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DESCUBRE UN PROYECTO QUE DEVUELVE EL VALOR A LA TIERRA EN MADRID

  • Descubre cómo el empresario Alberto Sobrino está transformando una herencia familiar en un modelo inspirador.

Este mes de agosto, mientras estaba tranquilamente en la playa, me llegó un correo de Carmelo con una invitación de esas que hacen que uno empiece a pensar que la vuelta de vacaciones quizá no sea tan mala idea.

El asunto prometía: “Descubre un proyecto que devuelve el valor a la tierra en Madrid”.

Y el correo iba todavía más allá:

“¿Sabías que a pocos kilómetros de Madrid existe un proyecto que está recuperando la esencia del campo y acercando el origen de los alimentos a las nuevas generaciones?”

 

Pues mira, pensé. Una manera bastante amable de empezar septiembre. Así que allí nos fuimos con Carmelito y tres comunicadoras del sector, todas con una enorme curiosidad por conocer de cerca eso de tanta excelencia, tanta tierra y tanto producto propio. Y la verdad es que la visita dio para mucho.

Entre el Jarama y el Tajo

A pocos kilómetros de la histórica localidad madrileña de Aranjuez, entre los ríos Jarama y Tajo, se encuentra La Granja de Aranjuez, una finca en la que se está escribiendo una historia bastante bonita. La de una familia que ha decidido recuperar el vínculo con la tierra y llevarlo directamente a la mesa.

Al frente está Alberto Sobrino, empresario hostelero, cocinero de formación, ganadero por vocación y, sobre todo, un hombre de campo por convicción.

Alberto es de esos tipos que no necesitan demasiadas solemnidades para explicar lo que hacen. Habla con naturalidad, con los pies bien puestos en la tierra, nunca mejor dicho, y con ese punto de sabiduría que da haberse hecho a sí mismo a base de trabajar.

Y algo parecido ocurre con su familia.

Su mujer y sus tres hijos son parte fundamental del proyecto y, entre todos, están dando forma a un legado familiar que Alberto recibió de su padre, fallecido en 2025.

 

 

Durante todo el día pudimos compartir tiempo con ellos y comprobar que aquí la palabra familia no es un recurso literario. Es parte del funcionamiento diario de la finca, de los restaurantes y de esta aventura que sigue creciendo.

Una idea sencilla: producir, criar y servir

Hay emprendedores que encuentran una oportunidad de negocio y otros que tienen una idea en la cabeza y no paran hasta conseguir hacerla realidad. Alberto pertenece claramente al segundo grupo.

Desde La Granja de Aranjuez trabaja con una idea tan sencilla como ambiciosa. Producir, criar y servir sus propios alimentos, reduciendo al máximo los costes de los intermediarios y devolviendo valor al producto de proximidad.

Pero hay algo más.

La finca quiere convertirse también en un escaparate de educación medioambiental. Un lugar donde niños, familias, profesionales y amantes de la naturaleza puedan conocer de primera mano cómo se cultivan los alimentos, cómo se crían los animales y cuáles son esos ritmos naturales que durante generaciones marcaron la vida de nuestros pueblos.

Porque, como dice Alberto: “La mayoría de los niños saben perfectamente dónde está un teléfono móvil, pero muchos desconocen de dónde sale un tomate o cómo se produce la carne que consumen”. Y ahí está precisamente una de las claves de este proyecto.

Aquí se viene a ensuciarse las manos

La granja no quiere ser únicamente un lugar donde se producen alimentos. También pretende convertirse en un espacio para vivir el campo. La idea es que los visitantes puedan participar en tareas cotidianas como alimentar a los animales o recoger productos de temporada, desde tomates hasta pimientos.

Y hay planes para ir todavía más lejos.

Alberto quiere construir unas cabañas rústicas y cómodas para que parejas, familias o grupos de amigos puedan pasar una noche en plena naturaleza y descubrir algo tan sencillo, y tan olvidado, como los sonidos, los horarios y las rutinas de la vida rural. Es decir, dormir sin escuchar el tráfico, levantarse rodeado de campo y descubrir que los animales también tienen sus propios horarios. Un lujo que, curiosamente, antes era lo normal.

Una finca con mucha historia detrás

La historia de La Granja de Aranjuez tiene, además, un componente profundamente personal. El padre de Alberto falleció en 2025, justo después de terminar de sembrar el huerto de la finca. Aquel espacio recién plantado quedó como su última obra.

Alberto llevaba años imaginando un proyecto de estas características, pero resulta imposible entender lo que hoy es la granja sin comprender la influencia de su familia. Dejar aquella tierra abandonada no entraba en sus planes. Así que decidieron seguir adelante y, de paso, abrir las puertas a todos aquellos que quieran conocer el proyecto. Lo que empezó como una manera de honrar un legado familiar se ha convertido en un auténtico proyecto agroalimentario.

Actualmente, la explotación combina agricultura y ganadería, con más de 250 ovejas manchegas, 50 cabras destinadas a la producción de cabrito nacional y aves de diferentes especies, además de una amplia huerta.

 

 

Y esto no ha hecho más que empezar.

Está prevista la incorporación de los primeros terneros de raza limusina y algunos cerdos. El destino de buena parte de esta producción está claro. Abastecer sus establecimientos gastronómicos, El Paraíso y El Volante, en Ciempozuelos (Madrid).

 

Un circuito cerrado

Aquí las cosas intentan funcionar como antes, pero con una visión empresarial muy actual. El abono generado por los animales se utiliza íntegramente en la granja y en la huerta. Y la huerta, a su vez, alimenta tanto a los animales como a las cocinas de los restaurantes.

Un auténtico circuito cerrado.

Alberto no quiere ponerle etiquetas demasiado modernas a algo que, en realidad, lleva haciéndose toda la vida. “Es un proyecto sin etiquetas de moda. No se trata de un proyecto ecológico en el sentido estricto, sino de una producción natural, sin fertilizantes ni pesticidas. Tal y como se hacía antes”. Y quizá ahí esté buena parte de su filosofía. Hacer las cosas con sentido común.

Tomates con apellido propio

La huerta merece capítulo aparte. Está situada en una de las pocas zonas de la finca que históricamente no se inundaron con las crecidas de los ríos cercanos. Esa circunstancia convirtió estos terrenos en una zona de referencia para el cultivo desde hace generaciones.

Aquí encontramos calabacines, pimientos, cebollas, lechugas y una buena colección de tomates. Hasta una decena de variedades diferentes, entre ellas el negro de Crimea y el conocido como “tomate enano” de Aranjuez, una variedad de piel fina que el padre de Alberto llevaba décadas cultivando.

Y es que aquí no se trata solamente de plantar para producir. También se trata de conservar. “Lo que queremos es conservar unos valores que se están perdiendo”, explica Alberto con cierta nostalgia. Y se entiende perfectamente.

También hay una pequeña zona dedicada a los pimientos picantes. Allí conviven distintas variedades, desde los clásicos de Padrón, ya saben, esos en los que “unos pican y otros no”, hasta habaneros, sherry o jalapeños, algunos de ellos muy utilizados en Hispanoamérica.

 

 

 

 

Y, por supuesto, también hacen vino para consumo casero, el tradicional vino de pitarra. Tengo que decirlo: lo probamos y no estaba nada mal.

 

Perseverar, perseverar y perseverar

Quienes trabajan con Alberto destacan una cualidad por encima de muchas otras: su capacidad para perseverar. Cuando cree en una idea, va con ella hasta el final. Aunque haya dificultades. Aunque otros le digan que no se puede. Esa manera de hacer las cosas le ha permitido convertir una finca agrícola en un proyecto que mezcla producción alimentaria, gastronomía, educación ambiental y experiencias rurales. Y no parece que tenga intención de parar.

Una familia que lleva desde 1974 dando de comer

Para entender a Alberto hay que volver atrás. Concretamente a 1974, cuando sus padres fundaron un pequeño negocio de hostelería que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en uno de los referentes gastronómicos de Ciempozuelos y de la comarca. Su padre había sido camionero, pero decidió cambiar el volante por la hostelería. Así nació El Volante.

Los comienzos fueron los de cualquier negocio levantado a base de trabajo. Aperitivos tradicionales, raciones sencillas, cocina popular y muchas horas. Después llegó el crecimiento. Primero la cafetería. Después el hostal. Más adelante, nuevos espacios y otro restaurante, El Paraíso. También llegó la terraza, con una zona dedicada a cocinar espetos a la malagueña. Y la familia siguió avanzando.

Incluso pensaron en las familias que visitan el cercano Parque Warner y crearon habitaciones temáticas de Disney. La filosofía, sin embargo, sigue siendo la misma. Que quien entre se sienta como en casa. Comida casera, tranquilidad y trato familiar desde 1974, con una apuesta por el respeto al medio ambiente y una ubicación cercana tanto al centro de Madrid como al Parque Warner.

Más de cinco décadas después, la familia continúa manteniendo vivo aquel espíritu, aunque adaptándolo a los nuevos tiempos y a las nuevas necesidades de sus clientes.

De Paco Roncero a la escuela de la vida

Alberto estudió cocina en la Escuela de Hostelería de Aranjuez y realizó prácticas junto al prestigioso chef Paco Roncero.

Pero cuando habla de formación, queda claro que su verdadera escuela ha sido otra. La vida, el trabajo diario y todo lo aprendido al lado de su familia. De hecho, Alberto reconoce que no tiene un plan cerrado. “No tengo metas, las vas escribiendo día a día”, asegura.

Una frase que explica bastante bien su manera de entender los negocios y también la vida. Guiado por la intuición y el trabajo, ha llevado a la familia desde aquella taberna de pellejos de vino de los años setenta hasta un proyecto agroalimentario que pretende enseñar a varias generaciones de madrileños algo tan básico como importante. De dónde viene realmente lo que comen.

 

La tercera generación ya está en marcha

Y la historia continúa. Su hijo Darío también se está formando en el mundo de la gastronomía y representa la tercera generación de una familia que lleva décadas ligada a la hostelería. Cuando habla de su padre, no se anda con rodeos:

“Es mi ídolo, una figura definida por su capacidad de trabajo incansable y por hacer que las cosas funcionen incluso cuando todo el mundo dice que no se puede. Un hombre generoso y capaz de ayudar a cualquiera que lo necesite”.

 

 

Probablemente pocas descripciones puedan resumir mejor la manera de entender a Alberto. Trabajo, intuición, perseverancia y una buena dosis de orgullo por lo conseguido.

Y después de tanto campo, toca comer

Porque una cosa es hablar de la tierra y otra muy distinta sentarse a la mesa. En El Paraíso y El Volante, la propuesta gastronómica mantiene una clara apuesta por la cocina castellana tradicional, con el producto como verdadero protagonista.

Verduras y hortalizas recién recolectadas, guisos, asados de cordero y cabrito y platos de temporada forman parte de una carta que reivindica los sabores de siempre frente a las modas pasajeras. Y, por supuesto, no nos olvidamos de su famosa torrija.

Que después de una jornada entre ovejas, tomates, pimientos, vino de pitarra y recuerdos familiares, una buena torrija tampoco le hace daño a nadie.

 

Volver a mirar la tierra

Al final, quizá lo más interesante de La Granja de Aranjuez no sean las ovejas, los tomates, los restaurantes o las futuras cabañas. O quizá sean todas esas cosas juntas. Porque lo que Alberto Sobrino está intentando construir va un poco más allá de producir alimentos. Quiere recuperar una conexión.

La conexión entre quien come y quien produce. Entre el restaurante y la finca. Entre las nuevas generaciones y una forma de vida que durante siglos fue cotidiana y que hoy, para muchos, resulta casi desconocida. Que un niño pueda ver un tomate antes de verlo en una bandeja del supermercado. Que pueda dar de comer a una oveja. Que descubra cómo se cultiva un pimiento. Que entienda que detrás de un plato hay tierra, agua, animales, personas, tiempo y trabajo.

En definitiva, que vuelva a comprender que los alimentos tienen una historia, un origen y un proceso que merece ser conocido y respetado. Y quizá ese sea el verdadero valor de este proyecto.

Que en una época en la que todo parece tener que ser inmediato, Alberto Sobrino haya decidido apostar precisamente, por lo contrario. Por la tierra, por la familia, por el producto y por hacer las cosas poco a poco, como se han hecho toda la vida.

Y, visto lo visto, ¡La tierra todavía tiene mucho que contar!

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