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BEIRA INTERIOR, ESE PORTUGAL QUE AÚN SABE GUARDAR SUS SECRETOS

Hay lugares que no necesitan hacer ruido para dejar huella. Lugares que no aparecen en las listas de destinos imprescindibles ni viven pendientes del siguiente récord turístico. Simplemente están ahí, esperando a quien tenga la curiosidad, y quizá también la paciencia, de desviarse unos kilómetros del camino principal.

La Beira Interior, en el centro-este de Portugal, junto a la frontera española, es uno de esos territorios. Una tierra de montañas y valles, de aldeas medievales encaramadas sobre la piedra, de bosques que parecen no terminar nunca, de granito calentado por el sol y de viñedos que desafían la altitud. Un lugar donde el vino, la historia, la gastronomía, la naturaleza y la hospitalidad no son compartimentos separados, sino distintas formas de contar una misma historia.

Confieso que antes de emprender este viaje apenas sabía situarla en el mapa.

 

 

Conocía el Douro, el Alentejo, el Minho; había recorrido mentalmente, y en algunos casos físicamente, buena parte de ese Portugal que solemos asociar al turismo. Pero la Beira Interior seguía siendo para mí una especie de espacio en blanco.

Y quizá precisamente por eso el viaje comenzó con una sensación especialmente agradable. La de saber que todo estaba todavía por descubrir.

El viaje empieza donde termina el ruido

Abandonar Madrid en dirección a Guarda es, en cierto modo, abandonar también la prisa. La mañana comienza en Atocha, donde nos espera Cristina Tierno, nuestra compañera de Efecto Directo y directora del Comité de Espirituosos de la AEPEV. Cristina será mucho más que nuestra conductora durante estos días. Terminará convirtiéndose en anfitriona, guía improvisada y pieza fundamental de un grupo que, cuando subimos a la furgoneta, apenas se conoce.

La Mercedes resulta cómoda. Y eso, teniendo por delante tantos kilómetros, se agradece. Con nosotros viajan Alfonso Rueda, de Viajes Abreu Madrid; Helder Roberto Teixeira Gonçalves, de Luso Viajes,  en Torredembarra-Tarragona; Susana Gutiérrez, de Diario de la Ribera y Burgos Conecta, en Aranda de Duero; Toya de la Guardia, del Blog Full Spain, en Madrid; y Begoña Novillo, de Madrid In & Out, revista y radio.

Somos un pequeño grupo de viajeros procedentes de lugares y mundos profesionales diferentes, pero pronto descubrimos que existe un idioma común que no necesita traducción: la curiosidad. La carretera hace el resto.

Poco a poco, los kilómetros van dejando atrás las grandes autovías y el paisaje comienza a respirar. Las carreteras se estrechan, aparecen pequeñas poblaciones, manchas de bosque, montañas en el horizonte. El tráfico disminuye y el espacio se ensancha.

Al cruzar la frontera, la raya, como dicen los portugueses, no cambia únicamente la hora. Cambia también el ritmo. Portugal tiene esa capacidad. Uno cruza una línea imaginaria y, casi sin darse cuenta, empieza a conducir de otra manera, a mirar de otra manera, a aceptar que las cosas pueden suceder un poco más despacio.

Nuestra primera recepción tiene lugar en la Comisión Vitivinícola Regional de Beira Interior. Allí nos reciben Rodolfo Queirós, su presidente, y Margarida Andrade. Es nuestra primera aproximación formal a la región, pero enseguida deja de parecer una presentación institucional. Porque aquí el vino no es simplemente un producto gastronómico. Es una de las llaves que permiten abrir las puertas del territorio.

Nos hablan de viñedos plantados entre los 500 y los 750 metros de altitud, de suelos graníticos, de inviernos rigurosos y veranos secos. Hablan de los fuertes contrastes térmicos entre el día y la noche, de maduraciones lentas y de uvas capaces de conservar una acidez y una frescura que sorprenden cuando uno piensa en los veranos de la Península Ibérica.

Mientras escucho, miro alrededor y pienso que, en realidad, aquí la naturaleza sigue marcando las reglas del juego. Poco después tendremos ocasión de comprobarlo en la copa.

Catamos tres blancos muy singulares, una primera aproximación al carácter de la región antes de volver a la carretera. Apenas estamos empezando y ya aparece una de las palabras que terminará acompañando todo el viaje: identidad. Todavía nos quedan unas dos horas de camino hasta Sertã.

Y hay otra preocupación en el ambiente. España juega contra Austria en el Mundial de 2026 y nadie quiere perdérselo.

Comenzamos viendo el partido en los móviles, repartidos por la furgoneta como si estuviéramos siguiendo una retransmisión clandestina. Cristina, que ya ha demostrado que su capacidad de gestión va mucho más allá de conducir, hace una de esas pequeñas gestiones que convierten un viaje organizado en un viaje memorable.

Al llegar al Convento da Sertã Hotel, un establecimiento de cuatro estrellas instalado en un antiguo convento, consigue que nos preparen una televisión para que los españoles podamos ver la segunda parte. Y la segunda parte tiene final feliz. España gana y la cena sabe todavía mejor.

Nos recibe Elsa Marçal, vocal de Turismo Centro de Portugal, especializada en el territorio y una excelente conocedora de esta región. Mientras conversamos, la primera impresión comienza a tomar forma. La Beira Interior no parece tener necesidad de demostrar nada. Su gastronomía tampoco. En la mesa aparecen productos locales y recetas tradicionales. No hay artificio. La cocina habla el mismo idioma que el paisaje: directo, honesto, reconocible.

Sertã, localidad del distrito de Castelo Branco, aparece rodeada de vegetación, ríos y cursos de agua. Es una de esas pequeñas puertas de entrada a un Portugal interior donde el turismo todavía mantiene una escala humana. Naturaleza, patrimonio y tranquilidad conviven sin competir entre ellos.

El antiguo convento convertido en hotel conserva algo de la serenidad de su vida anterior. Los muros gruesos, la piedra, los espacios silenciosos… todo parece construido para recordarnos que hubo un tiempo en el que las noches eran largas y los días empezaban sin mirar el reloj. No podemos alojarnos allí esa primera noche.

Y, sin embargo, creo que salimos ganando.

Nuestro alojamiento será Quinta da Rocha 1875, en Pedrógão Pequeno, una antigua casa señorial transformada en alojamiento rural. El cambio de escenario no cambia la filosofía. Aquí el patrimonio se recupera sin borrar sus huellas, y la naturaleza vuelve a entrar por las ventanas.

Hay algo reconfortante en llegar de noche a una casa así después de horas de carretera. Afuera está oscuro. Dentro, todo invita a bajar la voz. Aquí nadie parece tener prisa. Y eso, para quien llega de una gran ciudad, termina convirtiéndose en un auténtico lujo.

 

Donde el vino nace mirando a la montaña

La mañana siguiente comienza con carreteras secundarias que serpentean entre bosques y pequeñas poblaciones. El paisaje se vuelve cada vez más verde y, al mismo tiempo, más áspero. Las montañas aparecen y desaparecen detrás de las curvas. Nuestro recorrido está coordinado con el municipio de Proença-a-Nova y nos llevará hasta la Adega Vale do Linho y la Torre de Vigía de Serra das Talhadas.

La primera parada es una pequeña bodega que se encuentra preparando su salida al mercado después de la vendimia de este año.Alvelus fue fundada en 2005 por Alberto Nascimento, natural de Travesso, una pequeña aldea situada en la Sierra de Álveolos. Desde sus comienzos, la bodega ha trabajado con la intención de elaborar vinos que reflejen la identidad y el carácter de la región, utilizando variedades cuidadosamente seleccionadas. Los tintos nacen de la combinación de Touriga Nacional, Aragonês, Shiraz y Alicante Bouschet. Para los blancos se utilizan Macabeo, Antão Vaz, Arinto y Síria.

En 2026 comienza una nueva etapa para el proyecto con la adquisición de la bodega por Fernando Francisco, empresario natural de Sobreira Formosa. Su intención es desarrollar un proyecto de modernización y crecimiento que contempla la renovación de las instalaciones, la actualización de los procesos de elaboración, el impulso del enoturismo y la expansión de la marca tanto en Portugal como en mercados internacionales.

El proyecto, que pasa a denominarse Quinta Vale do Linho, se encuentra además en proceso de certificación de sus vinos. Pero lo más interesante ocurre lejos de las etiquetas. Catamos directamente de los depósitos. Hay algo particularmente fascinante en beber un vino que todavía está buscando su forma. No tiene la distancia de una botella terminada. Uno prueba el futuro antes de que se convierta en producto. Y aquí, desde luego, hay camino por recorrer. Pero también hay materia prima. Hay paisaje. Hay ganas. Y hay una región detrás.

 

La torre que vigila el horizonte

Desde la Torre de Vigía de Serra das Talhadas el paisaje cambia de escala. La estructura se levanta dieciséis metros sobre la montaña y, desde arriba, la Beira Interior parece extenderse hasta perderse. No hay grandes ciudades en el horizonte. Solo montañas, valles, bosques y una sucesión interminable de colinas.El viento allí arriba es distinto. Después de la carretera y de la bodega, subir a la torre supone recuperar de golpe una sensación de espacio que resulta difícil encontrar cuando uno vive rodeado de edificios. La torre de vigilancia se ha convertido en uno de los hitos del Geoparque Naturtejo. Diseñada por Álvaro Siza Vieira, Premio Pritzker de Arquitectura, fue inaugurada en 2021 y constituye el primer proyecto de autor del arquitecto en este territorio, además de su primera intervención en estructuras metálicas.

Está implantada sobre los macizos de cuarcita de la Serra das Talhadas, donde antiguamente existía un puesto de vigía. Las plataformas transparentes, distribuidas a diferentes alturas, permiten contemplar el paisaje desde perspectivas distintas.

 

 

En la parte superior, bajo la cabina del mirador, los paneles solares proporcionan energía sin alterar visualmente el entorno. Hay sesenta escalones. No es un acceso adaptado para personas con movilidad reducida, pero quien llega hasta arriba entiende por qué merece la pena detenerse. Desde aquí arriba, la región se explica sola. El relieve, la altitud, los bosques, las laderas, las tierras de cultivo. Todo aquello que habíamos escuchado hablar sobre los vinos durante la mañana está ahora delante de nuestros ojos.

Quizá el paisaje sea la mejor ficha técnica de una botella.

 

Adega 23 es la modernidad entre viñedos

El sol cae con una fuerza casi insolente. Estamos atravesando una ola de calor que invade Portugal y el cuerpo empieza a pedir sombra, agua y algo frío. La bodega aparece como una pieza contemporánea instalada en un territorio profundamente rural. Sus líneas limpias contrastan con el paisaje, pero no llegan a enfrentarse con él. La arquitectura parece aceptar que la modernidad también puede pertenecer a la tierra. Adega 23 es un proyecto vitivinícola situado en la zona sur de la Denominación de Origen Beira Interior, concebido para acercarse a los vinos del territorio desde una mirada contemporánea.

Nos recibe su enólogo y conocemos también a Carmen Carmona, propietaria de la bodega. Carmen es oftalmóloga de prestigio. El vino comenzó para ella como una vía de evasión, una pasión paralela a una profesión exigente. Pero hay aficiones que terminan reclamando su propio espacio. El territorio donde nació, Sarnadas de Ródão, en Castelo Branco, nunca desapareció de su vida. Y fue precisamente esa conexión la que acabó llevándola a poner en marcha este proyecto. El edificio de Adega 23 es, en sí mismo, una declaración de intenciones. Después llega la copa. Y con ella aparece de nuevo la personalidad de la Beira Interior.

Los blancos sorprenden por su frescura vibrante. Las variedades autóctonas, como Síria, Fonte Cal y Arinto, muestran perfiles minerales y aromáticos que hablan de altitud y de amplitud térmica.

Los tintos elaborados con Rufete, Marufo o Touriga Nacional aportan fruta, especias y una elegancia que no necesita levantar la voz.

No son vinos concebidos para parecerse a otros. Son vinos que parecen querer decir de dónde vienen. Y eso, en un mundo donde tantas regiones buscan parecerse entre sí, resulta especialmente interesante. Almorzamos en la propia bodega. Y, en esta ocasión, también un bacalao a la crema que merece una pausa.

Bacalhau com natas. El sabor de la sencillez

El bacalao a la crema portugués es uno de esos platos que parecen sencillos hasta que uno intenta explicar por qué funcionan tan bien. El secreto está en el equilibrio. El bacalao desalado, las patatas, la cebolla, la leche, la mantequilla y la harina forman una receta humilde y reconfortante que termina en el horno, donde la superficie se dora mientras debajo todo queda cremoso.

Para seis personas necesitamos unos 400 gramos de bacalao desalado, cinco patatas, una cebolla, 20 gramos de harina, 20 gramos de mantequilla y unos 500 mililitros de leche.

El bacalao debe haber pasado previamente por el proceso de desalado, unas 36 horas en agua dentro del frigorífico, cambiando el agua cada doce horas. Después se corta en pequeñas tiras.

Las patatas se pelan y se cortan en rodajas finas, como para una tortilla de patata, y se fríen ligeramente, sin llegar a dorarlas. Una parte de ellas se coloca en el fondo de una fuente.

La cebolla, cortada en juliana, se pocha lentamente.

Mientras tanto, el bacalao se cuece durante dos o tres minutos en la leche. Después se incorpora a la cebolla y se saltea ligeramente. Todo termina sobre las patatas.

Con la mantequilla, la harina y la leche de cocer el bacalao se prepara una bechamel ligera que se vierte sobre la fuente.

Quince minutos de horno a 190 grados y, después, unos minutos de gratinado.

El resultado llega a la mesa humeante. Y conviene advertir a los comensales.

El bacalao a la crema tiene esa curiosa capacidad de conservar el calor durante mucho tiempo. Quizá sea también una buena metáfora de esta tierra. Aparentemente sencilla, pero capaz de guardar mucho más de lo que deja ver a primera vista.

 

Cuando el granito también cuenta historias

Por la tarde el viaje cambia nuevamente de registro. El Parque do Barrocal, en Castelo Branco, demuestra que la geología también puede convertirse en espectáculo.

Gigantescas formaciones graníticas moldeadas durante millones de años emergen entre senderos y pasarelas de madera. Algunas parecen esculturas abstractas; otras recuerdan animales dormidos, fortalezas naturales o gigantes petrificados. El sol rebota sobre la piedra. El calor aprieta.

Pero caminar entre aquellas rocas produce una sensación extraña, como si el tiempo se hubiera ralentizado aún más. Aquí uno comprende hasta qué punto el granito forma parte de la identidad de la región. Está en las casas. En las murallas. En los caminos. En los muros de las fincas. Y, de alguna manera, también parece estar en los vinos. Mineralidad, austeridad, tensión. La tierra vuelve a aparecer en la copa.

El Museo Cargaleiro es un refugio frente al calor

Aquel día el calor es casi inhumano. Es uno de esos días en los que el cuerpo pide sombra y el viajero agradece profundamente que exista un museo con aire acondicionado. Nos dirigimos al Museo Cargaleiro. El edificio que lo alberga, el Solar dos Cavaleiros, es una construcción del siglo XVIII cuidadosamente recuperada en el centro de Castelo Branco.

Dentro nos espera Manuel Cargaleiro.

Pintor, ceramista y uno de los grandes nombres del arte contemporáneo portugués, Cargaleiro nació en 1927 en Vila Velha de Ródão, en la región de Castelo Branco. Su relación con la cerámica comenzó muy pronto. Portugal es, al fin y al cabo, un país en el que el azulejo forma parte de la memoria visual colectiva. Un arte introducido en la península ibérica por los árabes y convertido con el paso de los siglos en una de las expresiones culturales más reconocibles del país.

Cargaleiro hizo del diálogo entre cerámica y pintura una de las señas de identidad de su obra. A partir de los años cincuenta comenzó a realizar grandes composiciones murales y, en 1957, se trasladó a Francia, país que acabaría convirtiéndose en su segunda patria. Allí entró en contacto con el ambiente artístico de la Escuela de París y con figuras como Delaunay, Ernst, Vasarely o Klee.

Su lenguaje fue evolucionando hacia la abstracción y la geometría. Módulos. Líneas. Colores primarios delicadamente matizados. Movimiento. Luz. Espacio. Pero quizá lo más interesante sea que en Cargaleiro la cerámica no queda reducida a una disciplina artística encerrada en un museo. Sus grandes composiciones murales tienen también una dimensión pública y social.

Recibió encargos en Francia, Portugal e Italia. En París realizó, entre otros trabajos, composiciones para la estación de metro Champs-Élysées-Clemenceau. El museo de Castelo Branco reúne parte de ese universo.

El edificio histórico y la ampliación contemporánea permiten acercarse a las diferentes facetas del artista, tanto al creador como al coleccionista. Después de varias horas bajo un sol implacable, recorrer sus salas tiene algo de oasis. Afuera está la canícula. Dentro, los colores. Y por un rato el viaje deja de avanzar por carreteras y empieza a hacerlo a través de la imaginación.

Quinta da Lourena es volver a la tierra

La jornada termina en Quinta da Lourena, donde la conversación gira inevitablemente alrededor del futuro del enoturismo. Pero aquí el vino comparte protagonismo con la fruta.

La propietaria, Telma Conceição, nos recibe con una energía contagiosa. Se nota que disfruta con lo que hace. Y su historia no comienza en el mundo del vino. Telma es fisioterapeuta. Vivió durante veinte años en Suiza hasta que, por circunstancias personales, decidió cambiar de vida y regresar a su tierra. Casi por casualidad terminó entrando en el mundo del campo y descubriendo una nueva vocación. Hay algo especialmente portugués en estas historias de regreso. Personas que se marcharon. Que hicieron carrera fuera. Que conocieron otros países. Y que un día decidieron volver.

Quinta da Lourena se encuentra en la comarca de Cova da Beira, con sede en Alcaria, en el municipio de Fundão. La finca fue adquirida en 2012 por el ingeniero João Rosa y fue creciendo hasta alcanzar las 13 hectáreas actuales. Aquí se cultivan cerezas y arándanos. La fertilidad de la tierra, el seguimiento constante de los cultivos y un cuidado riguroso permiten que la fruta llegue al consumidor con la máxima frescura.

Pero hay algo más. La belleza. Las plantaciones están cuidadosamente ordenadas y el conjunto posee una armonía visual sorprendente. Telma se siente orgullosa de ello. Y se entiende.

El nombre Lourena procede del griego y significa energía y fuerza. La finca disfruta además de unas vistas privilegiadas sobre la Serra da Estrela y la Serra da Gardunha, y se encuentra próxima al río Zêzere. Desde algunos puntos, las montañas parecen una muralla azulada en el horizonte. Aquí la naturaleza no es un decorado. Es el verdadero protagonista.

 

Dormir con la montaña al fondo

Quinta Lourena, Casa do Caseiro, ofrece otra manera de habitar este paisaje. La casa, rodeada de naturaleza, cuenta con piscina exterior, jardín, salón compartido y terraza. Las habitaciones mantienen ese aire de refugio rural que resulta especialmente agradable después de un día de carretera.

Por la mañana, el desayuno precede a una nueva jornada de descubrimientos. La ubicación permite acercarse a Covilhã y a algunos de sus espacios culturales más interesantes, como el Museo de Lanificios de la Universidad de Beira Interior, profundamente ligado a la historia industrial de la ciudad y a su tradición textil.

También están cerca la Iglesia de la Misericordia, el Museo de Arte Sacro y otros edificios históricos. Pero lo más interesante de la quinta quizá sea su condición de refugio y volver por la tarde a un lugar donde el paisaje recupera el protagonismo. Y la noche cae lentamente sobre Cova da Beira.

Rastaurante Açafrão

La cena nos lleva hasta Covilhã. Esta ciudad fue cuna de exploradores y diplomáticos durante la Era de los Descubrimientos y conserva en sus calles la memoria de una historia profundamente ligada a la industria, al comercio y a la montaña.

En el barrio de Pena d’Água, un elegante edificio de estilo art nouveau alberga el restaurante Açafrão. El nombre hace referencia a una especia que durante siglos fascinó a Europa y que todavía ocupa un lugar especial en la gastronomía portuguesa.

Aquí conocemos al chef Filipe Madeira y al sumiller Rúben Nunes, ambos naturales de Tortosendo, en el municipio de Covilhã. Los dos habían pasado más de una década lejos de su tierra, desarrollando su carrera profesional en ciudades como Londres, Chicago, Barcelona, el Algarve y Lisboa, además de trabajar en restaurantes de prestigio.

Y, como tantas otras personas que aparecen en este viaje, regresaron. Volvieron a casa. Formados en la Escuela de Turismo y Hostelería de Portugal y en la Escuela de Turismo de Estoril, llegan ahora con una experiencia acumulada en diferentes cocinas y culturas, pero con la voluntad de poner ese conocimiento al servicio de su propio territorio.

La carta se llama Sabores de la Tierra. Y el nombre no podría resultar más apropiado. La propuesta combina productos locales, técnica contemporánea y memoria gastronómica. No intenta disfrazar Portugal, sino mirarlo desde otra perspectiva. El menú es armonizado con vinos de la tierra.

Comenzamos con croquetas de carrillera de cerdo.

Después llegan unas delicadas tartaletas de trucha.

Tomate aliñado.

Bacalao en salsa de almejas y patatas.

Y, para terminar, tarta de yema con helado de pistacho.

Cada plato parece continuar la conversación iniciada por los vinos durante la mañana. La montaña vuelve a aparecer. La tradición también. Pero ahora con una mirada más contemporánea.

Sortelha es entrar en la edad media sin cruzar un museo

Hay pueblos que parecen haber detenido el reloj. Sortelha directamente decidió ignorarlo. Llegar a esta aldea es como entrar en otro tiempo. La piedra domina las fachadas. Las murallas abrazan el caserío. Las calles empedradas serpentean entre casas antiguas y el castillo vigila desde lo alto.

Pero hay algo más poderoso que la arquitectura. Es la sensación. Sortelha no parece un escenario preparado para recibir visitantes. Parece un pueblo que simplemente ha seguido viviendo. No hay una sucesión interminable de escaparates turísticos. No hay grandes reclamos luminosos. Hay puertas de madera, ventanas pequeñas, flores, piedra y silencio. Mucho silencio.

Sortelha es una de las aldeas portuguesas más antiguas y ha conservado una fisonomía urbana y arquitectónica extraordinariamente bien preservada desde el Renacimiento. Caminar por sus calles es retroceder varios siglos. Una picota manuelina, sepulturas medievales excavadas en la roca, una iglesia renacentista, una muralla, un castillo. Y, sobre todo, la sensación de que aquí el tiempo no ha pasado exactamente de la misma manera que en otros lugares.

Villa fronteriza de fundación medieval, Sortelha recibió su fuero en 1228 y mantuvo su condición de municipio hasta el siglo XIX, cuando la reorganización administrativa del Estado liberal transformó el mapa territorial portugués.

En la documentación más antigua aparece como Pena Sortelha. Su castillo rocoso fue construido a principios del siglo XIII y forma una pequeña ciudadela de unos 670 metros cuadrados. El acceso exterior se realizaba a través de un postigo orientado al sur, conocido como Puerta de la Traición.

El castillo estaba reforzado por una torre del homenaje autónoma, característica de los castillos románicos más antiguos. La muralla que rodea la villa se remonta a mediados del siglo XIII y se adapta al terreno, aprovechando los acantilados y escarpes naturales. Aquí la piedra no es únicamente material de construcción. Es defensa. Es paisaje. Es historia.

El acceso al adarve se realizaba mediante escaleras construidas con losas sobresalientes. Como ocurría habitualmente en las fortificaciones medievales, las puertas constituían puntos débiles y, por ello, eran escasas. Al este encontramos la Puerta de la Villa. En los sillares aparecen numerosas iniciales grabadas. Son marcas de cantero.

Durante los siglos XIII y XIV los canteros cobraban por pieza y no por jornada, de modo que aquellas marcas permitían contabilizar su trabajo. Una firma diminuta escondida en una piedra durante ochocientos años. Me detengo a mirarlas. Y pienso en cuántas manos habrán pasado por aquí. Cuántas personas habrán cruzado esta puerta. Cuántas historias habrán desaparecido sin dejar más rastro que unas iniciales.

En el lado opuesto aparece la Puerta Nueva, también conocida como Puerta del Sol o Puerta de Covilhã. A pocos metros hacia el norte encontramos la llamada Puerta Falsa. Aunque, curiosamente, no lo es. Las verdaderas puertas falsas conducían a callejones sin salida.

En la jamba derecha de la Puerta Nueva permanecen grabadas dos medidas estándar: el codo, de 67 centímetros o tres palmos, y la vara, de 110 centímetros o cinco palmos. Servían para estandarizar las medidas de los paños que se vendían en la feria. De nuevo, una historia cotidiana escondida en una piedra.

En el siglo XIV se levantó la Torre do Facho en el lado occidental de la muralla para proteger las puertas Nueva y Falsa y controlar las tierras hacia Covilhã. Su nombre procede de los fachos, las antorchas que se encendían en lo alto para comunicarse mediante señales de humo con otros castillos. Hoy ya no hay señales de humo. Pero desde arriba la vista sigue explicando por qué este lugar fue tan importante. El paisaje se extiende en todas direcciones. Y la frontera vuelve a aparecer como una idea más que como una línea.

Una aldea conservada en el tiempo

El núcleo que encontramos dentro de las murallas es uno de los conjuntos mejor conservados de Portugal. El trazado de las calles y callejones conserva buena parte de la estructura de la Sortelha del siglo XVI.

Muchas casas fueron ampliadas durante aquel periodo, ganando una planta y adquiriendo nuevos marcos de puertas y ventanas. Algunas muestran vértices biselados. Otras conservan dinteles decorados con arcos conopiales, como el de una de las ventanas al comienzo de la Rua da Fonte.

También aparecen ménsulas laterales que probablemente sirvieron para colocar jarrones de flores. La Rua Direita une las puertas este y oeste. Y, pese a su nombre, no es recta. Pero conecta directamente las dos salidas. A veces los nombres antiguos tienen su propia lógica.

Durante los siglos XVI y XVII algunas viviendas fueron ampliadas con escaleras exteriores que conducían a una segunda planta. Un cambio significativo respecto a la vivienda medieval, generalmente de planta baja.

Entrando por la Puerta de la Villa encontramos una de esas casas con soportal, la Casa Uno, que da al Largo do Corro. En la plaza, un lodón centenario, Celtis australis,  parece formar parte del mobiliario histórico. Al fondo sobrevive un pozo-fuente medieval, hoy cerrado.

Más arriba, la antigua casa consistorial, una construcción sobria del siglo XVI, se integra en una plaza desde la que se accede al castillo. Allí también se instaló la picota. Si atravesamos Sortelha y salimos por la Puerta Nueva, aparecen los restos de la calzada medieval y las ruinas de la iglesia de la Misericordia, también conocida como iglesia de Santa Rita o de San Juan. Fue construida a comienzos del siglo XIV y está asociada a una extensa necrópolis.

En la roca todavía pueden distinguirse algunas de las 133 sepulturas identificadas. No hay vitrinas. No hay reconstrucciones. La historia está literalmente bajo nuestros pies. Cerca de allí encontramos la capilla de Santiago, construida en el siglo XVI. Originalmente tenía una puerta abierta hacia el camino, aunque hoy el acceso se realiza a través del cementerio.

Entre las viviendas populares aparecen algunas casas de mayor riqueza ornamental. La Casa del Escribano, la Casa del Cura, la Casa del Gobernador y la Casa del Juez. Son pequeñas diferencias arquitectónicas que hablan de jerarquías sociales desaparecidas hace siglos.

No hay pueblo antiguo que se precie si no tiene una leyenda y Sortelha tiene la suya.

La del Beso Eterno

Cuenta la tradición que una noche una hueste de moros cercó la fortaleza con intención de reconquistar aquel enclave estratégico. En el castillo se encontraban el alcalde, su esposa y su hija, una hermosa doncella. Aquella noche, ella vio a un joven moro. Él también la vio. Y bastó una mirada. El enemigo dejó de ser enemigo. La fortaleza dejó de ser una fortaleza.

La leyenda cuenta que el jefe moro prometió la libertad de un prisionero cristiano a cambio de que pudiera hablar con la joven a solas y que ella le abriera la puerta. La madre de la muchacha, de quien se decía que era una hechicera, comprendió que algo extraño estaba ocurriendo. Encontró a los amantes junto a las murallas. Se besaban. Y entonces lanzó su maldición. Los transformó en piedra.

Desde entonces, cuentan, permanecen allí abrazados, labio contra labio, condenados a un beso que nunca termina. Quizá sea solo una leyenda. Pero en Sortelha uno tiene la tentación de creer que las piedras guardan memoria.

En Cardo te comes el territorio

En medio de esta aldea detenida en el tiempo encontramos Cardo Taberna & Mercearia. El proyecto nace con una idea sencilla y ambiciosa a la vez. Crear una red de Tabernas y Ultramarinos en las doce Aldeas Históricas de Portugal.

Actualmente Cardo está presente en Sortelha. Y aquí la gastronomía vuelve a convertirse en una forma de contar el territorio. “Petiscos”, bocadillos en portugués, tapas, quesos, dulces y vinos aparecen sobre la mesa con una filosofía basada en los sabores auténticos de la región. Pero Cardo es más que una taberna. Es también una declaración de intenciones.

Sus fundadores llegaron hasta aquí después de años de viajes y de intensas trayectorias profesionales. En algún momento comprendieron que necesitaban un cambio profundo. Y fue entonces cuando las Aldeas Históricas de Portugal les propusieron un reto transformador. Crear una red gastronómica capaz de recuperar el vínculo entre territorio, tradición y visitantes. La respuesta fue Cardo.El proyecto nació de la confluencia de varias pasiones. La gastronomía, la historia, la creatividad y la sabiduría ancestral. Cada ingrediente, cada receta y cada experiencia debían servir para recuperar una parte de la memoria de estas aldeas. Decidieron cambiar su estilo de vida y sumergirse de lleno en la naturaleza y en la historia que los rodeaba. La transformación, cuentan, fue profunda. Y se nota.

Cardo no pretende ser una simple parada gastronómica. Es un lugar donde la autenticidad y el sabor genuino se encuentran con la tranquilidad de la aldea. Aquí uno desacelera. Respira. Mira alrededor. Y permite que la mente se calme. Quizá esa sea una de las experiencias más valiosas que ofrece la Beira Interior.

Recetas que cuentan historias

En este territorio, recuperar la gastronomía significa recuperar también una forma de entender la vida. El proyecto Recetas que Cuentan Historias, Gastronomía y Vinos de las Aldeas Históricas de Portugal, impulsado por la Asociación de las Aldeas Históricas de Portugal, nace con la intención de identificar las recetas que constituyen la esencia gastronómica del territorio.

Es un inventario de conocimientos ancestrales, saberes tradicionales y técnicas artesanales transmitidos a lo largo del tiempo. Porque una receta nunca es solamente una receta. Detrás de ella hay una cosecha. Una familia. Una fiesta. Una necesidad. Una forma de aprovechar lo que daba la tierra. Y, sobre todo, una historia.

La sostenibilidad forma parte también de esta mirada. La idea es sencilla. Cada elección tiene el poder de transformar el mundo. La gastronomía deja entonces de ser únicamente una cuestión de sabor y se convierte en un compromiso con la tierra, con las personas y con el futuro. Respetar las raíces. Poner en valor la cultura. Preservar el equilibrio medioambiental.

Más que reducir la huella ecológica, se trata de dejar una huella positiva. Y eso significa que cada ingrediente elegido, cada práctica adoptada y cada experiencia creada debe formar parte de una manera más armoniosa de relacionarse con el territorio. Aquí la sostenibilidad no se presenta como una tendencia. Se presenta como una forma de ser.

Después llega una tarde libre. Y quizá sea una de las mejores cosas que puede suceder en un viaje. Porque por una vez no hay una visita esperando. Ni una presentación. Ni una cata. Ni un horario.

Salgo a caminar sin rumbo. Fotografío puertas centenarias. Me detengo delante de una ventana. Miro las piedras. Escucho mis propios pasos sobre el empedrado. Hay momentos en los que viajar consiste precisamente en dejar de buscar.

 

En Sortelha, el silencio tiene espacio suficiente para que uno pueda escucharse. Y pienso que quizá el verdadero lujo del turismo contemporáneo consista precisamente en esto: encontrar lugares donde todavía no sucede nada extraordinario. O, mejor dicho, donde lo extraordinario consiste en que nada tenga que suceder.

 

Una Gala entre Murallas

La última noche tiene un escenario difícil de olvidar. El castillo de Alfaiates, antigua fortaleza defensiva junto a la frontera acoge la gala del Concurso de Vinos de Beira Interior.

Bodegueros, enólogos, instituciones y periodistas se reúnen bajo las antiguas piedras. Hay copas. Conversaciones. Brindis. Nombres de vinos. Historias de cosechas. Historias de familias. Historias de personas que han apostado por quedarse o regresar.Y mientras se suceden los reconocimientos pienso en todo lo que hemos visto durante estos días. Todo parece formar parte de una misma red.

El proyecto Beira Interior Wine Villages  ha sido reconocido como Mejor Proyecto de Enoturismo de Portugal, una distinción que pone de relieve una manera de entender el enoturismo que va mucho más allá de visitar una bodega. Aquí el vino funciona como hilo conductor. Conecta las aldeas históricas con los alojamientos rurales, la gastronomía con el patrimonio, los productores con los viajeros y los paisajes con las botellas. Es una manera de construir un destino sin necesidad de inventarlo. Porque el destino ya estaba aquí. Solo había que aprender a contarlo.

La tierra que hay detrás de la copa

Beira Interior ocupa un territorio amplio y diverso en el centro-este de Portugal. La región se encuentra estratégicamente situada entre algunas de las grandes zonas vitivinícolas portuguesas. El Douro al norte, el Alentejo al sur, el Dão al oeste y Salamanca al este. Pero sobre todo está marcada por sus montañas:

La Serra da Estrela.

La Gardunha.

La Marofa.

La Malcata.

Grandes masas montañosas que se alternan con llanuras y valles.Los suelos son mayoritariamente graníticos, aunque también aparecen importantes zonas de esquisto y vetas de cuarzo. Y después está la altitud. Los viñedos se sitúan aproximadamente entre los 300 y los 750 metros. En verano, el calor puede ser extremo. En invierno, el frío también. Esa amplitud térmica forma parte de la personalidad de los vinos.

Entre las variedades blancas aparecen Síria, Fonte Cal y Arinto.

Entre las tintas, Rufete, Marufo, Tinta Roriz y Touriga Nacional.

La región cuenta además con una importante superficie de viñedo ecológico, favorecida por unas condiciones naturales que permiten este tipo de cultivo.

Pero la Beira Interior no es solamente vino. También es agua. El Côa. El Zêzere. El Mondego. Ríos que atraviesan el territorio y que durante siglos han contribuido a modelar el paisaje. Los Passadiços do Mondego permiten acercarse a uno de esos ríos y caminar por un paisaje donde agua, roca y vegetación parecen formar un único organismo. La naturaleza es generosa.

También lo es la arqueología industrial. Y el patrimonio. Las Aldeas Históricas de Portugal, las Aldeas de Montaña y las Aldeas de Esquisto conservan fragmentos de una historia que se resiste a desaparecer. Son lugares donde las piedras siguen ocupando el lugar principal.

Beiras y Serra da Estrela

La región de Beiras y Serra da Estrela reúne quince municipios y concentra buena parte de esa diversidad que define el interior portugués. La Serra da Estrela domina el horizonte. Es el punto más alto de Portugal continental y un territorio de montaña con rutas de senderismo, paisajes de altura y, durante el invierno, estaciones de esquí.

Pero hay otra montaña menos evidente. La montaña gastronómica. El queso de la Serra da Estrela. Los vinos de Beira Interior. Los productos locales. Las recetas que han sobrevivido generación tras generación.

Todo forma parte de una cultura que se entiende mejor cuando uno se sienta a la mesa. Y quizá por eso la gastronomía tiene tanta importancia en este viaje. Porque permite entender el paisaje de una manera que ningún folleto turístico puede explicar.

 

Beira Baixa

Más al sur aparece la Beira Baixa. Ocho municipios forman esta región donde la historia y la modernidad conviven con naturalidad. Aquí está Monsanto, considerada la «Aldea más portuguesa de Portugal».

También aparecen las aldeas de esquisto, la Reserva Natural de la Serra da Malcata y el Geoparque Naturtejo. Castelo Branco añade una dimensión cultural imprescindible. El Museo Manuel Cargaleiro. El Centro de Interpretación del Bordado. Las iglesias. Los edificios históricos. Y, de nuevo, la gastronomía.

Los quesos de la Beira Baixa. El cabrito. El aceite de oliva. Los vinos. Todo aquello que parece sencillo hasta que uno comprende que la verdadera riqueza de un territorio suele estar escondida precisamente en esas cosas que sus habitantes consideran normales.

El verdadero descubrimiento

Regresar a Madrid apenas cuatro días después produce una sensación extraña. No porque el viaje haya sido especialmente largo. Sino porque la Beira Interior obliga a cambiar la forma de mirar.

Vivimos obsesionados con descubrir el próximo gran destino. Con llegar antes que los demás. Con fotografiar aquello que todo el mundo ya ha fotografiado. Y, sin embargo, lo realmente valioso puede permanecer discretamente escondido a pocas horas de casa.

La Beira Interior no necesita competir con los grandes iconos turísticos de Portugal. Ni parece querer hacerlo. Su fuerza está precisamente en aquello que todavía conserva. El silencio de sus montañas. La piedra de sus aldeas. El sabor de sus recetas. La memoria de sus castillos. La personalidad de sus vinos. La conversación pausada de quienes los elaboran. El gesto de quien abre una puerta y te invita a pasar. El productor que habla de una cosecha como quien habla de un hijo. La mujer que regresa después de veinte años en Suiza para descubrir una nueva vida en su propia tierra. El médico que encuentra en el vino una segunda pasión. El arquitecto que levanta una torre contemporánea sobre una montaña milenaria. El cocinero que vuelve después de trabajar en Londres, Chicago, Barcelona o Lisboa para cocinar en su pueblo. El cantero que hace ochocientos años grabó una inicial en una piedra porque necesitaba demostrar cuánto había trabajado.

Todos ellos forman parte de la misma historia. Una historia que no se puede entender desde la velocidad. Hay que recorrerla. Sentarse. Escuchar. Probar. Mirar. Esperar.

Quizá dentro de unos años la Beira Interior deje de ser un secreto. Es probable que sus vinos ganen todavía más reconocimiento, que sus aldeas reciban más visitantes y que cada vez más viajeros crucen la frontera para descubrir sus montañas, sus bodegas y sus mesas. Pero hay algo que espero que no cambie. No haber descubierto todavía que tiene que dejar de ser un secreto.

Y mientras regreso a Madrid, con el paisaje portugués quedándose poco a poco atrás, pienso que hay viajes que sirven para conocer un lugar y otros que sirven para descubrir una manera diferente de viajar. Este ha sido de los segundos. La Beira Interior no me ha enseñado solamente una región de Portugal. Me ha recordado que todavía existen territorios que no necesitan correr para llegar a ninguna parte. Territorios que conservan el valor de la pausa. La conversación. La piedra. El vino. La memoria. Y el silencio.

Un Portugal que, afortunadamente, todavía sabe guardar sus secretos.

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