisas y con la mínima intervención posible.

Tres botellas, tres paisajes

Dicen que un vino cuenta mucho de quien lo elabora. En Bardela, cada botella tiene nombre y razón de ser y Ramón lo admite riendo: “Soy raro para los nombres, pero todos tienen su porqué”.

Nosotros catamos algunas referencias:

Sacasueños (Viura, Airén y Malvar)

Un blanco fresco y aromático, tono amarillo pajizo, toques de almendra y notas de manzana y pera en boca. La acidez y la largura lo convierten en un compañero ideal para pescados, pastas, arroces o simplemente para una charla interminable. A 6–7ºC está perfecto.

Viña Bardela (100% Tempranillo)

Su tinto joven procede de viñedos con más de cuarenta años. Rojo intenso, aromas de fruta roja, notas herbáceas y un toque lácteo. En boca es amable, pero con carácter. Combina genial con carnes, guisos y, cómo no, un cocido madrileño.

Sierra Norte (100% Garnacha)

Quizá el más expresivo: capa alta, fruta negra, toque floral y fondo mineral. Redondo, goloso, con ese punto picante que despierta el paladar. Perfecto con caza, carnes y platos contundentes.

El Diablito, un rosado con alma juguetona

El Diablito, un rosado que acompaña desde sushi hasta pizzas, pasando por pastas suaves. El cocinero Iván Plademunt propone maridarlo con tartar de salmón y aguacate ligeramente curado. Y no me cabe duda de que funciona.

Un proyecto que impulsa a toda la comarca

La bodega forma parte de la campaña promovida por Madrid Enoturismo  para dar visibilidad a municipios rurales con menos de 5.000 habitantes. Y el proyecto está funcionando. Los vinos de Bardela ya llegan a restaurantes de la zona norte de Madrid y pronto aparecerán en grandes superficies.

Lo mejor es que cualquiera puede visitarlos. Paseos entre viñas, catas guiadas, historias contadas al pie de la Sierra Norte… Basta escribirles para reservar. Yo salí de allí con una carpeta mental llena de notas, aromas y nombres que no pienso olvidar.

Una comida de Reyes Castellanos

 La jornada en Viña Bardela no podía terminar de cualquier manera. Después de recorrer viñedos, catar vinos y compartir historias con la familia Cid, nos dirigimos juntos a rematar el día con una comida de hermandad que, sinceramente, hizo honor a la tradición castellana más generosa.

El destino: el célebre Bodegón de Olivares, en El Molar, a un paso de la A1 y casi rozando los límites con Segovia.

El Molar es uno de esos pueblos que sorprenden cuando menos te lo esperas. Desde la carretera parece discreto, pero basta subir a la zona alta para descubrir un mundo subterráneo que late bajo tierra. Un entramado de cuevas-bodega excavadas en la montaña, auténticos refugios gastronómicos donde el tiempo se queda quieto. Cada cueva es como una pequeña casa dentro de la roca, con estancias diminutas que apenas permiten una mesa de dos o cuatro personas, iluminadas con una calidez que invita a quedarse. En la entrada, el Bodegón guarda un espacio mayor, con barra y varias mesas, que actúa como antesala del festín.

¡Y vaya festín!

Si los antiguos Reyes de Castilla hubieran bajado a comer con nosotros, no habrían puesto objeción alguna. El menú que nos esperaba era pantagruélico, de esos que exigen aflojarse el cinturón antes incluso de empezar. Llegaron chistorra, morcilla, chorizo, panceta… todos en su punto, humeantes, con ese aroma que reconcilia a cualquiera con la vida. Luego aparecieron las carnes, las patatas fritas de las de toda la vida y un tomate aliñado que sabía a verano, aunque fuera otoño.

Acompañamos la comida con los vinos de Viña Bardela, que se comportaron como compañeros de mesa impecables. Frescos, vivos, perfectos para una comida tan contundente como festiva. Brindamos varias veces, faltaría más, por la familia Cid, por su dedicación y por ese empeño casi quijotesco de seguir dignificando los vinos de Madrid.

Salimos de allí literalmente rodando, con esa mezcla deliciosa de satisfacción y somnolencia feliz que solo dejan las comidas hechas con cariño y sin prisas. Pero sobre todo salimos agradecidos. Agradecidos por la mesa, por la compañía y por haber cerrado el día con un broche tan auténtico como la bodega que lo inspiró.

 

Un final con sabor a tierra y tradición

Cuando nos despedimos de los Cid, ya habíamos entendido lo esencial. Viña Bardela no es solo una bodega; es una herencia cuidada con esmero, un sueño insistente que ha sobrevivido casi un siglo y que sigue creciendo entre colinas y manos familiares.

 

 

La Sierra Norte me regaló ese día una lección sencilla: a veces, para descubrir algo extraordinario, solo hay que mirar hacia lugares que estaban ahí, silenciosos, esperando su momento.

Y Viña Bardela está, sin duda, viviendo el suyo.

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