- Entre aromas de harina, copas de vino y ecos de Cervantes, late el alma de La Mancha.
- Molinos centenarios, bodegas con carácter y la memoria viva de Sara Montiel.

En el corazón de La Mancha, Campo de Criptana se alza como un lienzo vivo donde el viento, los horizontes infinitos y los molinos eternos dibujan la identidad de un pueblo que ha sabido abrazar su historia sin renunciar al futuro. Sus calles empedradas, impregnadas de hospitalidad y generosidad, cuentan relatos de valentía y de manos que, generación tras generación, han cultivado la tierra con orgullo y amor. Aquí, la grandeza se mide en sencillez y el espíritu comunitario se respira en cada esquina.
La historia de este enclave hunde sus raíces en tiempos prehistóricos, con huellas visibles desde la Edad del Bronce y la época ibérica-romana. Sin embargo, fue en el siglo XIII cuando comenzó a tomar forma el núcleo urbano actual, fruto de la unión de antiguos asentamientos como Criptana, Villajos, Posadas Viejas y El Campo. Algunos, como Chitrana, cedida en 1162 por la Orden de San Juan al caballero mozárabe Miguel Assaraff, o Villajos, con su primitiva iglesia hoy convertida en Santuario del Santísimo Cristo, desaparecieron con el tiempo. Otros, como El Campo, crecieron alrededor de la estratégica fortificación del cerro de la Paz, atrayendo población por la pureza de sus aguas y la benignidad de sus aires.
Desde su primera mención oficial en 1328, Campo de Criptana ha atravesado siglos de esplendor y adversidad. En el siglo XVI vivió su época dorada, con más de 30 molinos de viento coronando la Sierra de los Molinos, un paisaje que inspiró a Cervantes en la célebre aventura de Don Quijote contra los Gigantes. De aquella época datan joyas arquitectónicas como la Iglesia de la Asunción, el Pósito Real o el Convento de Carmelitas Descalzos. Tras el golpe demográfico del siglo XVII, el XVIII trajo una recuperación paulatina, sostenida por la agricultura y la ganadería, hasta que, a finales del XIX y principios del XX, fenómeno favorecido por la extensión de la filoxera en Francia y en el este de España, lo que propició la llegada de bodegueros y exportadores de vinos a esta tierra con unos suelos y condiciones climatológicas ideales para este cultivo que permiten que hoy en día Campo de Criptana disponga de alrededor de 7 bodegas integradas en la Denominación de Origen La Mancha.
Orgullosa de su vasto patrimonio cultural e histórico, la localidad ha sabido proyectarse al exterior. Gracias a la campaña Sabor Quijote, que ha reunido a periodistas, comunicadores y expertos en enoturismo, Campo de Criptana se ha redescubierto como un destino más íntimo, sensorial y auténtico. “Campo de Criptana no se representa solo a sí misma, representa a toda la provincia y a nuestra región”, subraya su alcalde, Santiago Lázaro y la vicepresidenta primera de la Diputación, María Jesús Pelayo.
Bajo el lema “Tan cerca, tan diferente”, esta iniciativa recorrerá también Villanueva de los Infantes, Murcia, Valladolid y Sevilla, mostrando al mundo que este rincón manchego es una de las puertas de entrada más genuinas y vibrantes al turismo de Ciudad Real.
El Pósito Real de granero del pueblo a guardián de la memoria
En pleno corazón de Campo de Criptana, el Pósito Real se erige como un testigo de piedra que ha sabido reinventarse sin perder su esencia. Nacido en el siglo XVI y ampliado en tiempos de Carlos III, este edificio de robusta mampostería y sillar fue durante siglos el banco agrícola de la villa. Un refugio en tiempos de escasez donde los agricultores encontraban, en forma de grano, un adelanto de la cosecha venidera. Bajo la mirada del Ayuntamiento, también velaba por el mercado del trigo, evitando tensiones sociales y garantizando el sustento de la comunidad.
Su portada, con arco de medio punto y adornos de raíz plateresca, luce el escudo de Felipe II, escoltado por dos cruces de la Orden de Santiago, a la que pertenecía la villa. Dentro, gruesos pilares y una imponente estructura de madera recuerdan la solidez con la que fue concebido. Pero su destino cambió tras la Guerra de la Independencia. Subastado en 1914, regresó a manos del Ayuntamiento en 1991 para ser restaurado por una Escuela Taller local. La impecable intervención le valió en 1997 el prestigioso Premio Europa Nostra, que reconoció la mejor restauración europea en su categoría.
Hoy, el Pósito Real late como centro cultural y Museo Municipal. Sus salas acogen una muestra permanente de arqueología, desde fósiles y cerámicas hasta monedas y herramientas, que narra la historia de Campo de Criptana desde el Paleolítico hasta la edad contemporánea. Paneles didácticos, espacios dedicados a la pintura, exposiciones temporales y las obras ganadoras del Certamen Nacional de Pintura completan la experiencia. Aquí, entre la memoria de los molinos de viento y el legado ecoturístico de la región, el visitante se sumerge en un recorrido por siglos de cultura y tradición.
Quienes llegan, a menudo lo hacen acompañados de dulces típicos y de la ruta teatralizada El Albaicín Criptano, que entre risas y emociones pone voz a las piedras y a las historias que este lugar atesora. Porque en este edificio, orgullo de una tierra hospitalaria y generosa, el pasado no es un capítulo cerrado, sino un relato vivo que Campo de Criptana sigue contando con pasión.
El Albaicín Criptano es un laberinto blanco y azul a los pies de los molinos

A los pies de la Sierra de los Molinos se despliega el barrio del Albaicín Criptano, un conjunto de calles estrechas y empinadas que, como un pequeño laberinto, ascienden desde el centro de Campo de Criptana hasta las alturas donde el viento mueve las aspas. El camino se recorre entre escalinatas, casas encaladas y zócalos pintados de azul añil, con vistas privilegiadas de los molinos que, por la noche, se iluminan como gigantes vigilantes. En verano, es tradición subir hasta aquí en busca de aire fresco y de un encuentro con amigos en los restaurantes y locales de copas de la parte alta. Desde el Cerro de la Paz, que forma parte del barrio, la mirada se abre hacia la planicie manchega, un mar de tierras ocres y viñedos que se pierde en el horizonte.
Bajo el cerro, excavadas en la roca caliza, permanecen las casas cueva. Viviendas frescas en verano y cálidas en invierno, muchas restauradas con cuidado y hoy transformadas en talleres, espacios culturales o parte de casas rurales.
Fui una privilegiada al poder disfrutar de una de esas casas cueva reconvertidas ahora en alojamiento rural.
Os presento “La Casa de los Tres Cielos”, una antigua casa rural restaurada y convertida, al mas puro estilo manchego, en un Hotel Rural, con 7 habitaciones dobles equipadas con todo tipo de detalles y comodidades.
Entre sus atractivos destaca una cueva tradicional, típica de las construcciones de la época, que en su origen servía para conservar alimentos y que hoy se presenta como un pequeño museo con objetos antiguos y representativos de la cultura local.
Las casas cueva, durante siglos fueron hogar de familias humildes, pero con el tiempo se abandonaron para dar paso a construcciones en altura, en un intento por desprenderse de la etiqueta de pobreza. Sus fachadas blancas, puertas azul añil y perfecta integración en el paisaje forman parte de la armonía arquitectónica de la Sierra de los Molinos.
Entre ellas, destaca la casa cueva de una familia molinera del siglo XVI, situada en las Cuevas de la Virgen de la Paz. Excavada en la roca y organizada en torno a un patio descubierto, conserva un comedor con chimenea, despensa, dormitorio, cuadra y espacio para aperos agrícolas, junto a cacharros y utensilios que recrean la vida cotidiana de otra época. En la planta superior, una exposición rinde homenaje al fotógrafo Isidro de las Heras e incluye paneles informativos, planos y detalles sobre las casas cueva del barrio. La planta inferior alberga las estancias originales, incluido un plano de la casa cueva de la pastora Marcela.
El Cerro de la Paz es mucho más que un mirador. Aquí se originó, en el siglo XIII, el núcleo actual de Campo de Criptana, resultado de la unión de enclaves previos como Chitrana, El Campo o Villajos, tras los intentos de repoblación de la Orden de Santiago en la segunda mitad del siglo XII. En el siglo XVI, la villa vivió un periodo de esplendor, con la construcción de edificios civiles y religiosos, hasta que la crisis del XVII redujo su población. Ya en el XIX, la llegada del ferrocarril la convirtió en un próspero núcleo agropecuario.
Coronando el cerro, la ermita de la Virgen de la Paz, una de las primeras del lugar, ya citada en el siglo XIV, se levanta con paredes encaladas, teja curva árabe y una sola nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos, mientras el presbiterio se cubre con bóveda de arista. En tiempos estuvo bajo la advocación de San Cristóbal, protector contra la peste, y también de San Gregorio Nacianceno, guardián de las viñas. La Hermandad de la Virgen de la Paz cuida hoy del templo y organiza en enero una misa y procesión en su honor.
La historia reciente del cerro recuerda la existencia de una escuela unitaria de niñas, inaugurada hacia 1950, que funcionó durante años como “Escuela Parroquial” por orden de la Dirección General de Enseñanza Primaria a petición del párroco de la Asunción. Su arquitectura, común en la España de mediados del siglo XX, primaba la funcionalidad sobre la estética y, aunque competía visualmente con la ermita, hoy resultaría discreta. Cerrada y abandonada, acabó derribada, devolviendo al cerro su aspecto tradicional.
El barrio también es escenario de vivencias festivas y culturales. Entre ellas, la ruta teatralizada El Albaicín Criptano, que recorre sus rincones con historias y leyendas, y eventos como el Airén Fest. Jornadas de Música y Vino, donde en 2025 el grupo Maruja Limón fusionó flamenco, pop y ritmos latinos con los vinos de la tierra, llenando de música y aromas las noches manchegas.
El AirénFest se ha consolidado en el calendario cultural de Campo de Criptana, uniendo tres pilares de la identidad local: música, vino y patrimonio. El festival, respaldado por el Consejo Regulador de la D.O. La Mancha, Turismo de Castilla-La Mancha y entidades como CMMEDIA o la Ruta del Vino, pone en valor la uva Airén, símbolo de la tradición vinícola manchega.
Además de ofrecer noches de verano amenizadas con música y vino, el evento busca fomentar la cultura vitivinícola desde una perspectiva innovadora y cercana. Su impacto fue reconocido en los Premios Vino y Cultura 2022, donde el Ayuntamiento de Campo de Criptana recibió el galardón honorífico a la mejor iniciativa enoturística del año.
Las bodegas participantes han sido: Bodegas Símbolo, Cooperativa Vinícola del Carmen, Bodegas Castillanque, Vidal del Saz y Movialsa Grupo Huertas.
Sierra de los Molinos dónde el viento escribe historias
¿Molinos o gigantes? Todo depende de los ojos con que se mire, del tiempo que se le dedique y del alma que uno traiga en el viaje. En Campo de Criptana, realidad e imaginación conviven… y hasta brindan juntas. Quien llega lo hace con la imagen romántica de un caballero andante enfrentándose a unas aspas inmensas; quien se marcha, comprende que esos “gigantes” son símbolos de una tierra auténtica, de carácter firme y verdad a raudales.
Coronando el Cerro de la Paz, los molinos de viento no solo dibujan el horizonte. Cuentan siglos de sabiduría popular. Sin tecnología sofisticada, pero con un profundo conocimiento del viento, generaciones enteras aprendieron a orientar las aspas y convertir el cereal en pan. Algunos todavía conservan su mecanismo original, un engranaje de madera que parece latir gracias a la dedicación de “románticos” molineros como Juan Bautista Sánchez Bermejo, guardianes de un oficio casi perdido.
Cuando el sol se despide, la Sierra de los Molinos despliega otra magia. El cielo se tiñe de ocres, las aspas recortan siluetas contra la luz dorada y las sombras en la ladera parecen narrar una novela interminable. Declarados Sitios Históricos por su valor cultural, estos enclaves inspiraron a Cervantes en el siglo XVII para la célebre batalla de Don Quijote contra los gigantes, inmortalizada en el capítulo VIII de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Entre ellos destaca también un molino museo dedicado a Sara Montiel, hija ilustre de la localidad.
Algunos siguen en plena faena, moliendo trigo con el viento como hace siglos, gracias a la recuperación del oficio molinero. La Asociación Hidalgos de los Molinos ofrece visitas teatralizadas que recrean escenas cervantinas y acercan al visitante a la vida y costumbres manchegas. Además, cada domingo se celebra la “molienda”, una experiencia única para ver en acción a uno de los inventos más ingeniosos y rentables de la historia, en un entorno que sigue susurrando historias al caer la tarde.
El Quijote, contado por Cervantes en primera persona
En Campo de Criptana, la magia del teatro se une al legado literario gracias a Franz Gómez, actor y profesor de la Escuela de Teatro local desde 2017. Su propuesta, una actuación teatralizada de fragmentos del Quijote narrados por el propio Miguel de Cervantes, traslada al público al Siglo de Oro con una frescura sorprendente.
Y es precisamente en este escenario cervantino dónde la interpretación de Gómez logra una conexión emocional inmediata con los personajes y las situaciones, haciendo que la historia cobre vida con intensidad renovada. Cada gesto, cada pausa y cada entonación invitan a sentir la aventura como si fuera la primera vez que se escucha.
Más allá del espectáculo, esta iniciativa se convierte en una valiosa herramienta de difusión cultural, acercando la obra cervantina a públicos de todas las edades y fomentando la lectura. Un viaje teatral que, igual que el caballero de la triste figura, deja huella en quienes se atreven a recorrerlo.
En Campo de Criptana la gastronomía es tan manchega como sus molinos
Un brindis al atardecer
Hay momentos que se quedan grabados. En la terraza de Las Musas, el saxofonista Alberto París ponía música a un cielo que se teñía de fuego tras los molinos. Una copa en la mano, conversación amena, la brisa suave de la tarde… y esa pregunta que flota sin respuesta: ¿cómo explicar lo auténtico sin haberlo vivido?
El restaurante que puso a Criptana en el mapa Michelín
Este pueblo manchego, inmortalizado por Cervantes en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, no solo seduce por sus molinos. Tras recorrer sus empinadas calles encaladas, es fácil caer rendido a su oferta gastronómica, que combina tradición y toques vanguardistas. Un ejemplo es Las Musas, restaurante incluido en la categoría Bib Gourmand 2024 de la Guía Michelín, que reconoce a los locales con excelente relación calidad-precio.
Ubicado en la calle Barbero, bajo la atenta mirada de los molinos, ofrece tres espacios con personalidad. Un salón manchego con chimenea, un comedor acristalado con vistas al pueblo y varias cuevas donde se pueden degustar tapas, tomar copas o incluso bailar.
En Campo de Criptana, comer bien no es un lujo, es parte del viaje, un homenaje a la tierra y a sus sabores, que aquí se disfrutan sin prisa y con el mismo orgullo con el que sus molinos miran al horizonte.
Sabores que cuentan historias
La cocina criptanense bebe de la tradición manchega más genuina. En sus cartas abundan recetas como gazpacho, pisto manchego, caldereta de cordero, migas del pastor, huevos revueltos con cebolla, sopas de ajo, gachas con tropezones, judías con perdiz, carnes a la brasa, morteruelo, duelos y quebrantos… y, por supuesto, el inconfundible queso manchego.
Los más golosos encuentran aquí un paraíso de postres caseros. Flores manchegas, arroz con leche, mantecados, mojicones o buñuelos de viento. Y para acompañar, nada mejor que un vino de la Denominación de Origen La Mancha. Tintos robustos, blancos frescos o rosados aromáticos, todos con el carácter inconfundible de esta tierra.
En Campo de Criptana, la cocina no se anda con rodeos. Es sincera, rotunda y profundamente ligada a su tierra. En las jornadas del programa Sabor Quijote de la Diputación de Ciudad Real, los protagonistas fueron claros. El cerdo, alma de embutidos, guisos y asados; y el cordero manchego, rey indiscutible de calderetas y recetas con siglos de historia.
Las mesas se llenaron de platos que son pura memoria colectiva. Gachas, pisto, asadillo, migas, queso manchego… sabores de fuego lento y tradición, compartidos siempre con buena compañía. Y el escenario no pudo ser más evocador. La Sierra de los Molinos, concretamente el restaurante Las Musas, disfrutamos de un ágape maridado con los grandes vinos de la DOP La Mancha al compás del sonido de un saxofón.
La gastronomía en el Quijote: cuando Cervantes puso a la mesa como escenario
Cuando pensamos en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha la imaginación nos lleva, casi sin querer, a la figura enjuta de un caballero en armazón, cabalgando sobre Rocinante y acompañado por su fiel Sancho en burro, bajo un horizonte manchego poblado de molinos. Pero lo que muchos olvidan es que la obra maestra de Cervantes no solo habla de aventuras, ideales y locuras. También es un recetario literario que retrata la dieta de la España de los siglos XVI y XVII.
El autor, Miguel de Cervantes Saavedra, supo describir con precisión la vida cotidiana de la campiña, y entre batallas, encantamientos y diálogos inolvidables, dejó caer más de 150 referencias culinarias. Un verdadero banquete para historiadores, gastrónomos y curiosos.
El menú de un hidalgo
Desde la primera página del libro, Cervantes nos abre la despensa del protagonista. En esa famosa frase inicial descubrimos que a don Quijote le bastaba con “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos”. Aquella dieta modesta, pero variada, consumía tres cuartas partes de su hacienda y dibuja con sencillez la vida rural de la época.
Duelos y quebrantos: un plato con misterio
De entre todos los manjares mencionados en la novela, quizá ninguno despierte tanta curiosidad como los duelos y quebrantos. Los especialistas cervantinos coinciden en que se trata de un guiso donde el cerdo es protagonista indiscutible, pero difieren en el origen del nombre.
Algunos sostienen que se debe al duelo emocional y al quebranto económico que sufría el ganadero al perder una oveja. Otros, en cambio, interpretan la expresión como una burla antisemita. En aquel tiempo, los judíos conversos al cristianismo padecían el “duelo” por quebrantar las leyes dietéticas que prohibían el consumo de cerdo. Sea como fuere, lo cierto es que este plato, humilde y cargado de simbolismo, ocupa un lugar privilegiado en la memoria gastronómica de la Mancha.
La mesa como reflejo de un tiempo
Así, entre caballerías y refranes, el Quijote también nos deja un retrato fiel de la cocina popular del Siglo de Oro. Una gastronomía sencilla, de recursos limitados, pero llena de identidad. Cervantes nos recuerda que en la mesa también se cuentan historias, y que los sabores de la Mancha, como los molinos, los caminos y los paisajes, forman parte inseparable de la aventura.
El legado manchego de Lorenzo Díaz
Con permiso —o sin él— quiero recordar a un viejo amigo y maestro de la gastronomía manchega, Lorenzo Díaz, un manchego universal que supo unir como pocos la pasión por la cultura, la radio y la gastronomía. Descanse en paz.
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció como periodista en radio, fue director de cultura en Onda Cero y colaborador habitual en Herrera en la Onda. Su voz cercana y su mirada crítica le valieron numerosos reconocimientos, entre ellos dos Premios Ondas y el Premio Nacional de Gastronomía.
Autor polifacético, escribió sobre sociología de la radio y la televisión, sobre biografías y, muy especialmente, sobre cocina. Porque Lorenzo Díaz fue, ante todo, un profundo conocedor de la gastronomía manchega, a la que dedicó algunas de sus páginas más memorables. Entre ellas destaca un título convertido ya en clásico: “La cocina del Quijote”.
Un festín literario y gastronómico
En este libro, Díaz traza un puente magistral entre las recetas de la Mancha cervantina y la tradición que aún se conserva en pueblos y fogones. Con un estilo atrevido, heterodoxo y lleno de humor, ofrece al lector un inventario de hambrunas patéticas y festines desbordantes, aderezado con anécdotas gastronómicas y precisiones culinarias tan rigurosas como sabrosas.
No es casualidad que figuras como Manuel Vázquez Montalbán lo definieran en El País como “una obra de hermosa prosa e impresionante investigación de campo”, o que Rafael Ansón lo señalara en ABC por sus “constantes referencias literarias y documentadas preparaciones de cada plato”.
La edición se completa con una guía práctica de restaurantes y dulcerías de las cinco provincias de Castilla-La Mancha, lo que convierte el libro no solo en un homenaje literario, sino también en una brújula para los viajeros del buen comer.
La noble legitimación de la cocina manchega
Ninguna otra cocina del mundo puede presumir de haber sido legitimada por un modelo literario de la talla del Quijote. En sus páginas se canta y ensalza la culinaria de pastores, gañanes, arrieros, cómicos y caminantes, esa cocina recia y venerable que dio forma a guisos, asados, pepitorias, dulces y vinos que, con el tiempo, influirían decisivamente en la cocina madrileña.
Lorenzo Díaz lo sabía bien. Con el conocimiento del gastrónomo y la pasión del manchego, supo rescatar en La cocina del Quijote los sabores de siempre y situarlos en el lugar que merecen. En el corazón de una tradición que, como los molinos de viento, se ha convertido en símbolo universal.
Porque si Cervantes hizo de la Mancha el escenario de la mayor novela de la literatura, Lorenzo Díaz convirtió su mesa en un festín eterno para la memoria y el paladar.
La historia y la tradición caben dentro de un plato
Hablar de Campo de Criptana es hablar de molinos, llanuras infinitas y, por supuesto, de buena mesa. La gastronomía de esta tierra hunde sus raíces en una cocina humilde, nacida de la escasez de productos en la árida Mancha, pero que con el paso del tiempo se ha enriquecido gracias al transporte, la conservación de alimentos y la creatividad de sus gentes. Hoy, sin perder la esencia de siempre, Campo de Criptana ofrece un recetario que mezcla tradición y modernidad, platos que saben a historia y productos con sello de calidad.
Vinos con Denominación de Origen
No se puede entender La Mancha sin su vino. Campo de Criptana es escaparate y corazón de la Denominación de Origen “La Mancha”, donde seis bodegas locales elaboran vinos que han sabido evolucionar hacia la calidad sin renunciar a la autenticidad. Una copa basta para descubrir el carácter de la tierra.
Queso manchego, orgullo de la tierra
El queso manchego es otro de los grandes embajadores de la gastronomía local. Elaborado con leche de oveja manchega y protegido por Denominación de Origen, mantiene una tradición de siglos. En Criptana, tres queserías invitan a degustar este producto inigualable, que concentra en cada bocado la fuerza del campo.
Aceite de oliva, oro líquido de la llanura
Los olivos curtidos al sol de La Mancha regalan un aceite de sabores auténticos y elaboración artesanal. La almazara local, premiada en varias ocasiones, ofrece un producto que eleva cualquier plato, desde un sencillo mojete hasta un asadillo de pimientos.
Dulces y panes con historia
El paladar goloso encuentra su refugio en los cordiales, un dulce tradicional de huevo, azúcar y almendra cuyo origen se pierde en el tiempo. Y para acompañar, nada como un buen Pan de Cruz, redondo, de corteza gruesa y sabor a cereal tostado. El elaborado por la panadería “Orejón” fue galardonado en los premios Gran Selección de Castilla-La Mancha en 2021.
Sabores únicos de Criptana
En esta tierra también se esconden tesoros gastronómicos difíciles de encontrar fuera de aquí. Es el caso de los titos, almortas tostadas aderezadas con sal y pimentón, un aperitivo sencillo pero adictivo que ha conquistado generaciones enteras.
La cocina de siempre
La mesa manchega se completa con platos recios y sabrosos, herederos de pastores, gañanes y jornaleros:
- Gachas manchegas, con harina de almortas y carne de matanza.
- Migas de pastor, pan frito con carne y, cómo no, uvas blancas.
- Pisto manchego, un estallido de huerta acompañado de carne.
- Asadillo, pimientos asados y macerados en aceite de oliva.
- Caldereta de cordero, contundente y aromática.
- Gazpacho manchego, de carne de caza y pan ácimo.
- Duelos y quebrantos, huevos revueltos con chorizo, jamón y panceta, inmortalizados por Cervantes.
- Potaje de garbanzos, empedrado, sopa castellana, mojete… una colección de recetas que muestran cómo la sencillez puede convertirse en excelencia.
Un viaje de sabores
En Campo de Criptana, cada plato es memoria y cada bocado es identidad. Desde un sorbo de vino de La Mancha hasta una tapa de titos, la gastronomía local no solo alimenta, sino que cuenta la historia de un pueblo que ha sabido transformar la escasez en riqueza culinaria.
Un viaje entre gigantes vino y memoria
Tras un día cargado de emociones, la jornada siguiente en Campo de Criptana nos abre la puerta a una experiencia que entrelaza tradición y sabor. Presenciar la molienda en un molino centenario y descubrir, copa en mano, la riqueza enológica que esconden las bodegas locales. No es casualidad que estos colosos de la llanura manchega, descritos por Cervantes como “desaforados gigantes de largos brazos”, se hayan convertido en seña de identidad cultural, histórica, estética y literaria de la región.
Desde que en el siglo XVI una prolongada sequía obligara a sustituir los molinos de agua por ingenios de viento, estas construcciones marcaron el paisaje de Ciudad Real y Toledo, protegidas hoy como Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha. Algunos, como los de Alcázar de San Juan, El Romeral o Los Yébenes, cuentan además con la categoría de Bien de Interés Patrimonial, mientras que el conjunto de Campo de Criptana fue declarado Sitio Histórico en 2002.
El recorrido comienza en el Molino Burleta, joya del siglo XVI conocido también como “Burlapobres”, donde revive cada mes la molienda tradicional. Allí nos recibe Juan Bautista Sánchez, el molinero del siglo XXI, restaurador de estos gigantes, que devuelve la vida a los molinos con la misma pasión que un poeta. Describe cómo el suelo tiembla bajo los pies, cómo crujen las maderas y cómo el aroma de la harina invade los sentidos cuando las piedras despiertan. Defiende, además, la urgencia de preservar el oficio de carpintero molinero e integrarlo en los planes educativos para no perder una tradición que es alma y sustento de La Mancha.
Museo Sara Montiel
No muy lejos, el Molino Culebro guarda otro tesoro. El Museo Sara Montiel, también restaurado por Juan Bautista. Inaugurado en 1991 por la propia artista, cumple su sueño de tener un museo en un molino. Allí, María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández, Sara Montiel para el mundo, revive a través de fotografías, vestidos, carteles y hasta un piano, distribuidos en tres niveles que la muestran como artista, mito y mujer.
Antonia: Por su abuela.
Alejandra: Por un amigo de su padre llamado así.
Vicenta: Por su madre.
Elpidia: Por su hermana, que fue madrina de su bautizo.
Isadora: Por su padre.
Gigante del Vino de La Mancha
El viaje continúa en el Molino Inca Garcilaso, Gigante del Vino de La Mancha, un museo de tres plantas que revela la historia vitivinícola desde la Antigüedad hasta la D.O. La Mancha. Paneles interactivos, una taberna romana recreada, una prensa de vino original y la sala del Consejo Regulador hacen del recorrido una inmersión en el vino, motor económico y cultural de la comarca.
Ese mismo protagonismo tuvo el vino en la iniciativa Sabor Quijote, impulsada por la Diputación de Ciudad Real. Durante dos jornadas, periodistas e influencers visitamos bodegas emblemáticas como Castiblanque y El Vínculo, fundada por Alejandro Fernández, referente de la Ribera del Duero, disfrutando al mismo tiempo de la molienda y de la magia de los molinos.
Y como colofón, bajo la silueta imponente de los gigantes, irrumpieron Don Quijote y Sancho Panza, interpretados por Asociación de Hidalgos de amigos de los molinos para revivir la célebre escena en la que el caballero de la triste figura confunde molinos con enemigos. Un cierre perfecto que une patrimonio, vino, tradición y literatura en un mismo escenario inolvidable y que decía así:
CAPÍTULO VIII
Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades1, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; más al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre «Machuca», y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante «Vargas y Machuca». Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
—A la mano de Dios —dijo Sancho—. Yo lo creo todo, así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.
—Así es la verdad —respondió don Quijote—, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
—Si eso es así, no tengo yo que replicar —respondió Sancho—; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
Un viaje al corazón de los vinos de Alejandro Fernández
Sentí un cosquilleo de emoción al cruzar la puerta de Bodega El Vínculo. En los años noventa tuve la fortuna de conocer al gran Alejandro Fernández y sus vinazos que revolucionaron el panorama enológico. Participé en la presentación de El Vínculo en el Casino de Madrid, junto a la revista Restauradores, @revistarestauradores, que en aquel tiempo marcaba tendencia. Traté a Alejandro en varias ocasiones y siempre me sorprendió su carácter campechano, su simpatía y esa cercanía que lo hacían inolvidable.
Hoy, en la bodega de Campo de Criptana, quien recibe es Loli, una profesional apasionada, amiga personal del recordado Fernández y con un conocimiento enciclopédico de cada rincón de la casa. Lo mejor no es lo que sabe, sino cómo lo transmite. Con entusiasmo y un amor por el vino que se contagia desde el primer minuto.
Una experiencia acogedora y auténtica
Desde fuera, la bodega parece sencilla, pero basta cruzar el umbral para descubrir un interior cuidado, con estética elegante y un ambiente cálido que invita a quedarse. Loli guía a los visitantes en un recorrido por la historia de El Vínculo y su vínculo —nunca mejor dicho— con Alejandro Fernández, mientras comparte secretos del proceso de elaboración con un estilo cercano que convierte la visita en un auténtico viaje por la memoria del vino.
La experiencia se redondea con una cata muy especial con tres copas de vino, siempre acompañadas por quesos y embutidos manchegos que maridan a la perfección. Allí catamos El Vínculo Crianza 2021, El Vínculo Reserva 2020 y Alejairén Crianza 2023, elaborados con las uvas que reinan en Castilla-La Mancha: Cencibel (nombre local del Tempranillo o Tinta del País) y la blanca Airén.
Alejandro Fernández supo leer como nadie el alma de estas cepas y soñó con unir las dos Castillas a través del vino. Así nació El Vínculo, donde elaboró tintos de carácter manchego y blancos únicos con Airén. Hoy, junto a bodegas vecinas como Castiblanque, esta casa impulsa un enoturismo profesional que acerca al visitante a la cultura vitivinícola local.
Calidad y tradición en cada detalle
El cuidado de las instalaciones habla del compromiso de la familia. Todo está impecable, reflejo de la seriedad con la que se trabaja. Los tintos se distinguen por su cuerpo y profundidad, y los blancos, particularmente el Alejairén, sorprenden por su singularidad y frescura. Antes de marcharse, la bodega ofrece la posibilidad de comprar vinos, quesos y productos artesanos para llevar un pedacito de la experiencia a casa.
No es exagerado decir que Bodega El Vínculo es una parada obligatoria para todo amante del vino que recorra La Mancha.
Una familia marcada por el vino
La historia de Familia Fernández Rivera comenzó hace más de medio siglo, cuando Alejandro Fernández y Esperanza Rivera decidieron apostar por un sueño. Con esfuerzo y visión, fundaron un proyecto que hoy cuenta con cuatro bodegas, un hotel y más de 120 trabajadores, presente en más de 70 países.
El origen se remonta a un lagar de piedra del siglo XVI, adquirido en 1972 gracias a la venta de una patente. Allí nacieron los primeros vinos familiares, impregnados de la esencia de la Ribera del Duero. De ese lagar surgiría Tinto Pesquera, la bodega emblemática que abrió camino y se convirtió en motor de la Denominación de Origen Ribera del Duero.
Poco después llegaría Condado de Haza, en Roa (Burgos), un château castellano rodeado por 200 hectáreas de viñedo de tempranillo. Su diseño, excavado en un cerro, incluye un túnel a 30 metros de profundidad para criar vinos en condiciones óptimas. Desde 1993 produce referencias únicas, hoy reconocidas internacionalmente, como el Condado de Haza Crianza, distinguido por Wine Spectator en 2008 entre los 100 mejores vinos del mundo.
El Vínculo y la unión de las Castillas
En Campo de Criptana se levantó El Vínculo, un homenaje a los abuelos de la familia y a la unión de las dos Castillas. Aquí, además de trabajar el tempranillo, se elaboran blancos excepcionales de Airén, algunos procedentes de viñas pre-filoxéricas de más de un siglo. Fue en El Vínculo donde nació Alejairén, uno de los blancos más valorados de La Mancha.
La experiencia enoturística se completa con El Cocero, una propuesta que invita a degustar producciones limitadas y descubrir tesoros históricos como esas viñas centenarias que dan vida a vinos únicos.
Dehesa La Granja: vino, queso y aceite
En Zamora, la familia encontró una finca con más de tres siglos de historia y una impresionante bodega subterránea de 3.000 metros cuadrados. Allí nació Dehesa La Granja, donde conviven viñedos de tempranillo con agricultura y ganadería. El resultado es un proyecto integral que produce vinos de largas crianzas en roble americano, junto con queso curado, garbanzos y aceite de oliva virgen extra.
Vindesía: un viaje con los cinco sentidos
Con más de 50 años de historia, la familia Fernández Rivera materializa hoy su filosofía de puertas abiertas en Vindesía, una marca que agrupa sus experiencias de enoturismo. Son cuatro: El Lagar en Tinto Pesquera, El Château en Condado de Haza, El Cocero en El Vínculo y La Lucera en Dehesa La Granja.
Cada recorrido permite sumergirse en la producción del vino desde la viña hasta la copa, siempre acompañado de catas de referencia y productos artesanos. Vindesía no es solo una visita, es un punto de encuentro para quienes aman el vino y el respeto al terruño.
Un hotel con alma de bodega
Para completar la experiencia, la familia cuenta con el Hotel AF Pesquera, un hotel boutique construido sobre una antigua harinera de 1922, a los pies del Castillo de Peñafiel, que también alberga el Museo Provincial del Vino. Con 36 habitaciones, el complejo respira la hospitalidad característica de la familia y ofrece actividades para descubrir los viñedos de la Ribera del Duero, incluso rutas en bicicleta por la senda del Duero.
Su restaurante, Origen-es, dirigido por el chef David Pérez Ruiz, apuesta por productos de proximidad y de la finca Dehesa La Granja. La parrilla comparte protagonismo con carnes, pescados y mariscos de temporada, siempre acompañados por una bodega excepcional con referencias únicas de la familia y una selección de champagnes.
De aquel modesto lagar de piedra a un grupo bodeguero de referencia internacional, la Familia Fernández Rivera ha sabido mantener intacta su pasión por la tierra y el vino. Hoy, con sus bodegas, su hotel y sus experiencias ecoturísticas, sigue demostrando que el vino no es solo un producto. Es memoria, paisaje, cultura y, sobre todo, un modo de compartir la vida.
Más allá de la postal
Con molinos que narran siglos de historia, un museo que guarda la voz inmortal y el mito de Sara Montiel, y bodegas que invitan a descubrir la esencia de La Mancha, Campo de Criptana se revela como un destino donde la tradición se transforma en vivencia.
Hoy, este pueblo es mucho más que la estampa cervantina que todos imaginamos. Es un lugar donde la herencia cultural se siente y se practica; donde los molinos giran de verdad; donde las casas cueva siguen habitadas; y donde el paisaje abre la puerta a la contemplación, la emoción y la narración.
Entre claroscuros, entre pasado y presente, este rincón manchego continúa moviéndose al compás del viento… y del alma.










