Llegar a Colmenar de Oreja es una de esas experiencias que te reconcilian con el viaje pausado. A apenas una hora de Madrid, uno se adentra en una villa que no presume en exceso, quizá eclipsada durante años por vecinas más célebres como Aranjuez o Chinchón, pero que guarda un patrimonio, una tradición vinícola y una personalidad capaces de sorprender al viajero más curtido. Aquí, el enoturismo no es solo cuestión de copa. Es historia, paisaje, gastronomía y orgullo local.

Nuestra jornada comenzó con una idea clara. Conocer Colmenar de Oreja desde dentro, con los pies en sus calles y la nariz bien despierta. No en vano, este municipio del sureste madrileño, enclavado entre las cuencas del Tajo y el Tajuña y con su casco histórico declarado Bien de Interés Cultural, pertenece al selecto club de las Villas de Madrid y ha sido, en su tiempo, la tercera ciudad más poblada de la región.
Vino con raíces profundas – Bodegas Peral
La primera parada nos llevó a Bodegas Peral, una de esas bodegas familiares que explican por sí solas por qué Colmenar de Oreja es conocida como la Ciudad del Vino de Madrid. Más de un siglo de historia se esconden bajo tierra, en una impresionante cueva excavada en piedra caliza a más de doce metros de profundidad, donde la temperatura se mantiene constante todo el año.
Jesús Peral, propietario y enólogo, nos recibió con esa mezcla de cercanía y pasión que solo tienen quienes han heredado un oficio y lo han sabido actualizar sin traicionar la tradición. La historia de la bodega, fundada a mediados del siglo XIX por la familia Cuéllar y en manos de los Peral desde 1953, es también la historia del vino madrileño. Respeto por las técnicas ancestrales y apuesta por la calidad.
Durante la cata descubrimos vinos que hablan el idioma del territorio. El Sobremadre Blanco y el Sobremadre Clarete, elaborados con la antigua técnica de fermentar el vino en contacto con los hollejos y las pepitas, sorprendieron por su frescura, su untuosidad y ese ligero toque amargo final que invita a otro trago. El Menina Crianza, con tempranillo y cabernet sauvignon, mostró elegancia, equilibrio y una crianza bien integrada.
Y luego llegó Arabía, un vino difícil de encasillar, cargado de personalidad, casi un homenaje embotellado al espíritu familiar, con aromas complejos y una boca larga y envolvente. Su peculiaridad radica en una de las variedades de uva. La Coloradilla (o Coloraillo) es una variedad autóctona española, de producción muy escasa, clasificada como uva «gris» o «grys», que madura de blanca a tonos rosados/tintos, con racimos compactos y bayas que se vuelven rojizas en el envero, siendo interesante para vinos frescos y con potencial para aclimatarse al cambio climático, aunque su producción es baja y a veces se la confunde con otras variedades.
Un vino «incalificable» con mucha personalidad, que reúne la esencia y espíritu del hermano de Jesús, a quién está dedicada su elaboración.
Allí, entre tinajas de barro y barricas, entendí que el vino en Colmenar no es una moda: es legado.
Ulpiano Checa – Pinceles que galopan desde Colmenar de Oreja al mundo
Del vino al arte apenas hay distancia cuando se viaja con los sentidos despiertos. En Colmenar de Oreja me ocurrió casi sin darme cuenta: dejé atrás las bodegas y, sin cambiar de ánimo, entré en el Museo Ulpiano Checa, una visita imprescindible para entender la verdadera dimensión cultural de esta villa madrileña. Allí comprendí que el nombre de Ulpiano Checa debería sonar mucho más de lo que suena en nuestro país, algo tristemente habitual en esta piel de toro, quizá también porque le tocó compartir época con un gigante como Joaquín Sorolla.
El museo propone un recorrido claro y muy bien hilado por la prolífica obra de uno de los artistas colmenaretes más universales. Las salas nos llevan desde su Colmenar natal hasta el mundo romano, América, África o España, reflejando una trayectoria artística tan viajera como inquieta. Checa fue pintor, escultor, ilustrador y cartelista, y su sello es inconfundible: dinamismo puro, movimiento, caballos al galope, contrastes de luces cálidas y frías, escenas históricas que parecen salirse del lienzo. No es de extrañar que su imaginario influyera en el cine épico de Hollywood y sirviera de inspiración visual para películas como Ben-Hur o Quo Vadis. Resulta fascinante pensar que todo eso nació aquí, en este rincón de la Alcarria madrileña.
La historia del museo también merece ser contada. Su origen se remonta a 1945, cuando el Ayuntamiento de Colmenar de Oreja decidió crear un museo municipal para custodiar obras de arte y objetos de interés local. A partir de 1950 comenzaron las conversaciones con Carmen y Felipe Checa, hijos del pintor, que aceptaron donar una veintena de obras conscientes del profundo cariño que su padre sentía por su ciudad natal. Así, el 3 de abril de 1960 abrió oficialmente el Museo Ulpiano Checa, instalado en la emblemática Casa de los Siete Patios, donde permanece hasta hoy. Con el tiempo llegaron nuevas donaciones, entre ellas las de Carmen Checa y María Ballester, nieta de su protector.
Desde entonces, el museo no ha dejado de crecer hasta convertirse en el principal depositario de la obra del artista. Pintura histórica de finales del siglo XIX, obra orientalista y escenas de género conviven con óleos, carteles, acuarelas, grabados, dibujos, libros ilustrados y abundante documentación cedida generosamente por sus descendientes. En total, cerca de un centenar de piezas que permiten recorrer todas sus facetas creativas.
El edificio también ha evolucionado. En 1993 se llevó a cabo una primera ampliación y en 2004 una segunda que añadió casi mil metros cuadrados de nuevas salas. No solo se triplicó el espacio expositivo, sino que el museo se adaptó a las nuevas funciones museológicas, incorporando salas polivalentes para actividades culturales y didácticas, biblioteca, almacenes y zonas de descanso para los visitantes. Hoy es, sin duda, uno de los museos municipales más importantes de España.
Pero para entender de verdad a Ulpiano Checa hay que volver al origen. Nació en Colmenar de Oreja el 3 de abril de 1860 y desde niño mostró una habilidad extraordinaria para el arte. Con solo trece años conoció a José Ballester, propietario del Café de la Concepción en Madrid, quien, tras consultar con el artista Luis Taberner, decidió llevarse al joven Ulpiano a la capital para formarse. Aquella decisión cambió su vida. En 1873 ingresó en la Escuela de Artes y Oficios y dos años después en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue alumno aventajado de maestros como Alejandro Ferrant, Federico Madrazo o Manuel Domínguez. Su talento le valió becas en pintura de historia y una plaza como profesor adjunto de perspectiva.
Pronto empezó a trabajar en grandes proyectos decorativos madrileños, como el Palacio de Linares o la Basílica de San Francisco el Grande, y a colaborar como ilustrador. Se movió en los círculos culturales de la época y fue socio fundador del Círculo de Bellas Artes de Madrid. En 1884 obtuvo la pensión en la Academia de Bellas Artes de Roma, etapa clave en su carrera. Allí envió obras como La ninfa Egeria y logró su primer gran triunfo con La invasión de los bárbaros, que le valió una primera medalla en la Exposición Nacional de 1887.
París acabaría siendo su gran escenario. Tras establecerse allí en 1889, participó en salones y exposiciones con enorme éxito. Obras como Carrera de carros romanos lo consagraron ante público y crítica. Llegaron los premios, la Orden de Carlos III, la Legión de Honor francesa y una proyección internacional que lo llevó a exponer en Europa, América y África. Viajó sin descanso, pintó batallas, escenas orientalistas, retratos y grandes composiciones históricas. También ilustró libros, diseñó carteles, decoró espacios emblemáticos como el restaurante Le Train Bleu de París y obtuvo una medalla de oro en la Exposición Universal de 1900 con Los últimos días de Pompeya.
A pesar de vivir entre París y Bagnères de Bigorre, nunca olvidó Colmenar de Oreja. Volvía siempre que podía y dejó su huella en la iglesia de Santa María la Mayor con murales como La Anunciación, La Presentación de la Virgen y un imponente San Cristóbal. Su vida fue tan intensa como su pintura. La enfermedad fue apagando su producción en los últimos años y, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, se trasladó definitivamente al sur de Francia, donde falleció el 5 de enero de 1916.
Por expreso deseo suyo, sus restos regresaron a Colmenar de Oreja. Hoy descansa en el cementerio de Las Canteras, en un panteón de piedra caliza coronado por su busto en bronce, obra de su amigo Leopoldo Bernstamm. Allí reposan también sus padres y, desde 1968, su esposa Matilde.
Salir del Museo Ulpiano Checa es hacerlo con la sensación de haber descubierto a un artista enorme, quizá demasiado discreto para su talla internacional. Un creador cuyos pinceles galoparon por la historia, el cine, la pintura y el mundo entero, y que encontró en Colmenar de Oreja no solo su origen, sino también su eterno regreso. Aquí, entre calles tranquilas y memoria viva, Ulpiano Checa sigue cabalgando.
Bodegas Pedro García – La autenticidad bajo tierra
La jornada continuó en Bodegas Pedro García, otro proyecto familiar con raíces firmes. Fundada en 1931, ya va por la tercera generación. Francisco García, su propietario y enólogo, nos guio por unas cuevas subterráneas del siglo XVII perfectamente acondicionadas, incluso accesibles para personas con movilidad reducida.
Aquí se cultivan más de 50 hectáreas de viñedo con variedades como malvar, airén, moscatel, merlot, tempranillo, cabernet sauvignon o syrah. La filosofía es clara. Combinar tecnología moderna con una elaboración artesanal y honesta.

En la copa, un blanco joven de Sauvignon Blanc y Malvar nos conquistó por su frescura, notas cítricas y tropicales y una facilidad de trago ideal. El tinto La Romera, con ocho meses en barrica, mostró un perfil joven, pero con carácter, aromas de cuero y tabaco y un fondo salino que hablaba de su origen. Vinos sinceros, sin artificios, que saben de dónde vienen.

Restaurante Crescencio
Después de tanto paseo, por bodegas, museos y cuevas, tocaba sentarse a la mesa. Y en Colmenar de Oreja, comer es casi un acto cultural. En el Restaurante Crescencio nos esperaba un auténtico homenaje a la cocina tradicional. Productos de proximidad, recetas de siempre y sabores que conectan con la memoria.

Probamos la poza del Colmenar en pan de oreja, jugosa y llena de matices; un surtido de chacinas, queso curado y anchoas artesanas elaboradas en el propio municipio; y la inolvidable ternera al desarreglo con patatas chulas, un guiso paciente, intenso, de los que saben a cocina de abuela. El final dulce llegó con tarta cremosa de queso, pelota de fraile y un chupito de limoncillo que cerró el círculo con una sonrisa.
Casa Rural Los Tinajones
Antes de despedirnos del día, visitamos la Casa Rural Los Tinajones, una joya arquitectónica de principios del siglo XIX rehabilitada con mimo. Columnas de fundición, vigas de madera originales, patios interiores, cuevas para catas, piscina, gimnasio y hasta sala de masajes. Un alojamiento que combina historia, confort y una ubicación perfecta para seguir explorando la villa y sus alrededores.
En mi opinión, la decoración es “Un quiero y no puedo”. Se han dejado llevar por una decoración poco armoniosa con el entorno, pero para gustos colores, lo que no impide que las habitaciones sean confortables e incluso alguna adaptada para personas con movilidad reducida.
Una villa para saborearla sin prisas
Colmenar de Oreja es mucho más que una escapada de un día. Es una villa para recorrer despacio, para perderse en su espectacular Plaza Mayor porticada, construida entre los siglos XVII y XVIII sobre el antiguo arroyo del Zacatín, para bajar al túnel, pasear por sus jardines, visitar la imponente iglesia-fortaleza de Santa María la Mayor, la ermita del Cristo del Humilladero o el convento de la Encarnación.

Aquí la historia se remonta a los romanos, cuando la antigua Apis Aureliae ya era conocida por su miel, sus olivares y su piedra caliza, la misma que siglos después se utilizaría en el Palacio Real de Madrid o en el Museo del Prado. Hoy, el vino y el olivo siguen marcando el pulso económico y cultural del municipio.
Me voy de Colmenar de Oreja con la sensación de haber participado en un relato completo. Vinos que hablan de su tierra, arte que dialoga con la memoria colectiva, una gastronomía sincera y un patrimonio cuidado con orgullo. Un destino ideal para dos o tres días, donde el enoturismo se convierte en una experiencia vital y compartida.

PORQUE EN COLMENAR DE OREJA, EL VINO NO SOLO SE BEBE.
SE ESCUCHA, SE MIRA Y SE RECUERDA.


