Llegué a Cangas del Narcea pensando que iba a cubrir una entrega de premios del vino. Me fui con la sensación de haber descubierto uno de esos lugares que todavía conservan autenticidad de verdad. Aquí el vino no es solo una actividad económica ni una excusa gastronómica. Es una forma de explicar el territorio, de entender la montaña y también de mantener viva una identidad que estuvo a punto de desaparecer.
La Asociación Española de Periodistas y Escritores del Vino eligió esta villa del suroccidente asturiano para celebrar la XVIII edición de los Premios a los Mejores Vinos y Espirituosos de España. La decisión no fue casual. Todo empezó meses antes, cuando José Luis Murcia, presidente de la AEPEV, fue nombrado cofrade de honor durante la Fiesta de la Vendimia de Cangas. Aquel viaje acabó despertando suficiente interés como para traer hasta aquí la gala nacional de los premios y organizar, entre el 8 y el 10 de abril, un recorrido por la comarca para una veintena de periodistas, comunicadores y especialistas del vino.
Y la verdad es que bastaron unas horas para entender por qué.
La primera gran impresión llegó nada más atravesar las puertas del Parador de Corias. El antiguo Monasterio de San Juan Bautista de Corias, conocido como el “Escorial Asturiano”, aparece de repente en medio del valle con una presencia imponente. Fundado en el siglo XI y reconvertido en Parador Nacional en 2013, el edificio resume bastante bien lo que está ocurriendo en esta comarca. Patrimonio histórico reutilizado con inteligencia y convertido en motor turístico.
Aquí no da la sensación de estar en un edificio histórico maquillado para turistas. El monasterio sigue teniendo vida. Entre sus muros de piedra todavía se percibe el peso de siglos de historia y también el vínculo con el vino. Los monjes benedictinos ya cultivaban viñas y elaboraban vino en estas laderas hace cientos de años. Y hoy el Parador se ha convertido en uno de los grandes símbolos del renacimiento turístico y enoturístico de la zona.
La presentación oficial del viaje se celebró en la Casa de Cultura de Cangas. Allí intervinieron el alcalde, José Luis Fontaniella; Adrián Fernández, presidente de la DOP Cangas; José Luis Murcia; y Joaquín Fernández, director del Museo del Vino de Cangas. Fue precisamente Joaquín quien nos ayudó a entender una de las grandes sorpresas del viaje. Sí, en Asturias también hay vino. Y no uno cualquiera.
La DOP Cangas es probablemente una de las denominaciones más pequeñas y menos conocidas de España, pero también una de las más singulares. Apenas cuenta con unas 60 hectáreas certificadas y siete bodegas repartidas entre Cangas del Narcea e Ibias. Su producción es mínima dentro del conjunto nacional, equivale a una botella de cada 34.000 elaboradas en España, pero su personalidad es enorme.
No tardamos mucho en comprobarlo. Siempre acompañados por Alicia Fernández, directora técnica del Consejo Regulador, empezamos a recorrer viñedos colgados literalmente sobre la montaña. Aquí la palabra “viticultura heroica” no es un eslogan turístico. Las pendientes son tan extremas que prácticamente todo el trabajo debe hacerse a mano. La Unión Europea reconoce esta zona como uno de los cuatro territorios españoles de viticultura heroica y de montaña junto a Ribeira Sacra, Priorat y Canarias. Basta caminar unos minutos entre las viñas para entender por qué.
El paisaje sorprende constantemente. Hay momentos en los que uno siente estar atravesando un bosque atlántico más propio del norte húmedo asturiano que de una comarca vinícola. Y, de repente, aparecen las cepas escalando las laderas imposibles. Viñas pequeñas, retorcidas, aferradas al terreno como si se resistieran a desaparecer.
Durante el viaje me vino varias veces a la cabeza otro recuerdo personal ligado a esta zona. Las escapadas a Leitariegos para comer el famoso cocido de Antonio Cosmen, el histórico restaurador de Cruz Blanca Vallecas que regresó a su tierra asturiana tras retirarse. Porque Cangas tiene algo de territorio remoto y auténtico que acaba atrapando incluso a quienes se fueron muy lejos.
Museo del Vino de Cangas
Una de las visitas más interesantes fue el Museo del Vino de Cangas. Allí, entre antiguas herramientas de vendimia, documentos históricos y enormes piezas de madera ennegrecidas por el tiempo, entendimos hasta qué punto esta tradición estuvo cerca de desaparecer.
El museo tiene dos espacios diferenciados. El primero, moderno y expositivo. El segundo, mucho más impactante. El histórico Lagar de Santiso, una bodega tradicional donde todavía se conserva una espectacular prensa de viga que parece salida de otro siglo. Y, en realidad, lo está.
La viga principal, fabricada en madera de castaño, mide casi ocho metros de largo. El sistema de prensado tradicional impresiona incluso aunque no entiendas demasiado de vino. Allí nos explicaron cómo funcionaban aquellas enormes estructuras de madera, los contrapesos de piedra, los fusos y las maseras donde se prensaba la uva manualmente.
Cangas del Narcea también tiene sus hombres ilustres como Gaspar Melchor de Jovellanos que visitó Cangas del Narcea en octubre de 1796 para participar en la vendimia, invitado por el Conde de Toreno. Su estancia duró unos 20 días y es un episodio muy recordado en la historia local.
Gaspar Melchor de Jovellanos fue un escritor, jurista y político ilustrado español. Especialmente comprometido con el desarrollo económico y cultural de su país, fueron relevantes su Informe sobre la Ley Agraria o su Memoria sobre la educación pública.
Durante su estancia en Cangas, se hospedó en la Casa de Peñalba, situada en la actual calle Mayor de la villa. Además de asistir a las tareas de recolección de uva, pasó su tiempo realizando visitas, recibiendo amistades y participando en tertulias locales con personalidades de la época.
Para conmemorar el bicentenario de su fallecimiento, en el año 2011, la sociedad El Tous pa Tous instaló una placa conmemorativa en la fachada de la Casa de Peñalba para recordar este vínculo de la figura de la Ilustración con los viñedos y el patrimonio cangués.
Y entre explicación técnica y explicación técnica aparecieron también algunas curiosidades lingüísticas maravillosas. Allí descubrimos el origen de expresiones tan populares como “se jodió la marrana”, que proviene precisamente de una pieza del lagar cuyo mal funcionamiento arruinaba el prensado y, con él, toda la producción. O el famoso “a ojo de buen cubero”, relacionado con los artesanos que fabricaban barricas calculando medidas únicamente mediante experiencia visual.
Esas pequeñas historias dicen mucho de la importancia histórica que tuvo el vino en esta comarca.
Después llegó el momento de visitar las bodegas.
La Verdea
En La Verdea encontramos una de las imágenes más claras de esa viticultura extrema. Luciano Gómez nos enseñó pequeñas parcelas familiares suspendidas sobre pendientes imposibles donde se cultivan variedades autóctonas como Albarín Negro, Carrasquín o Verdejo Negro.
Aquí no hay espacio para grandes máquinas ni para producciones masivas. Todo se hace a mano. Todo exige tiempo. Y toda gira alrededor de una idea bastante clara. Recuperar el legado familiar y expresarlo en cada botella sin artificios.

La sensación de autenticidad aparece constantemente en Cangas. No parece una región intentando parecer diferente. Lo es de forma natural.
Las Danzas
Algo parecido ocurrió en Las Danzas. El último tramo hasta la bodega lo hicimos caminando mientras el paisaje se abría sobre las montañas. Allí nos esperaba Carmen Martínez, una de esas personas capaces de explicar el territorio simplemente hablando de sus viñas.
Sus vinos toman nombre de antiguas danzas vaqueiras como la Danza Prima o la Media Vuelta. Y eso nos llevó también a hablar de la cultura de los vaqueiros de alzada, aquellos ganaderos trashumantes que durante siglos recorrieron estas montañas y desarrollaron una identidad cultural muy particular dentro de Asturias.
Las canciones vaqueiras, llenas de humor, ritmo y picardía, las fiestas acompañadas de panderos, castañuelas o botellas golpeadas como instrumentos improvisados, y aquella mezcla de vida dura y carácter alegre parecían encajar perfectamente con el espíritu de estos vinos.

catábamos las elaboraciones de la bodega, Carmen hablaba de vendimias manuales, de parcelas diminutas y de un trabajo donde el respeto al paisaje no es marketing, sino pura necesidad. Después llegó el almuerzo, servido frente a unas vistas espectaculares sobre las montañas. Y ahí entendí otra de las claves del enoturismo en Cangas. Aquí el vino siempre aparece unido al territorio.
Bodega Monasterio de Corias
La siguiente parada fue Bodega Monasterio de Corias. Andrea Fernández nos enseñó cómo la tradición puede evolucionar sin perder personalidad. Subimos hasta los viñedos situados sobre el monasterio por un camino estrecho y empinado desde el que las vistas del valle eran espectaculares.
Allí comprendí algo importante sobre los vinos de Cangas. Pese al clima atlántico y a las dificultades del terreno, consiguen vinos frescos, elegantes y muy equilibrados. Hay rusticidad en el paisaje, pero precisión en las elaboraciones.

Durante aquellos días descubrimos también pequeñas tradiciones locales ligadas al vino, como el “cachu”, el recipiente de madera donde antiguamente se compartía la bebida. Un objeto sencillo que refleja bastante bien cómo se ha vivido históricamente el vino aquí. De forma colectiva, cercana y cotidiana.
Y, por supuesto, apareció la gastronomía.
En uno de los ratos libres terminé entrando en una tienda llena de productos locales de la que salí cargado con cecina, chosco, androya y varios quesos asturianos. El queso Afuega’l Pitu, con esa textura densa que explica perfectamente su nombre; el potentísimo queso de Casín, considerado uno de los más antiguos de Europa; y el queso azul de Tineo, intenso y perfecto para acompañar cualquier tabla.
También descubrí mejor el chosco de Tineo, un embutido protegido con IGP elaborado con cabecera de lomo y lengua de cerdo, ahumado y cocido lentamente. O la andoya asturiana, menos conocida fuera de la región, pero absolutamente espectacular. En realidad, en Cangas todo parece pensado para acompañar al vino.
Pero el viaje no se quedó solo en las bodegas.
Entre visita y visita hubo tiempo para recorrer la villa. Y ahí apareció otra cara del territorio. Calles tranquilas, plazas con ambiente, bares donde el vermú parece obligatorio y un casco histórico lleno de casas blasonadas, puentes y rincones con personalidad.
El barrio de Entrambasaguas, situado entre los ríos Narcea y Luiña, conserva ese aire de villa tradicional asturiana donde todavía se percibe vida real y no únicamente turismo. Pasear por la calle Mayor, cruzar los puentes sobre el Narcea o acercarse al Prau del Molín ayuda bastante a entender el carácter local.
Allí nos hablaron también de la famosa Descarga del Carmen, uno de los espectáculos pirotécnicos más impresionantes de España. Cada 16 de julio se disparan decenas de miles de voladores en apenas unos minutos. Más de mil kilos de pólvora explotando de forma simultánea. Y aunque no coincidimos con la fiesta, bastó escuchar cómo la contaban para entender que aquí la pólvora forma parte de la identidad casi tanto como el vino.

También crucé el famoso puente colgante de Cangas, obra del arquitecto local José Gómez del Collado. Para alguien con cierto vértigo, aquello tuvo bastante mérito.

Y luego está todo lo que rodea al concejo.
Muniellos, uno de los robledales mejor conservados de Europa y refugio del oso pardo cantábrico; el Santuario del Acebo, con unas vistas impresionantes sobre las montañas; pueblos como Bisuyu, ligado al dramaturgo Alejandro Casona; o la tradición de la cerámica negra de Llamas del Mouro.

En mitad del viaje apareció incluso otra curiosidad inesperada. La Rosa del Narcea. Una antigua variedad de rosa redescubierta en la comarca, estudiada por científicos del CSIC y hoy utilizada en perfumería y cosmética de alta gama. Una flor única cultivada manualmente en el valle del río Cibea que podría convertirse también en motor económico para la zona.
“Tous pa Tous”
Otra palabra que aparecía constantemente en escaparates y conversaciones era “Tous pa Tous”. Descubrí que se trata de una histórica asociación cultural canguesa cuyo nombre significa “Todos para todos” en el habla local. Una especie de declaración de identidad colectiva bastante coherente con todo lo que transmite esta comarca.
Y entonces llegó el último día.
Entrega de los Premios AEPEV
El Teatro Toreno acogió la entrega de los XVIII Premios AEPEV en un ambiente que mezclaba ceremonia profesional y reunión entre gente apasionada por el vino.
Los premios, decididos mediante votación a doble vuelta entre los miembros de la asociación, partían de más de mil referencias propuestas inicialmente. Solo 143 vinos y vermús y 71 espirituosos alcanzaron la fase final.
En ese contexto tan competitivo, Pago de los Capellanes Crianza 2023 se convirtió en el gran triunfador de la edición, consolidando su posición como una de las referencias más importantes de Ribera del Duero.
Pero buena parte de las conversaciones giraban alrededor de la propia DOP Cangas. Seis vinos alcanzaron las semifinales y dos lograron situarse entre los premiados. Siluvio Albarín Blanco 2023 y Valdemonje Albarín Negro 2020.
Para una denominación tan pequeña, aquello tenía bastante valor.
Durante el acto, José Luis Murcia resumió bastante bien la sensación general. “El vino de Cangas está en un punto maravilloso”. Según explicó, la apuesta por variedades autóctonas y vinos con menor graduación conecta perfectamente con las tendencias actuales de consumo.
Y lo cierto es que, después de recorrer la comarca durante varios días, costaba llevarle la contraria.
La teniente de alcalde, Tania Rodríguez, insistió también en que este reconocimiento es consecuencia de “muchos años de trabajo y una apuesta clara por lo propio”. Mientras, la directora general Begoña López destacó el esfuerzo de viticultores y bodegueros para posicionar a Cangas en el mapa del vino español pese a las dificultades del terreno y retos como el cambio climático.
Tuve además el honor de entregar uno de los galardones como directora del Comité de Comunicación Digital de la asociación, algo que me permitió vivir la ceremonia desde dentro y comprobar hasta qué punto estos premios funcionan de manera diferente a otros concursos. Aquí no son las bodegas las que presentan sus vinos, sino los propios periodistas y comunicadores quienes seleccionan las referencias en función de las catas realizadas y de su relevancia profesional durante el año.
Y quizá eso explique bastante bien el espíritu de la AEPEV y también el sentido de este viaje.
Porque en realidad todo encajaba. El vino, las montañas, el patrimonio, la gastronomía, las historias locales, las bodegas pequeñas y la sensación constante de autenticidad.
Al marcharme pensé bastante en eso. En cómo un territorio apartado y pequeño ha conseguido recuperar una tradición que estuvo cerca de desaparecer y convertirla en una herramienta de futuro.
Y sí, terminé entendiendo perfectamente aquella frase que escuchamos varias veces durante el viaje.






