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HAY APELLIDOS QUE SABEN A VINO

  • José de la Guardia, el nombre que aún sirve vino en Málaga

  • El primer sorbo de una saga

Esta historia tan especial de mi familia apareció casi sin avisar, en el momento en que empecé a sentir la necesidad de ir más allá del simple relato de mi propia vida y mirar hacia atrás, hacia quienes me precedieron. Fue entonces, charlando con mis primos mayores, cuando encajaron muchas piezas y llegó la revelación: existía una taberna en Málaga que llevaba el apellido de mi familia, de la Guardia. Para alguien que lleva años dedicada a comunicar el mundo de la gastronomía y el vino, la noticia fue profundamente emocionante. No perdí tiempo. Busqué contactos, tiré de hilos y, en cuanto los tuve, escribí un correo presentándome como la sobrina de José de la Guardia, fundador de la mítica Bodega Antigua Casa de Guardia. La respuesta no tardó en llegar. Alejandro Garijo me contestó con un entusiasmo sincero, sorprendido y encantado por la curiosidad de la historia. A partir de ahí intercambiamos varios correos llenos de información valiosa y detalles reveladores. Me queda, eso sí, una pequeña espina. Todavía no nos hemos conocido en persona. Hace unos años viajé a Málaga y pude entrar en la taberna, empaparme de su ambiente, pero no fue posible coincidir con Alejandro para sentarnos a conversar tranquilamente, con un pajarete entre las manos. Todo llegará cuando tenga que llegar.

En este camino de descubrimiento fue fundamental el trabajo de Manuel Martínez Molina, especialista en cromolitografía y poseedor de una de las colecciones más completas de etiquetas y carteles de vinos malagueños y andaluces. Sus investigaciones reconstruyen con rigor y sensibilidad los orígenes de la taberna más antigua de Málaga, recorriendo no solo sus avatares comerciales, sino también los familiares y humanos. Los distintos propietarios, las innovaciones que cada uno aportó y, en definitiva, una auténtica alabanza a la excelencia de los vinos «Málaga», junto a un agradecimiento sincero a los hombres que los han elaborado hasta nuestros días.

Porque esta no es únicamente una historia del vino entendida como materia de estudio académico o didáctico. Es, sobre todo, una historia de personas, del lado humano de una tradición vinícola que ha definido, y sigue definiendo, el carácter y las bondades del pueblo malagueño.

Cuando uno se pone a hablar de vinos y bodegas en Málaga, enseguida entiende que no está ante un simple sector productivo, sino ante una industria profundamente malagueña, quizá como ninguna otra. Basta con asomarse a su historia para comprobarlo. Los vinos de Málaga no solo se bebían aquí. Triunfaron en la corte rusa de Catalina la Grande, nada menos, hasta el punto de que su majestad imperial decidió eximirlos de aranceles durante un año entero. Ahí es nada.

También cruzaron el Atlántico a bordo de la flota de Manuel Agustín Heredia,  alegrando fiestas, recepciones y saraos de alto copete. Se colaron en los salones del Segundo Imperio francés, donde ya ejercía su influencia Eugenia de Montijo, y acabaron servidos en las cortes de Centroeuropa y del norte del continente como auténticos néctares, exóticos y deliciosos. Málaga embotellada viajando por el mundo.

Bodegas hubo muchas, y muy buenas, en Málaga durante los siglos XVIII y XIX. Numerosas, prósperas y ambiciosas. Y de todas ellas, una ha sobrevivido al paso del tiempo como testigo privilegiado de aquella edad dorada: la Antigua Casa de Guardia.

Su fundador y primer propietario fue Don José de la Guardia, mi antepasado. Y aquí aparece una de esas paradojas que tanto me intrigan. Las crónicas malagueñas apenas dicen nada de él. Ni siquiera la Hermandad de Viñeros  lo menciona con detalle, ni para bien ni para mal. Sin embargo, gracias al testimonio directo de

Ramón Franquelo, sabemos que Don José era persona muy cercana a la Reina Isabel II. Tan cercana, de hecho, que cuando Su Majestad visitó Málaga en 1862, se detuvo más de lo que marcaba el protocolo ante el pabellón que de la Guardia presentó en la exposición vinícola organizada con motivo de la estancia real.

Cuando pienso en la Antigua Casa de Guardia hoy, entiendo por qué ocupa un lugar tan especial en el imaginario malagueño. No es solo una taberna ni un despacho de vinos. Es uno de esos espacios añejos que la ciudad siente como propios. En Málaga, quien más y quien menos ha pasado por la Alameda Principal, ha pedido un pajarete, un PX o un moscatel para compartir un rato con amigos y, copa en mano, se ha preguntado qué sería exactamente aquello de la moscatel guinda o alguno de los nombres sugerentes escritos en los barriles.

Y es que detrás de esos barriles late la historia viva de los vinos de la antigua Denominación de Origen Málaga. Viva de verdad, porque en tiempos en los que ya sobran dedos en las manos para contar las bodegas dedicadas a elaborar estos vinos, la Antigua Casa de Guardia sigue funcionando con una salud envidiable, rellenando barriles y bodegas de vinos cada vez más escasos y valiosos, sin renunciar a unos precios populares que forman parte de su identidad.

Estamos ante la taberna más antigua y con mayor solera de las pocas que resisten en Málaga. Con el paso del tiempo se ha convertido en un auténtico lugar de peregrinación para turistas, nostálgicos y románticos del vino, para todos aquellos que saben que aquí se guarda el carácter de unos vinos que han marcado la personalidad de la ciudad. Este santuario vinícola-licorero no se esconde. Exhibe sus especialidades sin pudor, casi como una comparsa carnavalesca que se ofrece al visitante, dejándole solo una opción posible. Festejar y participar en la más tentadora de las catas, la del paladeo tranquilo y optimista que merecen los vinos de Málaga.

Aquí no hace falta preguntar los nombres. Los barriles de roble, alineados con precisión militar, lucen en sus frentes llamativas cartelas de esmalte blanco que cubren todo el larguísimo fondo del local. Por encima, la pared queda libre para mostrar los recuerdos del pasado. Objetos ennegrecidos y rancios que cuentan, en silencio, la historia de esta taberna situada en uno de los puntos más bulliciosos de la ciudad. Entre la andana de barriles y el público se extiende un mostrador infinito de vieja madera noble, ese lugar perfecto donde dejar reposar la botella o el vaso entre trago y trago, mientras el camarero va anotando las consumiciones a la vista, con sucesivos apuntes de tiza que guarda siempre detrás de la oreja.

Completa la escena un colorista y multiforme ejército de garrafitas y botellas que escolta al visitante desde los tres grandes anaqueles colocados estratégicamente junto a las tres salidas del local, hacia la Alameda Principal, la calle Panaderos y la calle Pastora. En una de esas salidas hubo antaño un cartel tan expresivo como inolvidable, hoy, incomprensiblemente desaparecido, que ofrecía vinos preparados en pequeñas vasijas, pensadas para viajar en el equipaje de cualquier viajero de buen gusto que quisiera llevarse consigo un pedazo líquido de Málaga.

UNA HISTORIA DE VINO… Y DE PERSONAS

Cuando empiezo a ordenar los antecedentes de Casa de Guardia, me doy cuenta de que esta historia no admite atajos. Todo arranca en 1840, cuando José de la Guardia funda la bodega que hoy figura, nada menos, con el número 1 en el registro del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Málaga. A mediados del siglo XIX, la visita de Isabel II a Málaga en 1862, su nombre ya resonaba con fuerza en la ciudad y más allá, hasta el punto de alcanzar un reconocimiento excepcional. El de proveedor de la Casa Real, gracias a su estrecha relación con Isabel II de Borbón.

La bodega, sin duda, ya estaba fundada en 1840, porque para entonces, como hemos relatado, los vinos de la Guardia ya viajaban al extranjero. Y fruto de esa popularidad creciente, en la exposición de 1862 recibió la medalla de plata del certamen, un reconocimiento que confirmaba el prestigio alcanzado.

Como decía, aquella amistad con la Reina, envuelta en rumores y habladurías que no siempre iban desencaminadas, acabaría marcando el rumbo de la bodega. El prestigio que le otorgó tan ilustre madrina fue enorme, pero también determinante para que José de la Guardia terminara vendiendo su negocio al ser nombrado por la reina Gobernador Civil de Segovia, responsabilidad que ejerció hasta la Revolución de 1868. Poco antes de que estallara aquel terremoto político, y quizá intuyendo lo que se avecinaba para el país, Don José vendió su bodega malagueña. A partir de ese año se pierde su rastro. No es descabellado pensar, como ocurrió con tantos nobles y aristócratas españoles, que acompañara a Isabel II en su destierro a Francia, donde Eugenia de Montijo aguardaba a la reina destronada. Para entonces, el nuevo propietario de la bodega ya era don Enrique Navarro Ortiz.

Curiosamente, esa misma fama fue la que llevó a sus sucesivos propietarios, los últimos y definitivos, los hijos y nietos de José Garijo, a conservar siempre el nombre del fundador, consciente cada generación del valor que encerraba.

Es muy probable que José de la Guardia nunca llegara a conocer la taberna de la Alameda Principal, la que hoy perpetúa su apellido en el número 22. Cuando logró consolidar su negocio en Málaga, emprendió camino hacia tierras castellanas para asumir el cargo político que le había concedido Isabel II, y su industria pasó a otras manos, bajo la dirección de José Garijo Ruiz, cuyos herederos siguen vinculados a la casa en la actualidad.

La fama de José de la Guardia como licorero se había extendido por Málaga desde mediados del siglo XIX. Existen referencias documentadas de una fábrica de su propiedad en la calle Ollerías, donde despachaba sus propios productos, y de una tienda en el número 6 de la calle Compañía, donde la oferta se ampliaba a las variedades de vino que daban fama a Málaga, aunque en este caso actuara como comercializador. La buena marcha del negocio se demuestra también en un dato revelador. Distribuía vinos y licores importados, algo nada habitual en la época.

Cuando la licorería y la tienda gozaban ya de un sólido arraigo, no antes de 1861, aquel industrial inquieto decidió dar un paso más y convertirse en su propio proveedor de vinos generosos de Málaga. Así nació la bodega, levantada junto a su alambique de Ollerías, donde elaboraba aguardientes y licores tan populares como Beso de NoviaPerfecto Amor o Marrasquín. Compartía barrio y competencia con nombres punteros del momento como Antonio Lurotch, Cristóbal Leal o Domingo Mely, en una Málaga donde calles y plazas se impregnaban del aroma de matalahúva, rosas, jazmines y otras esencias procedentes de los más de treinta alambiques repartidos por el centro.

Antes de seguir adelante con esta breve historiografía de la Antigua Casa de Guardia, me doy licencia para detenerme en un episodio que ayuda a entender la dimensión de aquellos años: la visita de Isabel II a Málaga en 1862, coincidiendo con la inauguración de la exposición organizada por la Sociedad Económica de Amigos del País. El relato está tomado de la Crónica de la visita de SS.MM. y AA.RR. a Málaga y su provincia en octubre de 1862, escrita por Ramón Franquelo y publicada ese mismo año en su propia imprenta.

La Feria de Málaga de 1862 fue un auténtico hito histórico. La ciudad se volcó con la visita de la reina, invirtiendo millones de reales en decoración urbana, arcos triunfales y un kiosco en el puerto. Durante tres días, Isabel II inauguró el ferrocarril, colocó la primera piedra del Hospital Civil y convirtió la feria en una celebración fastuosa y sin precedentes. Aquella visita se recuerda como uno de los momentos más brillantes del siglo XIX malagueño, símbolo del auge comercial y del orgullo de la ciudad.

El edificio levantado para la exposición, a la entrada del Paseo de Reding, reunía, según Franquelo, todas las condiciones necesarias para un certamen de tal envergadura. Amplitud, elegancia y una planta octogonal de unos tres mil metros cuadrados, con salones dedicados a la agricultura, la industria y la ganadería. En su salón central, bajo una preciosa cúpula, se exhibían los frutos del país: cereales, pasas y, por supuesto, los vinos.

Entre los productos expuestos figuraban bayetas de Antequera, flores, conservas, mármoles, muebles tallados, pianos, tejidos, frutos de distintos pagos malagueños… y, perfectamente presentados, los vinos de de la Guardia. No es difícil imaginar a la reina deteniéndose ante aquellas botellas, mientras Málaga se mostraba al mundo como una ciudad moderna, próspera y orgullosa de lo suyo.

Aquel viaje de octubre de 1862 marcó un antes y un después en la vida de don José de la Guardia. La visita de Isabel II a Málaga no solo puso el foco sobre la ciudad y su pujanza, sino que sirvió para que el fundador de la bodega, creada en 1840, fuera elevado al cargo de gobernador de Segovia. A partir de 1863, su nombre comienza a desdibujarse en las referencias locales, no por olvido, sino porque ya se encontraba ejerciendo lejos de Málaga. Sin embargo, su legado, el vino, la bodega y la huella profunda de su historia, quedó firmemente anclado en la memoria de la ciudad, aunque durante mucho tiempo nadie se detuviera a narrarlo con calma.

Y es que, hasta poco antes de aquella visita real, apenas existen noticias precisas sobre José de la Guardia como vinatero. Fue precisamente la Exposición Agrícola e Industrial organizada por la Sociedad Económica de Amigos del País en el Paseo de Reding la que lo situó definitivamente en el mapa. Allí, entre una constelación de productos y nombres ilustres del momento, el cronista Ramón Franquelo dejó constancia de que “los vinos de Guardia, perfectamente presentados”, destacaban junto a los de Heredia, Roose, Quirós, Parladé, Lóring o Chacón, confirmando que, aunque su figura personal se marchara de Málaga, su vino ya había encontrado un lugar propio en la historia.

Y aquí estoy yo, siglo y medio después, tratando de reconstruirlo.

Aunque probablemente José de la Guardia era el menos experimentado de los vinicultores presentes, destacaba por su calidad humana y su exquisito gusto, reflejado en el trato que daba al vino Málaga, al que añadía esencias importadas de Francia, Inglaterra o Asia, y en una presentación fuera de lo común. Aquello despertó una curiosidad especial en la reina, que, según parece, se detuvo más tiempo del que marcaba el protocolo frente a su expositor. De ahí nació una sintonía singular que culminaría con la concesión del título de «Proveedor de la Casa de Su Majestad la Reina Isabel II».

Además, la organización del evento le otorgó la medalla de plata, y desde ese mismo instante la bodega quedó autorizada, en exclusiva, a utilizar la imagen y el escudo reales en su publicidad y etiquetado. José de la Guardia supo aprovechar la ocasión y creó una marca e imagen que aún perduran, embotellando un excepcional trasañejo, el Moscatel Isabel II, un Málaga envejecido más de cinco años en barricas de roble, más allá de lo que marcaba la categoría de añejo, que se convirtió en la gran catapulta de su éxito.

La reina, que solicitaba envíos constantes de aquel trasañejo para palacio, propuso poco después a José de la Guardia para un cargo político en Segovia. Él aceptó encantado, pidiendo únicamente tiempo para desprenderse de sus intereses en Málaga, que traspasó a un nuevo propietario: Enrique Navarro Ortiz. En 1865, José de la Guardia iniciaba así su etapa como gobernador civil de Segovia, en un siglo XIX marcado por la inestabilidad política y por el papel clave de estos cargos como representantes del Gobierno central.

DEL VINO A LA POLÍTICA

La visita de Isabel II a Málaga en 1862

Al sumergirme en la visita de Isabel II a Málaga en 1862, no puedo evitar imaginar el temblor contenido de una ciudad que se sabía observada por la historia. Aquel otoño, la reina emprendió un largo viaje por Andalucía y Málaga fue una de sus paradas más señaladas. Aquí permaneció del 16 al 19 de octubre, acompañada por su esposo, Francisco de Asís de Borbón, sus hijos, el príncipe de Asturias, don Alfonso, y la infanta doña Isabel, y una comitiva de alto rango en la que figuraban el presidente del Consejo, Leopoldo O’Donnell, tres ministros, el duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil, y el duque de Bailén.

No era una visita cualquiera. Un año antes, Andalucía había vivido la llamada Revolución del pan y el queso, iniciada en Loja y extendida a varios municipios malagueños. La mitad de los detenidos procedían de esta provincia. Así que, aunque oficialmente la reina venía a inaugurar infraestructuras y actos culturales, el viaje también tenía un claro objetivo político. Recomponer la relación de la Corona con un territorio convulso y mostrar cercanía hacia una población inquieta.

Málaga se volcó. Como otras ciudades andaluzas, apareció sembrada de arcos de triunfo, levantados por distintos colectivos para honrar a la soberana. El primero que encontraba la comitiva al entrar en la ciudad se alzaba en la calle de Antequera.

El programa oficial era tan ambicioso como simbólico. Isabel II colocó la primera piedra del Hospital Civil Provincial de San Juan de Dios, destinado a convertirse en el más grande y moderno de la ciudad; supervisó las obras del ferrocarril Córdoba–Málaga en su tramo provincial; inauguró una exposición de arte, artesanía y productos de la tierra; visitó centros benéficos y participó en diversos actos lúdicos. Todo estaba pensado para mostrar una Málaga moderna, próspera y leal.

El alojamiento de la familia real fue otro episodio digno de crónica. Se decidió que la comitiva se instalara en el edificio de la Aduana, hoy Museo de Málaga. Aquella elección generó una enorme polémica entre las autoridades locales. El edificio tuvo que ser desalojado, reubicando oficinas y personal sin interrumpir la actividad administrativa, y sometido a una profunda transformación. Reformas, mobiliario, decoración y engalanamiento a la altura de una residencia regia.

Uno de los grandes logros fue resolver el mobiliario sin vaciar las arcas públicas. Y aquí Málaga volvió a dar una lección. Las familias más acomodadas de la ciudad cedieron generosamente sus propios muebles y enseres para vestir la Aduana como correspondía. El resultado superó todas las expectativas. Las estancias quedaron tan confortables y elegantemente decoradas que la propia Isabel II elogió el conjunto, asegurando sentirse “como en su propia casa”.

No todos los regidores estaban conformes. A algunos les molestó profundamente que se eligiera la Aduana y, sobre todo, que el Estado no aportara subvención alguna para las obras. Se llegó a proponer que la reina se alojara en la casa de Martín Larios, una de las mejores de la ciudad, pero el alcalde zanjó el debate: el acuerdo ya estaba cerrado. Según explicaría después Antonio Guerola, Gobernador de Málaga hasta febrero de 1863, en sus memorias, la Aduana se eligió por ser propiedad gubernamental, por su magnífica ubicación, con vistas al puerto y a toda la ciudad, y porque la reina ya se había alojado en edificios similares durante otras visitas oficiales.

Las tensiones no acabaron ahí. También hubo quejas por la participación de personas ajenas al Ayuntamiento en la gestión de fondos públicos desde las comisiones. Aun así, incluso los regidores más críticos dejaron claro en todo momento su lealtad a la reina y su disposición a colaborar, pese a las discrepancias formales.

Ni siquiera así cesaron las discusiones. El proceso fue tan enrevesado que, a finales de agosto, todavía seguían los enfrentamientos por detalles como la contratación de persianas para la Aduana, consideradas por algunos un gasto excesivo y de mal gusto.

Y, sin embargo, pese a todo ese ruido institucional, la visita fue un éxito. El 19 de octubre, Isabel II paseó por la calle Nueva, conversando con la gente, dejándose ver, cumpliendo ese gesto de cercanía que tanto se esperaba de ella. A las cinco de la tarde, los monarcas abandonaron Málaga a bordo del vapor “Isabel II”, escoltado por once buques de guerra, rumbo a Levante.

Cuando cierro estas páginas y dejo reposar los datos, me queda la sensación de que aquellos días de 1862 fueron mucho más que una visita real. Fueron una representación solemne de una ciudad que quiso mostrarse al mundo, con sus luces y sus tensiones, con su entusiasmo popular y sus disputas políticas, pero consciente de estar viviendo uno de los momentos más brillantes de su siglo XIX.

Para los interesados en ampliar información de la época os dejo el resumen del archivo municipal de Málaga:

Después de este pequeño alto en el camino, necesario para entender lo azarosa y compleja que fue la visita de la Reina, es momento de regresar al hilo principal del relato: volver al antepasado, a la memoria familiar, y a la Antigua Taberna Casa de Guardia, donde la gran historia y la intrahistoria vuelven a encontrarse frente a un mostrador.

EL RELEVO

 

Navarro Ortiz siguió los pasos de su antecesor con inteligencia, y en ningún momento se planteó eliminar un nombre tan prestigioso como José de Guardia, consciente de la importancia de conservar el título de proveedor real y la rentabilísima imagen asociada a la Corona.

Tras más de dos décadas de explotación rentable, Navarro tomó una decisión estratégica. Acabar con la dispersión heredada y concentrar todo el negocio en un solo enclave. Para ello se trasladó a la calle Atarazanas, donde instaló una taberna-despacho en todo el frontal entre Puerta del Mar y la Alhóndiga, reservando el resto de la manzana para la bodega y el alambique, con entrada por Herrería del Rey. Todo estaba comunicado por el interior, materializando una idea tan sencilla como brillante. Una bodega al servicio de un mostrador, modelo que luego seguirían muchos otros establecimientos históricos de Málaga.

Navarro no soñaba con grandes conquistas, pero sí entendió la importancia del reparto a domicilio, que realizaba con un carruaje tirado por un borrico tordo para abastecer a la clientela acomodada. La expansión del negocio elevó la plantilla de ocho a catorce empleados, entre vinateros, operarios, camareros, un químico, un contable por horas y un repartidor. El alquiler ascendía a 200 pesetas mensuales, mientras que los sueldos en 1890 oscilaban entre dos y cinco pesetas, según el puesto.

Ubicada en un punto estratégico del corazón de Málaga, junto al mercado, Puerta del Mar y el puerto, la taberna se convirtió rápidamente en un lugar de encuentro imprescindible. Feriantes, forasteros, paseantes, marineros, estibadores y militares descubrieron Casa de Guardia como una auténtica “capilla sixtina” del arte de beber buen vino, ideal tanto para la conversación reposada como para la tertulia animada. Navarro cuidaba a su clientela con oficio y exigencia, vigilando la limpieza, la higiene y cada detalle del servicio.

Fue en 1892, al calor del cuarto centenario del descubrimiento de América, cuando llamó a la puerta de Casa de Guardia un joven antequerano llamado José Ruiz Luque. Y es justo aquí donde vuelvo a quedarme con la boca abierta. Porque la historia, a veces, se permite estos guiños inesperados. Cien años después, yo misma acabaría trabajando para el Quinto Centenario del Descubrimiento de América del Año 1992, y al darme cuenta de esa coincidencia no pude evitar sonreír. Como si el tiempo hubiera decidido tender un hilo invisible entre aquel muchacho que entraba a trabajar en la taberna y esta narradora que, un siglo más tarde sigue encontrando señales familiares donde menos lo espera. Hay fechas que no son solo números, son ecos que regresan.

José Ruiz Luque, pronto demostró ser un trabajador incansable, inteligente y con una especial sensibilidad para las relaciones humanas. Ganó la total confianza de Navarro, que empezó a delegar en él la dirección del negocio, auxiliado más tarde por su hermano menor Antonio, también llegado de Antequera.

Juntos reforzaron la fama del local y ampliaron su atractivo como espacio de reuniones familiares y sociales, incorporando un salón tranquilo y servicios de nevería y refrescos, además de los vinos y licores emblemáticos: Pajarete, Pedro Ximénez, Moscatel, Marrasquino u Ojén de Guardia.

En 1897, el propietario del inmueble comunicó a Navarro la venta del edificio para levantar una construcción nueva y más moderna, garantizando el mismo espacio para Casa de Guardia. Navarro aceptó, y en 1899 trasladó definitivamente la taberna a su ubicación actual, en Alameda Principal 18, un enclave aún más céntrico y rentable.

Ya anciano y sin herederos directos, Enrique Navarro Ortiz pactó con José Ruiz Luque y su hermano Antonio una asignación vitalicia y les dejó Casa de Guardia en herencia, aunque en mayor proporción a José, dada su mayor capacidad y formación. Él sería, desde entonces, la nueva cabeza visible de la casa para los años venideros.

Cuando llego a este punto de la historia, entiendo que los hermanos Ruiz Luque supieron leer mejor que nadie el verdadero valor de lo que heredaban. No era solo una cuestión de reservas de vino ni de la calidad de las botas alineadas en la tonelería; lo que recibían era algo mucho más delicado y poderoso: el peso de una historia, el prestigio acumulado durante décadas bajo el nombre de Casa de Guardia. Por eso decidieron dejar constancia explícita de ese legado añadiendo una sola palabra que lo decía todo: antigua. Así nacía oficialmente la Antigua Casa de Guardia, una forma elegante y consciente de reivindicar más de medio siglo de tradición desde que José de la Guardia iniciara su aventura entre vinos y licores.

Con la llegada del siglo XX, el crecimiento del negocio obligó a tomar decisiones prácticas. El espacio empezaba a quedarse pequeño y no quedó otra que descentralizar. La licorería y la bodega se trasladaron a la calle Peinado, números 7 y 26, en el barrio de Segalerva, mientras que la taberna-despacho se quedaba con todo el protagonismo en la Alameda. José Ruiz asumía el papel de cabeza visible y cargaba con la mayor parte de las responsabilidades, aunque Antonio se movía con plena autonomía. La coordinación entre ambos era perfecta. Vivían incluso frente a la taberna, en el número 33 de la Alameda Principal, y así continuaron tras el matrimonio de José con Concepción Romero de la Cerda.

En plena prosperidad, la renovada Antigua Casa de Guardia tuvo incluso la audacia de ofrecer algo inédito para la época. Prensa diaria y revistas a disposición de los clientes. Puede parecer un detalle menor hoy, pero entonces fue una iniciativa pionera, muy comentada y celebrada, que reforzaba la taberna como lugar de encuentro, conversación y vida social.

PASIÓN, TRAGEDIA Y RESURGIR

Antonio, soltero empedernido, acabaría mudándose a la calle Sagasta, número 1, junto a su hermana Virtudes, casada y con un hijo nacido en 1908. Ese niño, José Garijo Ruiz, acabaría siendo una pieza clave en esta historia. Fue criado y educado por José y Concepción, que no tuvieron hijos propios, y desde muy pronto creció respirando el ambiente de la taberna y la bodega.

José Garijo estudió el bachillerato en el Colegio de San Agustín, y sus tíos le dieron los medios para cursar Derecho. Para entonces ya conocía el negocio como si lo llevara en la sangre. Amaba la vinicultura con la misma pasión que ellos y soñaba con ir más allá. Cultivar sus propios viñedos, entender los ciclos de la tierra y los secretos del vino desde la raíz. Tras terminar la carrera, antes siquiera de cumplir los treinta, se incorporó plenamente como apoderado y gerente, con un sueldo holgado de 700 pesetas. Poco después se independizó, se casó con Rosalía Alba Peña y fijó su primer domicilio en calle Carretería 46, poco antes del fallecimiento de su tío José en 1930.

Desde su posición de gerente y heredero natural, José Garijo gobernó el negocio en nombre de “Concepción Romero, viuda de Ruiz Luque”, manteniendo siempre intacto y visible el título de Antigua Casa de Guardia, una denominación que consideraba insuperable y que sus tíos habían acertado en conservar.

Pero Garijo no era solo tabernero y bodeguero. Era un intelectual inquieto, atento a los movimientos culturales y políticos de su tiempo. Republicano convencido, como sus tíos, militó activamente, y aunque mantuvo en secreto su pertenencia a la francmasonería, secreto solo a medias, porque figuraba en los archivos policiales, esa doble condición acabaría pasándole factura.

Durante los difíciles años treinta, el negocio logró mantenerse con dignidad. La facturación rondaba las 250.000 pesetas anuales, una cifra notable si se tiene en cuenta que los gastos en nóminas, alquileres, servicios e impuestos ascendían a unas 90.000 pesetas, a las que había que sumar otro tanto en proveedores. Los precios hablan por sí solos. La arroba de vino lágrima se vendía a 15 pesetas, los secos y dulces de los montes no superaban las 10, las garrafas costaban apenas unas monedas, y una bota de 500 litros se pagaba a 120 pesetas. Era un negocio vivo, ajustado, muy pegado a la realidad de la calle.

Aun así, la crisis era inevitable. La envidia de competidores y las rivalidades políticas desembocaron en una denuncia que señalaba a Garijo como masón. Fue llamado a declarar en el Palacio de la Aduana, detenido y encarcelado durante un tiempo. Recuperó la libertad, pero no la tranquilidad. Su militancia en el Partido Radical Socialista Republicano, al que se había afiliado siendo casi un niño por influencia de su tío José, y las ayudas económicas prestadas desde la Antigua Casa de Guardia a causas de izquierdas durante la Guerra Civil, sellaron su destino.

Tras la caída de Málaga y con pruebas documentales en manos del bando vencedor, José Garijo fue deportado a Burgos, después de pasar por las cárceles de Málaga y El Puerto de Santa María. Mientras tanto, el negocio quedaba en manos de un administrador político-judicial, Manuel López Tornero, que actuó como albacea junto a José Espejo y Tomás Ortega. Durante una larguísima testamentaría de Concepción Romero, consumieron las importantes reservas acumuladas y sumieron a la Antigua Casa de Guardia en una profunda crisis económica y, quizá más grave aún, de identidad.

A mediados de los años cuarenta, la historia vuelve a dar una de esas vueltas decisivas. Regresa José Garijo Ruiz. Libre al fin de la cárcel y del destierro, vuelve a una Casa de Guardia que ya es solo suya… y que, sin embargo, apenas se sostiene en pie. El panorama que se encuentra es desolador. Sin reservas, sin crédito, con una plantilla agotada y sin fe. Pero su sola presencia actúa como un revulsivo. Los trabajadores, al ver regresar a su jefe legítimo, recuperan algo que parecía perdido para siempre: la ilusión. Vuelve a latir el espíritu vinícola que había pasado por Guardia, por Navarro y por los Ruiz Luque, y que ahora se encarna de nuevo en Garijo, decidido a devolverle al vino su marchamo de calidad.

Con un esfuerzo casi titánico de quienes resistieron los años oscuros, llega la restauración. Y en los años cincuenta, la taberna de Alameda Principal 22 recupera su papel natural. Vuelve a ser lugar de reunión, de tertulia, de refugio para quienes entienden el beber como un acto de respeto y placer. Regresa también la vieja y sabia idea de una bodega al servicio de un mostrador, que ahora ya son dos, porque se abre una sucursal en calle Méndez Núñez 5, con la misma vocación de calidad que la casa madre.

Pero Garijo nunca dejó de soñar más lejos. Seguía intacta su vieja aspiración. Tener viñedos propios, controlar todo el proceso del vino desde la cepa hasta la copa, algo que nunca antes se había podido hacer. Esa ilusión empieza a hacerse realidad en 1964, con la compra de una amplia finca con casa y lagar en Olías, en plena Axarquía y en los Montes, una tierra que parecía hecha a medida para sus propósitos.

Es entonces cuando Garijo vive, por fin, el arte de vinificar en plenitud. Puede perseguir su idea del vino perfecto, o al menos la búsqueda constante de una calidad más alta, y reencontrarse con la prosperidad, la fama y la rentabilidad de los mejores tiempos. La finca se amplía poco a poco y recibe un nombre que ya es historia: «El Romerillo», donde se cultivan las variedades más emblemáticas de Málaga, Moscatel y Pedro Ximénez.

Con El Romerillo renacen las marcas de siempre, esas que el público vuelve a pedir cuando regresan a los anaqueles de la taberna. De nuevo aparecen las botellas oscuras y las garrafitas forradas que guardan Verdiales, Isabel II, San Cayetano, Anís Chapera, Ojén de Guardia, junto a otras soleras destacadas, todas ellas presentadas orgullosamente como fruto de aquel pago ideal de los Montes.

La incorporación del hijo mayor, José Garijo Alba, multiplica los intereses vinícolas de la familia. Ya son dos al frente del negocio. El hijo asume el control de la vendimia, el lagar, la bodega y la taberna, llevándose a sí mismo hasta el límite, porque el crecimiento así lo exige. Es la persona de absoluta confianza que necesita un negocio con cuatro domicilios, y junto a su padre va aprendiendo no solo lo que antes conocían de oídas. la pisa, la elaboración, los ritmos del campo, sino también el lenguaje propio del gremio, la jerga secreta de la Axarquía vinícola.

Garijo padre observa todo esto con una felicidad serena. Como intelectual del vino, no pierde detalle de un entorno que lo enriquece y lo emociona. Y con el deseo profundo de transmitir este saber a las generaciones futuras, escribe una obra impregnada de claridad, romanticismo y poesía: Estampas del Vino de Málaga y de la Axarquía. Un libro magistral, sin artificios ni giros complicados, que explica las artes y costumbres de los vinos de Málaga desde el amor a la tierra y a quienes la trabajan. Una auténtica joya del costumbrismo vitivinícola.

Mientras tanto, Garijo Alba sigue aprendiendo. Absorbe la sabiduría de su padre, consciente de que el relevo natural recaerá sobre él. Sus otros siete hermanos han tomado otros caminos; solo él muestra el apego y la vocación que exige un negocio con la trascendencia que su padre ha sabido darle.

La Antigua Casa de Guardia alcanza su máximo esplendor en los años sesenta y setenta. Supera los veinte empleados, bate récords de ventas y José Garijo Ruiz comienza a recibir reconocimientos oficiales. En 1961 llega un diploma sindical, inesperado para un republicano incombustible. Le sigue el Escudo de Oro de la Hermandad de Viñeros, donde fue secretario y a la que dedicó su libro. Y finalmente, por Real Decreto de S. M. Don Juan Carlos I, recibe uno de los mayores honores posibles: Oficial de la Orden del Mérito Agrícola.

Padre e hijo forman el tándem clásico de las bodegas malagueñas. Aunque la salud de Garijo Ruiz empieza a resentirse, observa con tranquilidad cómo su hijo domina el negocio de arriba abajo. Administración, laboratorio, finca, lagar, bodega y taberna. Todo parece dispuesto para una sucesión natural… hasta que el destino vuelve a golpear. En 1985 fallece inesperadamente José Garijo Alba, con solo cincuenta y dos años, dejando en suspenso el relevo soñado.

El anciano de Casa de Guardia, curtido ya por una vida de sufrimientos, ha de sucederse a sí mismo. Con movilidad reducida y salud frágil, no deja de acudir cada mediodía a Alameda 22, a su Antigua Casa de Guardia. Resiste un poco más, porque aún falta un reconocimiento. Y ese llega, por fin, en agosto de 1996, durante la Feria, en la caseta del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Vinos de Málaga. Allí aparece en público por última vez para recibir, de manos de la Academia del Vino, el título de Académico Honorario. Un homenaje merecido. José Garijo Ruiz fallecería en diciembre de ese mismo año, cerrando una vida entregada al vino, a la memoria y a la dignidad de una tradición.

Cuando uno recorre la larga biografía de la Casa de Guardia, entiende que cada cambio de titularidad ha obligado siempre a ajustes drásticos. Adaptarse a nuevos tiempos, a nuevas miradas, a distintas formas de entender el negocio y la vida. Sin embargo, lo que deja José Garijo Ruiz tras una etapa tan extensa y fructífera es algo distinto. Su herencia marca un punto de inflexión, no solo por la fragmentación de la propiedad, sino por un cambio profundo de actitud ante el futuro.

Garijo deja a su hijo Antonio la taberna de Alameda Principal 18, el corazón histórico del negocio, mientras que el resto de la propiedad, la finca, el lagar y la bodega concentrados en El Romerillo, en Olías, pasa a manos de sus ocho hijos, incluido el propio Antonio, a partes iguales. De esa herencia compartida nace una nueva empresa: Bodegas Antigua Casa de Guardia, S. L., con sede y espacio expositivo en Olías. Una fórmula distinta, acorde a los tiempos, para seguir cuidando un legado centenario.

El reconocimiento institucional no ha sido ajeno a esta trayectoria. La Junta de Andalucía ha distinguido a la Antigua Casa de Guardia como empresa emblemática con motivo del Día de Andalucía, un premio recogido por Antonio Garijo Alba, actual continuador del negocio en la taberna de la Alameda. Un gesto que no solo mira al pasado, sino que confirma que esta historia, hecha de vino, personas y memoria, sigue teniendo presente y futuro.

EL ROMERILLO HOY – HERENCIA VIVA

Cuando se sube hasta El Romerillo, se entiende de inmediato por qué este lugar es mucho más que una bodega. José Garijo, figura clave del vino malagueño del siglo XX, tuvo la visión de adquirir este lagar en pleno corazón de los Montes de Málaga, a apenas media hora de la ciudad, para unificar, desde mediados de los años sesenta, viñas, lagar y nave de crianza en un solo espacio. Hoy son sus nietos quienes han tomado el relevo, y es Cayetano Garijo, al frente de la bodega, quien ha decidido abrir El Romerillo al mundo, apostando con decisión por el enoturismo, permitiendo las visitas, la celebración de eventos y proyectando incluso, a medio plazo, un pequeño alojamiento.

Aquí, el paisaje habla por sí solo. Basta detenerse un instante para imaginar las lomas redondeadas cubiertas de viñas, como lo estuvieron durante generaciones y como aún lo están los pagos de El Romerillo y La Letría, sembrados de las dos uvas históricas de Málaga: moscatel y Pedro Ximénez. De ellas nacen las trece variedades de vino que hoy elabora la bodega bajo la Denominación de Origen. Las viñas, con sus primeros brotes verdes, casi rozan la nave de crianza, de donde se escapa ese aroma dulce y complejo que delata los vinos reposando en las botas.

Unos metros más allá, el lagar se asoma al paisaje abierto de los Montes. Donde antes se pisaba la uva para extraer el mosto y dormían los jornaleros tras la faena, hoy se abre un salón amplio presidido por una enorme chimenea, pensado para recibir a los visitantes y para preparar arroces a la leña que saben a celebración. En la planta superior, el comedor ha sido cuidadosamente renovado, decorado con un estilo rústico y actual, sin perder la esencia del lugar.

La bodega es, en sí misma, un recorrido por la memoria. Desde un gigantesco bocoy abierto, transformado en una pequeña sala donde cuelga la cédula que acredita la inscripción de la bodega con el número 1 en el registro de bodegas malagueñas, hasta lo verdaderamente esencial: las botas en las que se crían vinos que son auténticos emblemas de la casa. Allí reposan su magnífico pajarete, el único moscatel guinda, o el trasañejo Moscatel Isabel II, una verdadera joya de la corona que resume, en cada gota, el pasado y el presente de El Romerillo.

UN LEGADO QUE CONTINÚA

Y al final de este largo viaje, entre barriles, nombres escritos en esmalte blanco y copas que aún brillan bajo la luz de la Alameda, todo vuelve siempre al mismo punto: José de la Guardia. Mi antepasado. El hombre que, quizá sin saberlo, puso la primera piedra de una historia que ha atravesado casi dos siglos y varias vidas. Él no fundó solo una bodega ni una taberna; fundó una manera de entender el vino, ligada a la dignidad del oficio, al buen gusto y a la intuición de que el vino, cuando es honesto, acaba encontrando su lugar y a su gente.

José de la Guardia no conoció la Antigua Casa de Guardia tal y como hoy la vemos, ni pudo imaginar la cadena de nombres, esfuerzos y pasiones que vendrían después. Pero su huella está en todo. En el respeto por la calidad, en la vocación de servicio, en la audacia de crear marca cuando nadie hablaba de ello, y en esa mezcla tan malagueña de ambición y cercanía. Cada generación que tomó el relevo, Garijo, Ruiz Luque, Navarro, no hizo sino dialogar con su legado, adaptándolo a su tiempo sin romper nunca el hilo invisible que lo sostiene.

Para mí, descubrir esta historia ha sido algo más que un ejercicio de memoria familiar. Ha sido entender que el vino también hereda, que transmite carácter, decisiones y silencios. Que en cada pajarete servido hoy en la Alameda o en cada moscatel que reposa en El Romerillo hay algo de aquel bodeguero inquieto del siglo XIX que supo ganarse la confianza de una reina y el respeto de una ciudad entera.

Por eso, cuando levanto la copa, no lo hago solo para brindar por el pasado ni por el presente, sino por esa continuidad discreta que mantiene viva la Antigua Casa de Guardia. Porque hay historias que no se buscan. Te encuentran. Y esta, la mía y la de José de la Guardia, sigue encontrando su camino, sorbo a sorbo, en el corazón de Málaga.

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