Cuando me llegó la oportunidad de visitar a los hermanos Roca, aproveché para volver a recorrer Gerona, una ciudad que siempre logra sorprenderme por su belleza discreta y su historia milenaria.
Girona, o Gerona, como aún muchos la llamamos, es la capital de la provincia homónima, situada en el noreste de Cataluña. La rodean cuatro ríos (el Ter, el Onyar, el Güell y el Galligants) y dos macizos majestuosos, el de las Guilleries y el de las Gavarres, que la abrazan como si quisieran protegerla del paso del tiempo.
Su historia se remonta a los íberos, que se asentaron en las colinas que dominan el llano. Los romanos, fascinados por su ubicación estratégica, fundaron aquí Gerunda, el origen de la actual Gerona.
Hoy la ciudad es uno de los grandes centros turísticos de Cataluña, un lugar donde cada piedra parece contar una historia. Su casco antiguo, un entramado de callejuelas empedradas, invita a perderse sin prisa, a descubrir plazas escondidas y rincones que parecen detenidos en otra época.
Dormir entre historia en la Posada Bellmirall
Me alojé en una posada del casco antiguo, muy cerca de la Catedral: el Bellmirall, mi gran acierto del viaje. Su ubicación es inmejorable para visitar lo esencial de la ciudad en una mañana.
Este pequeño establecimiento, situado en el número 3 de la calle Bellmirall, ocupa un edificio de tres plantas que lleva más de cincuenta años siendo un referente de hospitalidad. Su filosofía es clara: mantener la integridad arquitectónica del edificio y un impecable estándar de limpieza. Las paredes están decoradas con pinturas del artista Isidre Vicens, que aportan calidez y autenticidad al conjunto.
Desde la sala de desayunos se accede a un patio encantador, compartido con el número 5, por el que los transeúntes se asoman curiosos mientras pasean por las calles del casco viejo. El Bellmirall ha recibido a artistas, intelectuales, familias y viajeros solitarios de todo el mundo, todos atraídos por la serenidad y el encanto de este oasis de calma en pleno corazón de Girona.
Desde la posada, subí por la escalinata del Rey Martí hasta el portal de Sobreportes, la antigua puerta norte de la ciudad, que conduce directamente a la plaza de la Catedral.
La Catedral de Gerona, con su imponente nave gótica, la más ancha del mundo, es el alma del casco antiguo y un punto de referencia visible desde casi cualquier rincón.
Desde la plaza de los Apóstoles, tras cruzar un arco lateral del templo, se accede a los jardines de la francesa, bautizados así por su última propietaria, la escritora Madame Mathieu. Este es uno de los lugares con más encanto de la ciudad, sobre todo si se continúa el paseo por el Camino de Ronda Arqueológico y los Jardines de los Alemanes, que rodean la catedral con sus murallas medievales.
También merece la pena visitar la basílica de San Félix, del siglo XI, con sus ocho sarcófagos romanos, o adentrarse en el barrio judío, uno de los mejor conservados de Europa. Su laberinto de calles estrechas guarda la memoria del esplendor de la comunidad judía del siglo XIII.
Y, por supuesto, no puede faltar una visita a los baños árabes, construidos en 1194, o un paseo por las murallas de los siglos IX y XIV, que hoy son un mirador privilegiado del casco antiguo.
El alma del Onyar
Gerona tiene una imagen icónica: las casas de colores reflejadas en el río Onyar. Son la postal por excelencia, y sus puentes añaden aún más encanto al paisaje. El más famoso, el Puente de las Pescaderías Viejas o Puente de Eiffel, diseñado por Gustave Eiffel antes de erigir su famosa torre parisina, es una parada obligada. También el Puente de Piedra, construido durante el reinado de Isabel II, que une las dos orillas del casco antiguo.
Otra zona imprescindible es la Rambla de la Libertad, el paseo más animado de la ciudad, flanqueado por edificios con soportales, tiendas y cafés. Aquí se respira el pulso local, entre flores, estudiantes y conversaciones que se mezclan con el rumor del Onyar.
No muy lejos se encuentra la plaza de la Independencia, de aire decimonónico y rodeada por arcadas que albergan bares y restaurantes. Allí me senté a comer en el histórico Casa Marieta, abierto desde 1892, donde el tiempo parece haberse detenido entre fotografías antiguas y platos de cocina catalana tradicional. Probé un plato de embutidos locales y confirmé que la sencillez, cuando se hace con producto y alma, nunca pasa de moda.
Naturaleza y leyendas
Gerona también tiene su pulmón verde. El Parque de la Devesa, el parque urbano más grande de Cataluña, con más de 40 hectáreas de plátanos centenarios. Es el lugar ideal para desconectar del bullicio del centro. En uno de sus extremos, los Jardines de la Devesa del siglo XIX, son escenario habitual de actividades culturales y deportivas.
Y, cómo no, un clásico de la ciudad. La escultura del Culo de la Leona, junto a la iglesia de San Félix. La leyenda dice que quien bese la escultura “volverá a Gerona”. Confieso que no rompí la tradición; uno siempre quiere tener un motivo para regresar.
Recuerda los imprescindibles de Gerona
- Disfrutar del ambiente animado de la plaza de la Independencia
- Cruzar el río Onyar por el Puente Eiffel
- Pasear por la Rambla de la Libertad
- Subir la escalinata de la Catedral
- Visitar el call judío y los baños árabes
- Relajarse en el Parque de la Devesa

El día que llegué a los Roca
Y así, entre paseos por las murallas y cafés en terrazas soleadas, llegó el día que me trajo de nuevo a esta ciudad. Visitar a los hermanos Roca y reencontrarme con mis compañeros del Máster en Comunicación y Periodismo Gastronómico de The Foodie Studies que organizaron este planazo del RocaTour.
La provincia de Gerona es sinónimo de buena mesa. Gracias a nombres como Ferran Adrià y los hermanos Roca, se ha consolidado como un referente internacional de la alta cocina. No en vano, cuenta con 16 restaurantes con estrella Michelin.
Por las calles tranquilas de Gerona, uno no tarda en descubrir que el apellido Roca trasciende los límites de la alta cocina. Lo que comenzó siendo un restaurante familiar, Can Roca, es hoy un universo gastronómico que late al ritmo de la creatividad, la tradición y, sobre todo, la generosidad.
Los hermanos Joan, Josep y Jordi Roca han demostrado que un restaurante puede ser mucho más que eso: el corazón de un grupo empresarial que no solo da beneficios, sino que también alimenta el alma.
Una familia de hosteleros
El Celler de Can Roca se levanta a las afueras de la ciudad, en Taialà, un barrio obrero de Gerona donde en 1967 Montserrat Fontané y Josep Roca abrieron el bar y casa de comidas Can Roca. Allí, entre platos sencillos, ollas humeantes y vecinos del barrio, nació la pasión por la cocina de los tres hermanos.
Las raíces culinarias de los Roca Fontané nacen en ambas ramas familiares. La madre de Montse regentaba Can Batista, y ella misma empezó allí a los trece años. Más tarde, en Barcelona, aprendió el oficio en el restaurante de su hermana mayor. Su historia de amor con Josep, un amigo del pueblo, la llevó de vuelta a Gerona, donde juntos abrieron su propio local.
Josep, el padre, dejó su trabajo como chófer de autobuses para dedicarse por completo al bar y al asador de pollos. Con una habilidad innata para las manualidades, aún hoy ayuda a sus hijos a crear soportes y utensilios para sus elaboradas propuestas culinarias.
En Can Roca, los tres hermanos crecieron entre fogones y clientes. “Convivimos con los clientes como si fueran nuestros amigos, parte de nuestra familia”, recuerda Joan. “Veíamos a nuestros padres felices trabajando y haciendo feliz a la gente que venía a nuestra casa, que era un bar de barrio, de gente trabajadora, con un menú honesto y bien hecho.”
Acogía a emigrantes de toda España que llegaban a trabajar a Girona y echaban de menos los platos de su tierra. Aquellas comidas los reconfortaban y hacían que se sintieran en familia. Montse era una mujer cuidadora y cariñosa con todos.
Allí crecieron sus hijos, en medio del bullicio de platos, ollas y clientes. El bar era su salón, el escenario donde jugaban, hacían los deberes escolares o miraban la televisión, mientras desde la cocina se escapaban los aromas de los guisos que su madre preparaba con generosidad, sencillez y honestidad.
Montse sigue al frente de la cocina desde 1967. A sus 80 años continúa fiel a su estilo, sin dejarse influir ni por modas ni por el éxito de sus hijos. Cuando alguien le sugiere subir el precio del menú, ella responde con humor:
“¿Qué culpa tienen mis clientes de que mis hijos, estos niños, se hayan hecho famosos?” Su cocina es pura memoria catalana: escudella, fideuà, canelones… y unos calamares rebozados que se han convertido en seña de identidad. “Ese anclaje, esas raíces, dice Joan, son la base de nuestra cocina.”
Los hermanos Roca: tres caminos, un mismo fuego
En ese bar de barrio comenzó la vocación de tres niños que acabarían revolucionando la gastronomía mundial. Joan, el mayor y más “formal”, ayudaba en la sala. Josep, el del medio, soñaba con acabar rápido para irse a jugar al fútbol. Y Jordi, una década menor, crecía observando y soñando con lo dulce. “Josep era terrible, recuerda Montse entre risas. Servía con patines y preguntaba: ¿Cómo quiere el helado, frío o caliente? Si decían caliente, lo metía en el microondas.”
Los tres pasaron por la Escuela de Hostelería de Gerona, fundada en 1965, donde comenzaron a forjar sus talentos.
Joan Roca es la mente creativa
Joan Roca, nacido en 1964, es el mayor de los hermanos y el chef de El Celler de Can Roca. Se formó en la Escuela de Hostelería y Turismo de Gerona y en 1989 trabajó en El Bulli junto a Ferran Adrià, experiencia que marcaría su visión culinaria. En el año 2000 recibió el Premio Nacional de Gastronomía como mejor jefe de cocina, y en 2010 la Universidad de Gerona le nombró Doctor Honoris Causa. Un año después, la Academia Internacional de Gastronomía le concedió el Grand Prix de l’Art de la Cuisine.
Joan es el alma reflexiva del trío. “La generosidad ha sido siempre nuestro motor”, dice con una serenidad que contagia. Es el arquitecto del grupo Jorofont, y el impulsor de espacios como Esperit o Fontané, el restaurante homenaje a su madre.
Josep Roca es el alma líquida
Josep Roca, nacido en 1966, es el sumiller y maître de El Celler de Can Roca. También formado en la Escuela de Hostelería y Turismo de Gerona, ha sido reconocido como Mejor Maître de Sala (Premio Nacional de Gastronomía, 2004) y Mejor Sumiller en 2010, además de haber recibido el mismo reconocimiento por la Academia Internacional de Gastronomía en 2005 y 2011.
Su forma de hablar del vino es pura poesía:
“El vino no es una joya, es costumbrismo atávico. No es lujo ni sofisticación, es apego a la tierra.”
Desde 2007 defiende el vino natural y el respeto al cliente: “El vino representa la dimensión humana de la gastronomía.” En La Masía, el espacio creativo del grupo, se le escucha hablar con pasión sobre etiquetas, viñedos y emociones líquidas.
Jordi Roca es el soñador dulce
El más joven, Jordi Roca, nació en 1978 y también se formó en la Escuela de Turismo de Gerona. En el año 2000 asumió la responsabilidad de los postres del Celler tras la marcha del repostero Damien Allsop. Su talento pronto brilló con luz propia: fue nombrado Mejor Pastelero del Año por la guía Lo Mejor de la Gastronomía en 2003 y recibió en 2005 el reconocimiento de la Guía Gourmetour por la mejor carta y los mejores postres.
En 2010, la Real Academia de Gastronomía le otorgó el Premio Paco Torreblanca al mejor pastelero, y en 2014 la revista británica Restaurant lo consagró como el Mejor Chef Repostero del Mundo.
Creativo y travieso, Jordi es el alma libre del trío, responsable de dulces sueños como los de Rocambolesc, la heladería-bikinería más divertida de Gerona.
Los inicios del Celler
En 1986, tras un viaje revelador a Francia, Joan y Josep decidieron abrir su propio restaurante: El Celler de Can Roca, en el local contiguo al bar familiar. Querían crear un espacio de alta cocina inspirado en los grandes templos gastronómicos franceses.
Al principio lo pasaron mal, porque no iba nadie. Había noches que se dedicaban a jugar al futbolín, que todavía conservan. Poco a poco, la clientela fue creciendo, y con ella la ambición. Cuando la cocina se les quedó pequeña, invadieron la de Can Roca y luego se mudaron a la Torre de Can Sunyer, donde comenzaron a celebrar banquetes.
El primer plato del Celler fue una merluza con vinagreta de ajo y romero, inspirada en la cocina vasca. Poco después llegó uno de sus clásicos eternos: el parmentier de bogavante con trompetas de la muerte. Todavía lo siguen haciendo, aunque con otras versiones.”
La nueva casa del Celler
En 2007, los hermanos encargaron al estudio de Sandra Tarruella e Isabel López el rediseño de la Torre de Can Sunyer. Querían luz natural, materiales orgánicos, madera y una sala donde los comensales pudieran hablar con intimidad.
El diseño de la cocina, cuatro veces más grande que la anterior, corrió a cargo de los propios hermanos. En la bodega, Josep ideó cinco zonas diferenciadas, una especie de capillas dedicadas a sus vinos favoritos: Borgoña, Riesling, Champagne, Priorato y Jerez.
Los reconocimientos no tardaron en llegar. La primera estrella Michelin en 1995, la segunda en 2002 y la tercera en 2009. Además, El Celler de Can Roca ha sido elegido dos veces mejor restaurante del mundo en la lista The World’s 50 Best Restaurants.
Pero más allá de los premios, los vecinos de Gerona celebran con orgullo cada logro de “sus chicos”, los hijos de Montse y Josep que pusieron su ciudad en el mapa gastronómico mundial.
El grupo Jorofont, la expansión del espíritu
A partir de esa base sólida nació Jorofont, el grupo empresarial con el que la familia ha agrupado sus proyectos: ocho restaurantes, dos hoteles (Esperit y Casa Cacao), una heladería-bikinería (Rocambolesc), una cafetería (Bar Cacao), una destilería y varios espacios de creación y eventos.
Durante una visita organizada por The Foodie Studies, tuve la oportunidad de conocer de cerca este universo. En palabras de Joan Roca, “la generosidad ha sido siempre nuestro motor”. Esa filosofía se respira en cada rincón del complejo Esperit, donde la arquitectura brutalista dialoga con la naturaleza y donde cada proyecto tiene alma propia.
En 2024 inauguraron Fontané, un homenaje a su madre. En La Cúpula, la bodega del complejo, reposan 100.000 botellas mientras suena música clásica, un espacio casi espiritual donde el tiempo y el vino maduran juntos.
Can Roca, donde todo comenzó
El corazón emocional de este universo sigue latiendo en Can Roca, el bar donde empezó todo. Allí, Montse Fontané prepara cada semana los mismos menús que reconfortan: arroz a la cazuela los miércoles, estofado los jueves… y canelones los viernes.
“A veces no hace falta hacer cosas distintas cada día”, dice Joan. Quizá por eso el lugar conserva un encanto inmutable. Los estudiantes en prácticas que pasan por el Celler comen allí a diario, y Montse los cuida como si fueran sus propios hijos.
Una fortaleza llena de memoria
En los túneles del hotel Esperit, donde hoy se exponen los premios de toda una vida, uno siente que la historia de los Roca no es solo la de una familia, sino la de una manera de entender la gastronomía. “Lo nuestro ha sido un camino de generaciones”, explica Manel de la Rubia, director del hotel.
Por esos pasadizos pasan ahora nuevas generaciones de cocineros, periodistas y soñadores, atraídos por una familia que ha hecho de la cocina una forma de amor.
El legado del espíritu
Salir de Esperit deja una sensación de calidez y respeto. Porque los Roca no solo han elevado la cocina catalana a la categoría de arte. Han demostrado que la generosidad, las raíces y la familia son los ingredientes que nunca deben faltar.
Quizás esa sea, al final, la receta más valiosa del universo Roca: cocinar con memoria, compartir con amor y servir con espíritu.
Gerona es una ciudad que se saborea despacio, como un buen vino que pide tiempo para revelar todos sus matices. En cada rincón late la memoria de lo vivido. Las calles empedradas que guardan secretos romanos y sefardíes, el murmullo del Onyar reflejando las casas de colores, los aromas de los guisos de antaño que todavía parecen salir de alguna cocina familiar.
Mientras me alejaba de la ciudad, con el eco de las campanas y el recuerdo del Celler de Can Roca aún en el paladar, comprendí que viajar también es una forma de comer: de probar paisajes, de saborear historias, de dejar que un lugar te alimente por dentro. Gerona, con su equilibrio entre historia y vanguardia, tradición y audacia, no solo se visita: se queda contigo, como ese plato que uno recuerda toda la vida y que, sin saber por qué, te devuelve a casa.
Pero lo que distingue a Gerona no es solo su excelencia gastronómica, sino la forma en que la tradición y la innovación se dan la mano. Lo descubrí al conocer de cerca el universo de los Roca, cuya historia familiar, forjada entre cazuelas y generosidad, se ha convertido en leyenda viva de la gastronomía.



