Villanueva de los Infantes tiene ese don de hacerte sentir que has llegado a un lugar que lleva siglos esperando tu visita. En plena comarca del Campo de Montiel, esta villa, de las más hermosas de España, según dicen y uno lo confirma al poner un pie en ella, se presenta como un pequeño salto temporal a apenas dos horas de Madrid. Un tren a Ciudad Real, un paseo en coche y, de pronto, el ritmo cambia. Todo se vuelve más reposado, más auténtico, más… manchego.
A nosotros nos recibió el pueblo con el estómago vacío y el reloj en nuestra contra. A las cuatro de la tarde no asomaba ni un gato por las calles doradas de sol. Con la esperanza por los suelos, seguimos caminando, buscando algo, lo que fuera, hasta que “Las Tapas de Sancho” apareció como un espejismo. Su dueño, que bien podía haber cerrado la puerta con discreción, hizo justo lo contrario: la abrió de par en par para rescatarnos del ayuno. Ese gesto, tan sencillo, tan de aquí, resume la esencia de Infantes: hospitalidad sin aspavientos.
Y qué decir del festín. Pisto para reconfortar el alma, migas y morteruelo para recordar que el hambre no estaba tan mal, duelos y quebrantos para cumplir con la tradición, y el inevitable queso manchego que corona cualquier mesa decente. Salimos felices, redondos, saludando a gente que no conocíamos de nada… y ellos, claro, devolviendo el saludo como si la cordialidad fuera una obligación municipal.
En este pueblo la vida discurre entre literatura y gastronomía, entre copas de vino y versos y teatro. No es casualidad. Aquí la sombra de Cervantes se siente en cada esquina y la de Quevedo descansa, literalmente, bajo la iglesia gótica de San Andrés, un templo soberbio que además guarda el órgano más grande de España, traído desde Inglaterra, como si también él quisiera formar parte del legado del Siglo de Oro que respira la ciudad.
Los vecinos hablan con un punto de picardía quijotesca, esa mezcla de humor y cercanía que te hace sentir incluido desde el primer minuto. Y a fuerza de compartir conversación, vino y buena mesa, uno entiende por qué muchos aseguran que las aventuras del hidalgo comenzaron realmente en estas calles.
Infantes, así la llaman con cariño quienes la habitan, no es un decorado; es un lugar vivo, cuidado y bellísimo, donde uno aprende sin prisa lo bien que sienta entregarse a una vida calma y placentera. Aquí, entre historias, sabores y sonrisas, es fácil quedarse… o, al menos, querer volver.
CASA DE RUEDA
La Casa de Rueda es de esas joyas que uno descubre casi por casualidad y que, sin darse cuenta, terminan convirtiéndose en parada obligatoria del viaje. Su fachada decimonónica, solemne y elegante, mantiene ese aire historicista que tanto gusta en los pueblos manchegos. Balcones simétricos, rejería de las que ya no se hacen y unos frontones que parecen abrazar la calle. Pero lo mejor está dentro, donde un patio castellano, con fuente incluida, nos recibe con la serenidad de un
refugio antiguo perfectamente recuperado.
Allí, bajo la sombra fresca del patio, se encuentra el primer museo científico del mundo dedicado al famoso “Lugar de La Mancha”. Nada menos. Cervantes dejó el misterio servido hace siglos e Infantes lo ha resuelto con método, lupa y pizarras. Dieciséis hechos comprobados que avalan que este fue, realmente, el punto de partida de las aventuras del hidalgo más célebre de la literatura. El estudio que lo respalda, casi detective, casi literario, fue obra de un equipo multidisciplinar de la Universidad Complutense, diez especialistas capitaneados por tres catedráticos que unieron Sociología, Relaciones Internacionales y Filología para poner orden en siglos de teorías.
El museo no se queda solo en la respuesta al enigma; reúne también contenidos culturales, literarios y académicos sobre la obra cervantina y su eco en el mundo. Y pronto, la exposición se ampliará con los fondos de la Biblioteca Municipal “Quevedo”, un pequeño tesoro de rarezas bibliográficas que enriquecerá aún más el paseo.
A unos pasos, el Centro de Interpretación de Villanueva de los Infantes (CIVI) completa el viaje al pasado. Abierto en 2023, propone un recorrido arqueológico tan didáctico como visual por la historia del Campo de Montiel, desde las primeras herramientas prehistóricas hasta los objetos que circularon en la Edad del Hierro. Entre vitrinas aparecen hachas milenarias, monedas medievales y cerámicas que han viajado siglos para terminar aquí, acompañadas de paneles modernos, maquetas del valle del Jabalón y recursos interactivos que hacen que incluso los más pequeños disfruten sin darse cuenta de que están aprendiendo.
En la misma Casa de Rueda, otro rincón espera a los viajeros. La Biblioteca de Don Quijote. Una colección que reúne ediciones ilustradas, traducciones de medio mundo e incluso una versión creada por manos infanteñas. Como si eso fuera poco, al lado se ha recreado la mítica biblioteca del propio hidalgo, con una escultura, obra de Rafael Migallón, que da la sensación de que Don Quijote se ha ausentado solo unos minutos.
El espacio, reforzado por paneles que recogen los hechos verificables y las conclusiones del estudio sobre el famoso “lugar cuyo nombre no quiso acordarse”, es también una declaración orgullosa. Infantes reivindica su papel cervantino con rigor, cariño y un punto de picardía manchega. Un homenaje perfecto para un pueblo que vive entre historia, literatura y un amor evidente por sus raíces.
YACIMIENTO DE JAMILA
A apenas cinco kilómetros de Villanueva de los Infantes, en una meseta que domina el valle del Jabalón, aguardan las ruinas de Jamila, un lugar que no solo cuenta historia. Aquí las piedras no están puestas al azar; funcionan como una especie de mapa antiguo que explica por qué la vida decidió asentarse, siglos después, justamente donde brotó Infantes como capital del Campo de Montiel.
Jamila fue uno de los enclaves repoblados por la Orden de Santiago durante la Reconquista. De su presencia queda un poso legendario. Dicen que en 1333 el pueblo quedó deshabitado tras una gran inundación del Jabalón. Desde entonces, el silencio se adueñó del enclave… hasta que en 1987 salió a escena y, ya en los años 90 y 2000, el Proyecto Arqueológico Entorno Jamila comenzó a excavar y restaurar el yacimiento. Las primeras interpretaciones, impulsadas por Juan José Espadas Pavón y luego por Pedro R. Moya-Maleno, defendían que el conjunto era un enorme edificio religioso, incluso con un posible origen romano. Pero la comunidad académica puso el freno.
A finales de los 90, la arqueóloga Carmen García Bueno y, años más tarde, el historiador Carlos Javier Rubio, releyeron las evidencias. Apoyándose también en el criterio del académico José María Blázquez, situaron el origen del edificio en plena Baja Edad Media y lo interpretaron como un centro político-administrativo. Y aunque durante las primeras campañas se hallaron restos romanos, hoy en gran parte desaparecidos, la teoría del templo fue perdiendo fuerza.
El yacimiento, en cualquier caso, impresiona. Su gran edificio rectangular de unos 2.000 metros cuadrados, 55 por 33, conserva el perímetro de muros de un metro de espesor y la orientación sureña original. En su interior se distinguen claramente varias estancias y, sobre todo, una nave monumental. Un espacio de 460 m² sostenido antaño por catorce columnas gigantes de un metro de diámetro que daban solemnidad al conjunto. Según el último enfoque historiográfico, aquel espacio habría sido el corazón de una gran explotación agropecuaria de la Orden de Santiago, una “Casa Llana” donde se administraban tierras, se almacenaba grano en pisos superiores para protegerlo de la humedad y se horneaba pan en un edificio anejo que funcionaba como monopolio feudal. También se documenta la existencia de un molino de agua en las proximidades.
Las teorías religiosas no surgieron de la nada. El santuario de la Virgen de la Antigua está cerca y en época medieval fue conocido como “Jamila”. Además, en las excavaciones apareció un fragmento de campana de bronce entre restos de un incendio brutal que arrasó la zona columnada. A ello se sumaron decoraciones arquitectónicas y la posible etimología árabe del topónimo, que sugería un culto mariano. Sin embargo, Rubio propone otra lectura: “Jamila” no significaría “belleza”, sino “terreno fangoso”, como aún se usa en áreas de Jaén y Granada para referirse a balsas de alpechín. Una explicación más terrenal para un enclave vinculado al día a día agrícola.
Con el paso del tiempo, el gran edificio conoció nuevas vidas. Ya en la Baja Edad Media se convirtió en una especie de cortijada, reutilizando sillares romanos y tambores de columnas. En un espacio central apareció incluso un antiguo basurero circular repleto de fragmentos de cerámica, algunas de origen ibérico, señal de que Jamila tuvo habitantes mucho antes de la Reconquista.
Visitar Jamila es asomarse a una historia en capas, donde cada interpretación suma en lugar de restar. Y si quieres un consejo de viajero: ve al atardecer. La luz, tenue y lateral, funciona como la mejor arqueóloga; dibuja sombras que revelan muros desaparecidos y devuelve al paisaje la memoria de lo que un día fue.
NUESTRA SEÑORA DE LA ANTIGUA
A cinco kilómetros de Villanueva de los Infantes, siguiendo el curso tranquilo del Jabalón, aparece el santuario de Nuestra Señora de la Antigua, un lugar que combina paisaje, historia y devoción en un mismo abrazo. Allí, entre huertas y cerros suaves, se guarda una joya del siglo XI. La talla románica-gótica de la patrona, escondida en su camarín y rodeada por el fulgor dorado de un retablo barroco que parece protegerla desde hace siglos.
El santuario que hoy vemos tomó forma en 1678, aunque conserva huellas de tiempos mucho más remotos. La iglesia, de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón, mantiene esa sobriedad elegante de la arquitectura manchega. Al salir al patio, uno tiene la sensación de retroceder en el tiempo. Un claustro luminoso que invita a pasear sin prisa, escuchando el rumor del viento entre las columnas.
La devoción a la Virgen de la Antigua hunde sus raíces en este paraje histórico, donde leyendas, caminos y memoria se cruzan desde hace siglos. La localidad celebra a su patrona a finales de agosto, coincidiendo con la festividad de Santo Tomás de Villanueva, y el ambiente que se vive esos días mezcla tradición, emoción y una alegría casi colectiva. Sobre el origen de la advocación, algunos estudiosos apuntan a la Virgen como cumplimiento de antiguas profecías; sea como sea, la devoción ha perdurado de generación en generación.
En el interior del templo, además del retablo barroco con columnas salomónicas y los escudos de la Orden de Santiago, destacan las pinturas de la capilla mayor y los lienzos repartidos por la nave, donde la historia religiosa local se cuenta con color y pincel.
El lugar no vive aislado. Forma parte de un pequeño universo arqueológico donde también se encuentran el yacimiento de Jamila y el puente de la Virgen. Todo ello convierte este rincón en un espacio donde la espiritualidad convive con la historia, y donde cada visita, incluso para quienes no buscan devoción, deja una calma especial.

CASA DE LA ALHÓNDIGA
La Casa de la Alhóndiga, hoy Casa de Cultura, es uno de esos edificios que parecen contener dentro todas las vidas que ha tenido. Y es que pocas construcciones en Villanueva de los Infantes pueden presumir de haber sido pósito, casa de contratación, cárcel y, finalmente, corazón cultural del pueblo. Desde que se levantó en el siglo XVI para gestionar el trajín comercial del Campo de Montiel, su historia ha dado tantas vueltas como las columnas de sus galerías. En 1719 pasó a ser la cárcel, algo que aún recuerdan las inscripciones grabadas por los presos en los pilares del patio, un espacio rectangular sostenido por arcos de medio punto y robustos capiteles toscanos que parecen cargados de historias silenciosas.
Hoy, sin embargo, la Alhóndiga late con otro ritmo. A última hora de la tarde, nos acogió el acto institucional y degustamos un menú tan sugerente como las del restaurante El Coto de Quevedo, estrella Michelin incluida con extraordinarios bocados de la cocina manchega renovada. En su interior conviven la Biblioteca Municipal, exposiciones temporales y ese rumor tranquilo de quienes van y vienen buscando cultura.
El Infantes del Siglo de Oro y las Frases Literarias
Pero si hay algo que ha encendido de nuevo la magia literaria de Infantes es su Ruta Nocturna Monumental: El Infantes del Siglo de Oro y las Frases Literarias. Una propuesta que ya puede recorrerse por libre y que, en ocasiones especiales, se acompaña de lecturas y recitales a cargo de la Orden Literaria Francisco de Quevedo. Cada noche, las fachadas del casco histórico se iluminan con palabras de algunos de los gigantes de nuestra literatura, como si el pueblo entero se convirtiera en un libro abierto.
La frase de Lope de Vega, “Llámese Villanueva de las Musas y no de los Infantes Villanueva”, se proyectará en la Casa de los Estudios, y en la Plaza Mayor resonarán, en luz y letra, las palabras que Federico García Lorca dedicó a la iglesia de San Andrés. También Azorín tendrá su espacio, con una proyección sobre el convento de San Francisco que evocará esa mirada suya tan atenta al paisaje y al tiempo. Sobre el convento de Santo Domingo aparecerán las referencias cervantinas a la Casa del Caballero del Verde Gabán y cómo no, en la Casa de Rueda brillará la frase que lo inició todo: “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.
Infantes se convierte así en un paseo nocturno donde la arquitectura del Siglo de Oro se mezcla con destellos de literatura, y donde cada esquina parece recordar que aquí, las palabras siempre han tenido un lugar privilegiado.
IGLESIA DE SAN ANDRÉS
Entrar en la Iglesia de San Andrés es como cruzar el umbral de dos mundos: el espiritual y el histórico. Apenas das un paso y ya se siente esa solemnidad silenciosa que solo tienen los templos que han visto pasar siglos. Allí, elevándose con elegancia, está una de sus joyas más sorprendentes. El órgano victoriano de Henry Speechly, construido en 1887 y mostrado nada menos que en la Exposición Universal de París de 1889. Es el mayor órgano victoriano de España, una pieza magnífica que llegó hasta aquí para quedarse y cuya voz, si tienes la suerte de escucharla, como nos ocurrió a nosotros, llena la nave como un océano de música antigua. En Europa solo lo supera el gigantesco órgano de la catedral de San Esteban de Passau, en Alemania, con sus casi dieciocho mil tubos.
La iglesia guarda también un rincón que estremece por su carga simbólica. La cripta de la familia del Busto, donde descansan los restos de Francisco de Quevedo. Tras su muerte en 1645 permaneció allí durante siglo y medio, aunque sus huesos vivieron algún que otro periplo hasta que la Universidad Complutense confirmó su autenticidad y en 2007 regresaron definitivamente al lugar donde hoy reposan.
San Andrés no solo es templo, sino museo vivo. En sus dependencias parroquiales hay dos salas que muestran objetos y reliquias que cuentan la historia del pueblo a través de su fe. Mantos de Nuestra Señora de la Antigua, tallas delicadísimas, documentos históricos, vestimentas sacerdotales y piezas que dialogan con el pasado. También se puede visitar la cripta de Santo Tomás, mandada construir en 1645 en el espacio donde antaño estuvo el taller de la parroquia. Contiene un pequeño retablo en piedra dedicado a Santo Tomás de Villanueva, un rincón íntimo cargado de devoción.
MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO
Y cuando uno cree que Infantes ya lo ha sorprendido bastante, llega otra revelación. Su Museo de Arte Contemporáneo. Porque sí, esta joya del Siglo de Oro también respira vanguardia. En la planta alta del mercado, en plena calle Cervantes, un edificio de los años 60 alberga colecciones que, a primera vista, parecen más propias de una gran capital. Allí conviven pintura, fotografía y escultura en un diálogo vibrante que incluye nombres como Man Ray, Capa, Warhol, Barceló, Tàpies, Genovés o Miró. Incluso Jaume Plensa ha dejado su huella con una de sus esculturas.
El museo celebra ya quince años de vida con la exposición El Arte Re(b)velado, comisariada por Alfonso de la Torre y basada en la Colección Julián Castilla (Colección Himalaya). Una muestra gratuita que enfrenta obras icónicas unas con otras, como si entre ellas mantuvieran una conversación silenciosa. Castilla lo resume con una frase que explica el espíritu del proyecto: «Quiero que la colección sea disfrutada por el mayor número de personas posible. Nunca la concebí para mí, sino para que viaje y se muestre».
Así, el Museo de Arte Contemporáneo se convierte en el contrapunto perfecto al conjunto monumental de la ciudad. Tradición y modernidad dándose la mano en un pueblo que no solo mantiene viva su historia, sino que también se atreve a mirar hacia adelante.
MUSEO ETNOGRAFICO
Entrar en el Museo Etnográfico es como atravesar una puerta secreta hacia la vida cotidiana de hace más de un siglo. Lo que empieza siendo una visita aparentemente tranquila pronto se convierte en un encuentro íntimo con la memoria del lugar: utensilios que aún parecen conservar el tacto de manos ya lejanas, ropas sobrias, muebles que han visto más inviernos que cualquiera de nosotros… Todo allí respira autenticidad y te sitúa de lleno en la manera de vivir de una época que avanzaba sin prisas.
Muy cerca de la plaza, el antiguo Hospital de Santiago propone una experiencia distinta y, desde luego, inesperada. No todos los museos reciben al visitante con humor y teatro, pero aquí la historia cobra vida gracias a Mercedes Gutiérrez y Ana Isabel Romero, que hacen de guía, narradoras y cómplices. Con su puesta en escena te transportan a la rutina de quienes habitaron estas tierras hace siglos, mezclando risas con anécdotas que convierten el aprendizaje en un juego.
El propio edificio ya cuenta una historia. Sus orígenes se remontan a tiempos medievales, cuando servía de amparo para viajeros y personas sin recursos. La construcción actual, sin embargo, surgió en el siglo XVII, cuando la Orden de Santiago lo levantó de nuevo, dejando grabado su paso en las piedras de la fachada.
Gracias a una profunda restauración, este antiguo hospital encontró nueva vida como Museo Etnográfico. Gran parte de su colección procede de donaciones de vecinos, con Ramón Revuelta Melgarejo como figura clave, lo que le da un valor especial. Es un museo creado entre todos, con objetos que formaron parte real del día a día de la comarca. La exposición se reparte en tres espacios temáticos que recorren el ciclo vital, los oficios y la faena en el campo, ofreciendo un fresco muy completo del universo rural de los siglos XIX y XX.
En las salas dedicadas a Tradición en el Campo de Montiel uno descubre piezas curiosas y entrañables: herramientas ya en desuso, trabajos minuciosos de artesanía, juguetes sencillos que aún despiertan ternura, vestimentas que hablan de estaciones y labores, enseres de hogar que fueron testigos de generaciones. Cada objeto guarda una historia, pequeña o grande, que ayuda a reconstruir la vida de quienes hicieron de estas tierras su mundo.
CASA DE LOS ESTUDIOS
Y siguiendo el recorrido por la villa, uno llega a otro lugar que sorprende por su elegancia tranquila: la Casa de los Estudios, también llamada Colegio Menor. Su patio es una joya, con bóvedas de arista y una balaustrada de madera en tono almagre que enmarca la luz de una forma casi teatral. En sus orígenes funcionó como Escuela de Gramática, primero regida por los frailes franciscanos del ya desaparecido convento de San Francisco. Fue en el siglo XVI cuando se abrieron los colegios menores para atender la creciente demanda cultural de la villa.
Por estas aulas pasaron figuras destacadas: Pedro Simón de Abril, traductor de clásicos y una de las voces que ayudó a consolidar el castellano como lengua literaria y científica; y Bartolomé Jiménez Patón, gramático brillante, maestro de Humanidades y Retórica, amigo de Quevedo y Lope de Vega, e influyente entre los pensadores de su época. Uno imagina a estos eruditos paseando por el patio, ajustándose la capa y conversando de latines mientras el tiempo, ajeno, marcaba otro compás.
QUEVEDO
La celda de Quevedo no es un simple espacio histórico. Es una habitación que detiene el tiempo. Uno entra con la curiosidad del visitante y sale con la sensación de haber compartido un rato con el mismísimo genio del Siglo de Oro. El antiguo Convento de Santo Domingo, fundado en 1526 gracias al mecenazgo de Juan López Garci-Fernández, conserva aún ese aire severo de ladrillo y piedra, con un claustro de arcos de medio punto que parecen susurrar historias. Tras la desamortización eclesiástica de Mendizábal en 1844, el convento cerró sus puertas, pero su memoria siguió viva… y hoy recobra protagonismo gracias a su huésped más célebre.
Aquí, en este recinto sobrio y silencioso, Francisco de Quevedo llegó en febrero de 1645 buscando alivio para sus males, tras abandonar su señorío de la Torre de Juan Abad, donde, por cierto, no había ni médico ni botica. Murió el 8 de septiembre de ese mismo año. Su habitación, dividida en dos estancias austeras, puede visitarse. En la primera, una mesa sencilla guarda aún el eco de los cajones secretos donde el escritor escondía aquello que no quería que nadie encontrase. Sobre ella descansa el tintero con el que escribió su último soneto, ese en el que anunciaba resignado su final. En la segunda estancia, la cama donde pasó sus últimos días recuerda la fragilidad del hombre detrás del mito.
El convento alberga además un museo dedicado por completo al autor: manuscritos firmados por su propia mano, más de seiscientos volúmenes, un archivo familiar riquísimo y obras de arte sorprendentes, desde un retrato pintado por la abuela de Antonio Machado hasta litografías de Picasso y Dalí. Incluso una extensa colección de humor gráfico que demuestra que pocos escritores han generado tanto ingenio, dentro y fuera de sus páginas. Es, sin exagerar, uno de los centros más importantes dedicados a Quevedo en toda España.
La figura del escritor está repleta de aristas fascinantes. Cojo, miope, aficionado a las rimas afiladas, espadachín de carácter inflamable, enemigo declarado de Góngora y espíritu inquieto capaz de viajar con cien libros a cuestas. Noble, caballero de la Orden de Santiago, lector voraz y dueño de una biblioteca de más de cinco mil ejemplares. Un tesoro considerable para la época. Su vida fue una mezcla de sátira, duelos verbales, polémicas políticas y anécdotas memorables, como aquella en la que improvisó un verso llamando «cabalgadura» al mismísimo Felipe IV, o cuando regresó a España sin pisarla, literalmente, transportando tierra portuguesa en un carro para burlar la orden de destierro.
Y si la vida de Quevedo fue novelesca, el viaje de sus restos no se quedó atrás. Tras su muerte, los huesos terminaron mezclados con otros en la iglesia de San Andrés, fueron trasladados a Madrid para un Panteón de Ilustres que nunca se completó, regresaron a Infantes, pasaron décadas en un archivo municipal, viajaron a la ermita del Calvario… y solo en 2007 un equipo forense identificó, entre restos de otras 167 personas, once huesos compatibles con el escritor gracias a las señales de su cojera y su desviación de columna. Hoy reposan, con dignidad, al fin, en la cripta de San Andrés, visibles desde un cristal.
Visitar la celda es comprender que la literatura también tiene latido. Es sentir que la historia, cuando se pisa y se huele, se vuelve piel.
ACEITE DE CAMPO DE MONTIEL
Si uno llega al Campo de Montiel pensando que aquí solo se viene a ver castillos, llanuras infinitas y pueblos que huelen a historia… pronto descubre que falta algo esencial en la ecuación: el aceite. No un aceite cualquiera, sino uno con apellido propio, de esos que se pronuncian con cierta solemnidad. DOP “Campo de Montiel”. Créeme, en esta comarca, el orgullo local cabe, literalmente, en una botella.
Visitamos la cooperativa Nuestra Señora de la Antigua y Santo Tomás de Villanueva donde disfrutamos de una cata de sus aceites. Es la mejor forma de entender por qué este virgen extra es tan puro en nariz (hierba recién cortada, hoja verde que casi cruje) y tan honesto en boca, con ese amargo y ese picante que no buscan sobresaltar, sino equilibrar. Una especie de danza en la lengua.
Un aceite con ADN propio
Aquí el aceite nace de un cóctel perfectamente medido: 45% cornicabra, 40% picual, un toque del 5% de manzanilla, otro 5% de arbequina y un último 5% de una variedad local que no encontrarás en ningún Banco de Germoplasma, porque es tan endémica como los amaneceres de estas tierras. Cada porcentaje responde al paisaje, a los olivares reales plantados en la zona. Nada de ficciones.
Las aceitunas destinadas a formar parte de esta denominación deben llegar a la almazara en su momento justo: un índice de madurez entre 3 y 5, medido directamente en el árbol. Porque en el aceite, como en la vida, el momento oportuno lo es todo.
Qué hace diferente a este virgen extra
La DOP no se concede a la ligera. Para empezar, todos los aceites deben ser virgen extra de libro: sin defectos (literalmente, mediana igual a 0), y con un frutado igual o superior a 2,5. Aquí no se juega. El reglamento es claro y estricto, y eso se nota desde la primera gota.
Lo interesante es cómo se refleja el paisaje en el paladar:
- Frutado: siempre presente, ya sea verde o maduro, según la época de recolección. Si te toca probar un aceite temprano, finales de noviembre, principios de diciembre, notarás ese golpe de hoja verde, incluso planta de tomate. En boca y nariz vuelve el recuerdo vegetal, con matices de otras frutas que se asoman sin pedir permiso.
- Amargo: aquí no es un defecto, es una seña de identidad. Medio-alto, elegante, seguro de sí mismo.
- Picante: llega un segundo después, subiendo por la garganta, como quien te guiña un ojo.
- Otros sabores: a veces aparecen notas de almendra (verde o madura), higuera, tomate, plátano o incluso alcachofa. Un pequeño mapa sensorial del Campo de Montiel en miniatura.
- Color: cambia con el momento de cosecha, igual que la luz cambia la llanura manchega a lo largo del día.
Los secretos del olivar
La recolección aquí es casi un ritual. Se usa vibrador y ordeño, dos métodos que suenan menos rudos de lo que son, para obtener aceitunas en su punto exacto. Y hay una norma que se respeta siempre: las aceitunas caídas al suelo van aparte. Se recogen al instante, pero nunca se mezclan con las del árbol. Una simple decisión que marca la diferencia en la calidad final.
Lo que garantiza el sello
La DOP Campo de Montiel no es un adorno. Es un compromiso. Origen controlado, variedades precisas, recolección cuidada, análisis sensorial y químico. La traducción es sencilla: si la botella lleva el sello, hay historia, hay método y hay garantías detrás.
Y si vienes por estas tierras, no te vayas sin hacer una cata. Te prometo que después de oler, probar y escuchar a quienes lo elaboran, volver a casa sin una botella se convierte en misión imposible. Aquí, entre olivos que parecen durar para siempre, uno aprende que el aceite no es solo un alimento: es paisaje, cultura… y un poquito de identidad embotellada.
EL PISTO MANCHEGO DE VERDAD
El pisto manchego es la antigua “alboronía” de los árabes, un guisado de calabaza, tomates y pimientos, que en el siglo XVII significaba jugo de carnes de ave.
Se trata de un plato muy popular de un sabor muy agradable.
En opinión del Doctor Marañón, “el pisto admite inacabables matices y es siempre ejemplar porque convierte en suculencia, a fuerza de gracia, una sucinta combinación de vegetales modestísimos”.
Un guiso fácil de hacer, sin otros conocimientos que saber picar bien, sin prisas, con toques más bien lentos, tomates y pimientos.
En clásica sartén, que no en la olla,
pelados, sin semillas y cortados,
se fríen pimientos, algunas cebollas
y un calabacín maduro y carnoso;
pero todo ello no sería ortodoxo
si tales productos que has manipulado
en labor paciente, antes no has picado.
Te harás de otra sartén para el tomate
que freirás sin piel y troceado,
y cuando veas que ha cogido el punto,
pimientos y tomates ponlos juntos
y sin dejar la faena para luego
salpicaras de sal y a lento fuego,
déjalo media hora y el suculento pisto
para comer con pan, lo tienes listo,
y al gusto elegirás, como es corriente,
saborear en frío o en caliente.
El verdadero sabor de la tierra se encuentra en un plato de pisto manchego. Pero atención, que aquí no vale cualquier receta moderna ni mezclas con cebolla, calabacín o berenjena al azar. El auténtico pisto de nuestras abuelas solo lleva pimiento, tomate y magro de cerdo y si quieres, lo puedes coronar con un huevo frito y, para los que tienen la suerte de conseguirlo, berenjena de Almagro D.O., esa joya con sabor ahumado que eleva el plato al cielo. Y sí, un buen pan para mojar es obligatorio e imprescindible.
Para preparar este delicioso pisto con carne vamos a utilizar trozos de carne magra de cerdo. Es una parte que realmente queda genial para hacerla en salsa. Y esa salsa no va a ser más que un pisto manchego en el cual vamos a dejar que se cueza la carne. Fácil, ¿verdad?
Cómo hacerlo sin complicaciones
La gracia del pisto manchego está en su sencillez, y también en la paciencia. Necesitarás:
- 500 g de pimiento verde, cortado en juliana muy fina (ese detalle marca la diferencia).
- 500 g de tomates maduros, pelados y dados.
- 70 g de aceite de oliva virgen, base esencial.
- Una pizca de azúcar y sal al gusto.
- Si quieres completar el plato, fríe a parte el magro de cerdo y el huevo y sirve mezclando el pisto con el magro junto con el huevo frito. Si puedes conseguir una berenjena de Almagro le va que ni pintado.
El procedimiento es casi ceremonial: primero, sofríes el pimiento y el tomate en aceite a fuego medio durante media hora o más, removiendo de vez en cuando hasta que todo se funda en una deliciosa armonía. Si optas por el magro, fríelo aparte junto con un huevo y combínalos al servir. Y si logras la berenjena de Almagro, prepárate para un salto de sabor que hace honor a la tradición.
Trucos y sugerencias
- Esta es la receta clásica: tomate y pimiento al frente. Si quieres experimentar, puedes añadir otras verduras, pero recuerda: el alma del pisto manchego está en la simplicidad.
- ¿Un extra? Unas patatas fritas caseras de acompañamiento nunca vienen mal.
- Haz abundante cantidad; el pisto siempre sabe mejor al día siguiente y nunca sobra.
El resultado
Sirve una generosa base de pisto en el plato y corona con un par de huevos fritos. Cada bocado es un homenaje a la tierra y a la paciencia, un guiño a generaciones de manos que han cocinado este plato con mimo y respeto.

MÁS ALLÁ DE QUEVEDO… LA CALMA
La Ruta Sabor Quijote es solo un aperitivo de lo que ofrece Villanueva de los Infantes. Alrededor emergen yacimientos medievales, rutas literarias, ermitas escondidas y actividades culturales que cambian con las estaciones: patios que se llenan de vida, música, teatro, voces y versos. Pero lo que queda de verdad es la serenidad. Esa paz que acompaña cada paso, el ritmo sin prisa de las tardes doradas, los saludos espontáneos de la gente.


